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Opinión

El suicido de la derecha, y de Chile

El presidente de Chile, Sebastián Piñera anuncia el referendo de abril del 2020 para reformar la Constitución, el 23 de diciembre en Santiago de Chile.
El presidente de Chile, Sebastián Piñera anuncia el referendo de abril del 2020 para reformar la Constitución, el 23 de diciembre en Santiago de Chile. Getty Images

La confusión ideológica hoy provoca la ironía de que los propios ciudadanos apoyan medidas en su contra y, sin dudas, la derecha política tiene gran culpa porque se ha adueñado de las palabras “libertad” y “libre mercado”, siendo que solo las defiende en la medida en que sirven a ciertos sectores del “establishment” como, muchas veces, el sistema bancario asociado al Estado o cuando defiende las leyes de “propiedad intelectual” con las que los gobiernos otorgan monopolios artificiales, contrarios al mercado.

Este “orden”, basado en la represión, es impotable para el resto de la ciudadanía que, por tanto, rechaza semejante “libertad” y renuncia al mercado cuando el mercado realmente son ellos mismos, y la libertad es la libertad de cada persona.

En 1975, el PBI per cápita en Chile era menor al de México, Argentina y Perú, pero hoy los supera llegando a $15,130. La pobreza bajó al 8.6%, y aumentaron los salarios reales. Todo gracias a que se fue liberalizando el mercado, o sea, se fueron devolviendo a los ciudadanos su libertad de crear y producir. Pero no lo suficiente.

Debido a regulaciones que impiden la libre y natural distribución de los ingresos, Chile tiene alta desigualdad cuando el mercado naturalmente tiende a nivelar hacia arriba a todos los ciudadanos evitando la pobreza y las fortunas exageradas: el 10% de los chilenos gana 7.8 veces más que el 90% restante. Estas regulaciones incluyen monopolios y oligopolios que benefician a empresarios, enriqueciéndolos a costa del resto.

Por caso, el sistema privado de pensiones ha sido enormemente exitoso en la formación de capital productivo, pero es obligatorio. Es decir, que los empresarios cuentan con un oligopolio —aportantes cautivos—, realizando exageradas ganancias, mientras la mayoría se jubila con haberes inferiores a $400. Los trabajadores deberían tener la libertad de no aportar y dirigir sus ahorros a inversiones más rentables.

Y llegó Sebastián Piñera. Al no entender la libertad, no encontró la salida adecuada. Entre los errores chilenos está el no privatizar y desregular la empresa que explota el mayor recurso de Chile, el cobre, porque es la gallina de los huevos de oro de los militares. Así, el presupuesto del Gobierno depende de sus exportaciones de cobre. Pero ahora, a la típica corrupción e ineficacia de toda empresa estatal que no responde a la eficiencia del mercado sino a intereses políticos, se le suma la flojedad en los precios del cobre, dificultando al gobierno equilibrar sus libros.

Y Piñera no supo evitar el aumento de la presión fiscal sobre el mercado, los ciudadanos. Según ‘Libertad y Desarrollo’, desde 2007 los impuestos promediaron el 18.31% del PIB, pero en 2018 subieron al 19.6%. Y el crecimiento de Chile se ralentizó, para 2019 se esperaba que creciera entre 2.4% y 2.9% y entre 3.0 y 3.5% en 2020, pero ahora se espera alcanzar el 1.5% este año y el 1% el próximo, contra el 3.3% promedio desde 2010. La tasa de desempleo subió al 8.3% en septiembre, encima del promedio de los últimos 10 años de 7.7 %.

En Chile, algunos gastan el 30% de su sueldo para viajar al trabajo. Cuando Piñera quiso elevar el pasaje de metro 3.75% unos estudiantes salieron a protestar. La represión fue brutal, indignando a los ciudadanos, ya mal predispuestos por el bajón económico. Y salieron en masa, desbordando a la policía y dando lugar a saqueos y acciones muy violentas. El saldo de las protestas hasta hoy es de 33 muertos y hasta el oficialismo reconoce violaciones a los derechos humanos.

La derecha está ralentizando el crecimiento de sus países y dando lugar a un caos que aprovechan grupos de izquierda violentos. Y proponen “ordenar” con represión argumentando incoherentemente que se reprime para “defender la libertad”. El monopolio en el uso de la fuerza entregado al Estado, se justifica la derecha, es controlar la violencia entre sectores de una misma sociedad. O sea, para evitar delincuentes viola la naturaleza del cosmos.

Siempre existirá la violencia, pero debe quedar claro que es destructiva —desde que desordena— y, por tanto, quien más rápido la disminuya más ganará porque hasta en los casos de defensa propia y urgente son los pacíficos los únicos métodos eficientes.

Y como era esperable, la derecha vencida por la realidad se mimetiza con quienes cree son sus vencedores, la izquierda, adoptando medidas contrarias a la libertad individual. Impensable hace pocas semanas, Chile aprobó la convocatoria a un proceso constituyente a desarrollarse durante buena parte del 2020, reforma que inició la ex presidenta Bachelet.

Piñera, cuya popularidad es de apenas el 13%, ahora dice que los reclamos de los manifestantes son “justos” y, lo más irónico del caso es que esta reforma constitucional, si va como parece hacia profundizar el estatismo —es decir, mayor represión estatal— no terminará con la violencia, sino que, en todo caso, la traspasará al Estado que aumentará la pobreza.

Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California. Twitter: @alextagliavini. www.alejandrotagliavini.com.

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