Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

Trump da marcha atrás

Bob Kunst sostiene una pancarta que dice “Bomba nuclear para Irán” (Nuke Iran), durante una protesta en contra de una posible guerra con ese país del Oriente Medio, el jueves 9 de enero de 2019, en la Antorcha de la Amistad en downtown Miami. Dos pancartas detrás de Kunst dicen “Suena la bocina por la paz” y “Haz la paz, no la guerra”.
Bob Kunst sostiene una pancarta que dice “Bomba nuclear para Irán” (Nuke Iran), durante una protesta en contra de una posible guerra con ese país del Oriente Medio, el jueves 9 de enero de 2019, en la Antorcha de la Amistad en downtown Miami. Dos pancartas detrás de Kunst dicen “Suena la bocina por la paz” y “Haz la paz, no la guerra”. Getty Images

Tras la semana de mayor tensión bélica entre Estados Unidos e Irán en 40 años quedan las preguntas claves sin responder: ¿Por qué matar justo ahora a Qasem Soleimani?, y ¿de qué ha servido, a quién beneficia y cuáles son las repercusiones de la eliminación del sanguinario general iraní?

Para empezar a entenderlo hay que remontarse primero a las proféticas declaraciones de Donald Trump en 2012. Aquel año repitió en múltiples entrevistas en Fox News que “el presidente [Barack] Obama lanzará una guerra con Irán porque sabe que es la única forma de ser reelegido… Pienso que lo hará meses antes de la elección… solo está esperando al momento oportuno”.

Exactamente lo que ahora él, Trump, siendo presidente ha hecho: arrastrar al país al borde del precipicio bélico con Irán sin pruebas fehacientes que lo justificaran; apenas dos semanas después de su impeachment abriera la vía a un juicio político en el Senado que potencialmente podría sacarle de la presidencia. Y con un horizonte electoral incierto.

Un precipicio además del que ni mucho menos nos han alejado los supuestos repliegues de Trump y del ayatola Ali Khamenei para “salvar cara”, porque ahora comienza la fase clandestina por ambas partes: Irán con sus letales milicias extranjeras y su expansivo poder de influencia regional; y Estados Unidos con su maquinaria militar y sin apenas aliados.

A menos que alguien quiera dejarse traicionar ciegamente por su sentido común, se hace difícil dudar de que la intención principal de Trump al lanzar la operación militar contra Irán haya sido distraer de la crisis que amenaza su supervivencia política y, por otra parte, intentar sacar réditos electorales.

Sobre todo esto último. Como demuestra el que apenas unas horas después del asesinato de Suleimani, el equipo de reelección de Trump ya hubiera colocado en Facebook una campaña publicitaria con casi 1,000 anuncios distintos sobre dicho ataque. La elaboración de esa publicidad lleva días, así es que estaba todo calculado. Estaba previsto usar la seguridad nacional en beneficio político. Sin ningún escrúpulo.

Ni siquiera senadores republicanos tan ultraconservadores como Mike Lee y Paul Ryan se han creído la justificación de Trump para asesinar a Soleimani, de que era para evitar un ataque “inminente”. Indignados, calificaron las explicaciones ofrecidas en privado por la Casa Blanca como “un insulto a la Constitución”, dijo Ryan, y “la peor justificación de una operación militar que he escuchado en toda mi vida como senador”, afirmó Lee. En otras palabras, una fabricación.

Irán es desde 1979 enemigo jurado de Estados Unidos y Suleimani encarnaba todo lo que el régimen de los ayatolas quiere proyectar: poder de influencia y crueldad. Sus manos están manchadas de sangre americana y de otras nacionalidades, particularmente de Oriente Medio, donde Suleimani creó una red de milicias, que llevan años “explotando”, en el sentido político y terrorista.

Por lo tanto, a lo largo de estas cuatro décadas ha existido justificación moral para eliminar el “cáncer” de Teherán. Pero la moral tiene que ejercerse de la mano de la sabiduría o, de lo contrario, el resultado puede ser mucho peor que el status quo, como pasó en Irak tras sacar a Saddam Hussein.

Por esa razón ni George W. Bush, ni Barack Obama optaron por asesinar a Suleimani, conscientes de que se podía incendiar el polvorín del Oriente Medio. Porque no es lo mismo matar a un terrorista sin nación como Osama Bin Laden que al segundo hombre en la cúpula de poder de la nación con más tentáculos en esa área del mundo. Y, por la misma razón, tampoco lo ha hecho Israel.

En los tres años de presidencia de Trump ha habido varios ataques y escaramuzas de los iraníes, incluido el derribo de un dron del Pentágono, pero es precisamente ahora cuando a Trump no le ha importado echar dinamita al polvorín. Y luego retirarse rápido aceptando la “buena voluntad” iraní de cesar las represalias. Parece increíble, pero no si se analiza el propósito de Trump de proyectar una imagen fuerte, de cara sobre todo a sus votantes. Por ello anunció después nuevas sanciones económicas, en una ambigua alocución en la que también abrió la puerta diplomática y pidió ayuda ¡a la OTAN!

¿Ahora necesita a los aliados europeos? No hay que olvidar que la actual crisis con Irán comienza cuando Trump abandona el Tratado Nuclear (firmado también por la Unión Europea, China y Rusia) y lanza una campaña de “máxima presión” contra Teherán, típica de su diplomacia coercitiva, en un ciclo de “bravuconería y marcha atrás”, que no le ha funcionado ni en Irán ni en Corea del Norte. Su estrategia —o falta de estrategia— es todo menos “fuerte”.

Las repercusiones de su última aventura militar en Irán son muy graves. A corto y largo plazo debilitan a EEUU. Ha logrado que Irán reanude el programa nuclear; que el pueblo iraní se una, en vez de fomentar la división y el apoyo a Estados Unidos que Trump esperaba. Tampoco ha conseguido el apoyo de los aliados ni de la mayoría del pueblo estadounidense. ¿Es así como se “hace América grande de nuevo o América aislada y odiada?

Irán en cambio ha suscitado la simpatía regional, particularmente en Irak que ha considerado una ofensa a su soberanía el asesinato de Suleimani en su territorio y quiere que Washington saque las tropas, que era irónicamente el gran objetivo de Soleimani.

Simultáneamente Trump ha conseguido multiplicar el odio a EEUU en Oriente Medio y, francamente, el desprecio de medio mundo, desde Europa a Latinoamérica. ISIS se verá fortalecido. Y China y Rusia se regocijarán de ver a EEUU empantanado en la región.

Y lo más trágico es el despliegue de 18,000 soldados americanos en la zona y la posible pérdida de vidas.

Los ayatolas son malvados pero no imbéciles. De momento ejercerán “paciencia estratégica” para planificar su venganza a sangre fría, como siempre han hecho, porque saben que no pueden ganar a EEUU en una guerra convencional.

En síntesis, Soleimani le va a costar mucho más a Estados Unidos muerto que vivo.

Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA