La juventud zarandea a José Martí
Ya he contado en otras ocasiones que cuando mi familia regresó a Cuba por el año 1962, como “repatriados”, tuvimos la suerte de inaugurar la última barriada para trabajadores construida durante la República, La Habana del Este.
En aquel sitio de estudiadas virtudes urbanísticas, al régimen se les ocurrió que en cada uno de sus hermosos edificios se erigieran bustos de yeso de Martí. Recuerdo que, en el 29, el nuestro, al Apóstol lo arropaba una suerte de pequeña “raspadura”, como si fuera una mínima “Plaza de la Revolución”.
A Martí le endilgaron la culpa histórica de aquel aberrante experimento social que padecíamos con tanta escasez, inoperancia y represión.
Pronto aprendimos que los prohibidos Beatles eran más importantes para nosotros que el Héroe Nacional, cercano al socialismo, según ideólogos de aquellos tiempos turbulentos, que ya rechazábamos en un rapto de prematura rebeldía.
Era lamentable ver su efigie junto a la de Marx y Mella en los eventos multitudinarios del dictador. Distinguidos intelectuales que lo estudiaron antes de 1959, pero tomaron el camino del exilio, fueron borrados del mapa académico y cultural, mientras otros cedían y buscaban agujas en el pajar de su obra completa, que armonizaran y justificaran la prédica del comunismo, como si él la hubiera anticipado.
El lema de la organización de Pioneros José Martí es “Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché”, lo cual es otra manera de enmarañar al poeta mayor con las acciones de un fracasado y delirante personaje, venido de ultramar para extinguir cubanos dignos.
En el largometraje La muerte de un burócrata, realizado por Tomás Gutiérrez Alea en 1966, se ponen en solfa los mencionados bustos de Martí, cuando el obrero protagonista de la historia muere al caer accidentalmente en una maquinaria infernal hacedora de vulgares efigies martianas de yeso.
Casi 50 años después, el joven director de cine, Ernesto Sánchez retoma el tema, no resuelto, en su revelador documental, Héroe de culto, donde hace una historia sucinta de los tradicionales homenajes experimentados por la figura de Martí, desde su muerte en Dos Ríos, hasta el presente, donde el consabido yeso revolucionario ha sido sustituido por el abaratado plástico.
Los relieves fisonómicos de la cabeza martiana apenas se reconocen en su nueva versión. El documental refiere el proceso de su fabricación en línea, cómo se embalan en cajas y se envían en camiones a cuanto rincón del país necesite de su tergiversada doctrina.
En los minutos finales del filme, se presenta una muestra, en dinámico montaje, de los bustos martianos deshonrados por la intemperie y tanta indolencia. Hay diversos modelos y muchos no coinciden ni con los rasgos más conocidos del Apóstol.
En el año 2018, la cinta, en producción, Quiero hacer una película, del director Yimit Ramírez, fue duramente censurada por los comisarios culturales cubanos porque en la historia de amor que cuenta, uno de los personajes se refiere a Martí con un improperio.
Por estos días, un autodenominado grupo opositor de jóvenes que se hace llamar Clandestinos, ha decidido violentar los mencionados bustos de Martí en La Habana, derramando sobre los mismos pintura roja, que simula sangre.
La controversia se ha extendido a todas las orillas del espectro político cubano. En su perfil, el grupo Clandestinos se define con un texto tomado de Abdala, del propio José Martí: “El amor, madre, a la patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca”.
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