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Opinión

Venezuela, un país enfermo y contagioso

Son muy raros los casos en la historia contemporánea en los que un país muere y desaparece como tal.

Quizás los dos casos relativamente recientes sean el de la implosión de la Unión Soviética en 1991, y el desmembramiento de Yugoslavia, durante la década de 1990. La excepción estaba en que ambos eran Estados artificiales, unidos bajo brutales dictaduras que aplastaron diferentes nacionalidades, etnias y religiones.

En general, la mayoría de los países conservan su existencia, aunque muchos de ellos padecen algo muy parecido a una especie de enfermedad de carácter crónico. Estas actúan como síndromes, más o menos agudos, con brotes recurrentes del mal que los aqueja: hiperinflaciones, explosiones sociales, profundas recesiones, inestabilidad política y emigraciones, estas, como resultado final de todo lo anterior.

Tal vez América Latina sea lamentablemente, un reservorio natural para esta clase de dolencias, con algunos países, más o menos enfermos, según el caso y los tiempos históricos.

Muchos y diversos han sido los factores acumulados a lo largo de la vida de las repúblicas continentales, que explican esa recurrente predisposición para enfermarse de subdesarrollo y de todos sus males, como la corrupción, el derroche de recursos, los populismos y la incapacidad estructural de los gobiernos, con algunas excepciones– para resolver en forma exitosa los grandes problemas estructurales.

Sin duda que dos de los pacientes “críticos” en la actualidad son Argentina, –con el peronismo como el virus que contrajo hace ya más de 70 años, y que la mantiene en un estado de crisis casi constante– y, muy especialmente, Venezuela.

Venezuela es un paradigma de la clase de enfermedades que un país contrae y que cuando se infecta, las posibilidades de sanar se alejan con el paso del tiempo y ante la ineptitud del sistema político y la resignación de su sociedad. Para comprender su actual situación, es fundamental volver a sus orígenes. Es en ellos, en los cuales es factible el poder encontrar a la vez una explicación y una enseñanza para el resto de la región. Una enseñanza que en el actual contexto mundial y latinoamericano, tiene el carácter de una urgente advertencia.

A lo largo del siglo XX, Venezuela siguió el curso de “manual histórico”: ciclos de dictaduras alternados con democracias endebles, las que en su sucesión, fueron estableciendo una modernidad institucional, siempre amenazada por la carga de los problemas acumulados y sin resolver. Pero en 1958, la nación venezolana se abrió al mundo como una promesa de alterar ese curso plagado de frustraciones, de dolores y fracasos recurrentes.

Tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, en Enero de aquel año, este país comenzó un proceso, demostrando a la región y al mundo, de que una nación latinoamericana podía ser capaz, en sus políticos y en su sociedad, de construir un proyecto de país estable, moderno y con el potencial de abandonar el subdesarrollo.

Sobre la base de su petróleo, y mediante un acuerdo político para permitir la gobernabilidad –el llamado “Pacto de Punto Fijo”-, alcanzado fundamentalmente entre el Copei y Acción Democrática, ambos partidos conformaron lo que fue una democracia bipartidista, vigente durante cerca de cuarenta años, hasta la elección de Hugo Chávez, en 1999.

Mientras que en la década de 1970 las dictaduras arrasaban con los derechos humanos, las libertades y las vidas de miles de personas, Venezuela fue un faro que brilló como una admirable excepción, atrayendo exiliados, progresando en sus libertades y avanzando en su expansión económica, gracias a la renta petrolera como su principal fuente de ingresos. Pero esta historia de éxito aparente resultó ser algo ilusoria, engañosa y a la larga endeble, una condena a la ruina de esa frágil realidad.

Fue en esa combinación de un bipartidismo cerrado y cautivo del petróleo, en la que comenzó a gestarse la pesadilla del chavismo y de su posterior y actual abominación de ese régimen nefasto, que en apariencia comanda en su desgobierno Nicolás Maduro. Las sabias palabras de Arturo Uslar Pietri, ese sobresaliente pensador venezolano, que predicaba la necesidad de que Venezuela “sembrara su petróleo” fueron desoídas por una clase política cada vez más corrupta y viciada por la fácil bonanza del petróleo. El descontento social fue creciendo entre las clases bajas, marginadas de esa falsa prosperidad.

El primer síntoma de su actual enfermedad se manifestó en febrero de 1983, con la devaluación de su moneda, el bolívar, resultado de una crisis fiscal que instaló una nueva realidad económica que no hizo más que agravarse en el tiempo. El “caracazo” de 1989 y el golpe fallido de Hugo Chávez en 1992, fueron parte de la enfermedad que ya avanzaba sin freno. A partir de 1999, ese mal se aceleró y se volvió endémico.

La respuesta a la pregunta, de cómo un país tan rico en recursos y orgulloso de su democracia, termina siendo hoy un Estado fallido, más cerca de Haití o del propio infierno, que de un país promedio del Tercer Mundo, está en esa historia de un sistema político que con sus prácticas corruptas y negligentes, le abrieron las puertas a un populismo que ya creíamos obsoleto en buena parte del continente.

Hoy, en el contexto de una pandemia, Venezuela es un enfermo grave, cuya sanación solo depende de los esfuerzos inteligentes que hagan tanto su sociedad como quienes integran una oposición política muy fragmentada, y sin un liderazgo firme e inspirador, algo que Juan Guaidó apenas representa, en un rol cada vez más decorativo.

Pero también, el mal venezolano hoy tiene la capacidad de contagiar a cualquier otro país, cuyo gobierno sea incapaz de ver los factores de un explosivo deterioro de expectativas. Lo visto en Chile en octubre del 2019 es un síntoma de contagio.

Quizás, en la pandemia, como prueba de fuego para todos los liderazgos mundiales, la sufriente sociedad venezolana tenga su dolorosa pero necesaria aliada, para terminar con la existencia del régimen de Maduro y sus secuaces.

Escritor uruguayo y profesor de Geopolítica.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de mayo de 2020, 0:59 p. m..

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