Una epidemia de conspiraciones amenaza a Estados Unidos
Hay una industria que prospera velozmente a expensas del coronavirus: la de las conspiraciones. Las fabrican para todos los gustos, paranoias, miedos, etc. Y por supuesto para todo tipo de intereses, particularmente políticos, que al fin y al cabo son los que más mueven la opinión pública. O la envenenan.
Pero poco le importa a los traficantes de mentiras el veneno que inyectan a través de redes sociales como Facebook, YouTube, WhatsApp o Twitter. Que luego divulgan ciertas TV, radio y blogs online, dedicados igualmente al negocio de la manipulación y que comparten fines políticos. Con lo cual el impacto multiplicador es enorme. Como también lo es el impacto en la salud mental de quienes consumen las falacias.
Un experimento de ingeniería social tan burdo estaría destinado al fracaso, de no ser por la cantidad de personas predispuestas a tragarse el cuento de que les están revelando “secretos que las élites que controlan el mundo no quieren que ellos sepan”. Ese es el mensaje de trasfondo común a todas las teorías conspirativas. El anzuelo psicológico.
¿Qué les lleva a morder el anzuelo, aún cuando son conspiraciones completamente inverosímiles? Quizá les haga sentirse importantes enterarse de “secretos”, o les mitigue la inseguridad o la soledad. Quién sabe qué razones últimas llevan a la gente a fascinarse con historias irracionales de confabulaciones y calumnias. De lo que no cabe duda, según los expertos, es de que se trata de mentes con una arquitectura psicológica cimentada en la sospecha.
O sea, los comúnmente llamados conspiranoicos. ¡Y vaya si abundan en estos tiempos de pandemia y campaña electoral!
El coronavirus ha servido de caldo de cultivo perfecto para sembrar y propagar las teorías conspirativas, hasta hacerlas “virales” (nunca mejor dicho lo de virales). Incluso gente que es normalmente descreída de complots ocultos, al estar confinada, asustada por la pandemia y el desplome de la economía, puede dejarse tentar por teorías de intrigas, por muy enloquecidas que parezcan.
Una de las más enloquecidas y que más está circulando es que “el COVID-19 es un instrumento para crear un nuevo orden mundial administrando vacunas que además llevan un microchip para controlar la población”.
El villano principal de toda esa falsa trama es nada menos que Bill Gates, fundador de Microsoft, que desde 20 años hace justamente lo contrario de lo que le achacan: salvar vidas de la pobreza y la enfermedad alrededor del mundo a través de su fundación filantrópica.
Pero para los perversos intereses de los traficantes de mentiras, Gates reúne todos los rasgos para covertirle en el principal traidor de la conspiración: es un billonario famoso, financia campañas de vacunación en los lugares más pobres de la Tierra, entiende bastante de chips, y se relaciona con otros de su mismo rango a nivel global. Aquí es donde entran en escena los otros actores de la fábula calumniadora: el billonario George Soros, los Clinton y, últimamente, el doctor Anthony Fauci, que desde hace décadas es la mayor autoridad en Estados Unidos sobre enfermedades infecciosas.
¿A quién favorece esa teoría conspirativa? Es la pregunta que siempre hay que hacerse en todas las historias delirantes. Averiguar la respuesta suele ser fácil, simplemente observando quiénes la promueven y cúal es la ganancia política.
La de “Gates-Soros-Clinton-Fauci” la han promovido sitios como One America News Network (OANN), la TV dedicada a hacer propaganda de Donald Trump. Y, de forma coordinada, la han divulgado los otros medios que apoyan al presidente. Creando al mismo tiempo un eco diario (ruido) en las redes sociales.
El repertorio de conspiraciones en pro de la reelección de Trump es extenso. Las hay grandes, pequeñas, puntuales para manchar a un adversario concreto, o las que van probando y descartando (primero fue Burisma, luego Tara Reade, ahora es Obamagate y la próxima quién sabe). Pero las más alucinantes son las de tamaño colosal, porque ya se sabe el viejo dicho de Hitler, que luego adoptaron muchos comunistas: la mentira cuanto más grande, más fácil de creer.
En esa categoría entran las que culpan a China de crear el coronavirus como “arma biológica” para adueñarse del mundo. Otra versión es que era un virus natural que China “soltó” con el mismo propósito de dominio. Y luego están las que ofrecen distintas versiones de que “todo” lo que ocurre, incluida la pandemia, es un complot de las élites globales confabuladas con el “deep state” doméstico para impedir la reelección de Trump.
Detrás de muchas de esas teorías conspirativas está QAnon, un creciente grupo de devotos trumpistas que siguen las profecías de “Q”, la principal de ellas que Trump es el gladiador elegido por Dios para librar una cruzada contra las élites malvadas a las que “pronto” vencerá.
¿Y quien es “Q”? Pues nadie lo sabe, y en el misterio radica el atractivo para decenas de miles de fans. Muchos creen que es un agente de inteligencia con acceso a secretos; otros que es …. atención: ¡John Kennedy Junior que fingió su muerte y quiere ayudar a Trump! Y bastantes más están convencidos de que “Q” es el mismísimo Trump, dando pistas a sus fieles de lo que deben hacer. El propio presidente ha tuiteado oficialmente más de 200 veces lemas o información de QAnon.
Las teorías conspirativas son un “ingrediente inevitable del extremismo político”, según Stephan Lewandowsky, profesor de la universidad británica de Bristol, autor del único manual conocido para abordar el tema. En nuestro tiempo ese extremismo se manifiesta fundamentalmente en la derecha ideológica en gran parte del planeta.
Y aunque lo que describió en 1964 otro gran intelectual, el historiador Richard Hofstadter, sigue siendo muy cierto, “el estilo paranoico de la política americana”, nunca en la historia reciente había brotado con tanta ferocidad una pandemia de mentiras como la actual.
Hay fenómenos que definen una época. Las teorías conspirativas definen la nuestra.
Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de mayo de 2020, 6:20 p. m..