Hambrientos, indefensos y sin esperanzas, solo espero que los cubanos sobrevivan
El avión de Air Florida corrió por la pista dando tumbos hasta que finalmente despegó con destino a Miami. Todavía sobre Rancho Boyeros alcancé a ver, diminutas desde la altura, las últimas palmas reales que vería en mi vida.
A partir de ese día y durante 40 años, me olvidé de mi país. Incluso, por todo lo que sufrí allí, llegué a rechazarlo. Yo no tenía, pensé, nada que ver con aquello.
Hasta ahora que, a las puertas de una catástrofe humanitaria de proporciones inimaginables por la llegada del coronavirus, he vuelto a pensar en él.
La verdad es que ese rechazo no fue de repente. Comenzó mucho antes de que me encarcelaran por haber intentado escapar en una lancha. Recuerdo que se manifestaba de las más curiosas maneras. En los años 70, por ejemplo, no me perdía una pelea del boxeador Teófilo Stevenson. No para verlo ganar, sino para rezar que perdiese. Siempre soñé que un día lo vería cayendo a la lona en cámara lenta mientras su protector bucal salía volando por los aires.
Así era en todo. Si el equipo nacional de béisbol jugaba en series internacionales, yo quería que perdiera. Si era con Estados Unidos, mejor.
Pero Stevenson y el equipo Cuba siempre ganaban y yo me quedaba frente al televisor, casi llorando, hasta que los atletas colgaban sus medallas de oro en el cuello de Fidel Castro.
Mi rechazo no reconocía disciplinas; pasaba sin dificultad de unas a otras. Cuando el filme Fresa y Chocolate fue nominado en la categoría de Mejor Película Extranjera en los Premios Oscar de 1994, también recé para que perdiera. Creo que no hubiese soportado ver a Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío y Senel Paz en el escenario pidiendo el levantamiento del embargo.
Por suerte, aquella vez mis ruegos fueron escuchados y los tres debieron irse a casa sin estatuilla y con el discursito de aceptación en el bolsillo.
Lo que quiero decir es esto: Cuba, para mí, era la revolución. Y yo quería que la revolución perdiese.
Pero hoy, no. Hoy quiero que gane; no la revolución, sino el pobre pueblo cubano.
Sí, quiero que gane su pelea contra la pandemia. Hoy no me importa la doble moral ni el apoyo al régimen de muchos de ellos. Y es que, desde el primer contagiado, no he podido dejar de pensar en la tragedia que les espera.
Porque cómo, me pregunto, van a luchar contra una epidemia que ni los países del primer mundo han podido controlar. Cómo, con su sistema de salud en ruinas (quién no recuerda aquel video del hospital Hijas de Galicia donde se veía una parturienta con una bata rota y manchada de sangre pidiendo ayuda) van a poder atender a los miles que enfermarán.
Y cómo van a lidiar con esta pandemia mortal sin suficientes kits de pruebas de detección y respiradores artificiales. Por Dios, si es que ni siquiera tienen jabón para lavarse las manos.
Cómo van a poder si mientras hacen cola para comprar un pollo y seis huevos, sus miserables dirigentes les piden que hagan donaciones de dinero para la producción de alimentos. Cómo van a poder, aturdidos como están por la avalancha de eufemismos –vigilancia epidemiológica, plan de enfrentamiento y cuarentena escalonada– recién inventados por los ideólogos del Partido Comunista.
Cómo van a poder si están convencidos de que no se contagiarán si usan sus nasobucos y que si enferman los salvará el famoso Interferón.
A veces, cuando en los videos que llegan de la isla veo las calles abarrotadas de gente sin respetar el distanciamiento social me parece que los pobres cubanos no se dan cuenta de la tragedia que se les acerca. Y siento lástima por ellos.
Por eso esta vez quiero que ganen la pelea. No sé si lo conseguirán, pero rezo por un milagro para que así sea. Pobres cubanos, amordazados y hambrientos. Despojados de todo, hasta de la esperanza de sobrevivir.
Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.