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Opinión

Las casas museos, parte del legado de los genios del arte

Cortesía

Si la casa de Gabriel García Márquez en Aracataca no hubiese sido convertida en un museo y su mítico corredor de las begonias restaurado, nadie visitaría ese remoto pueblo colombiano, fundado, al igual que Macondo, entre el complejo lagunar de la Ciénaga Grande y los helados picos de la Sierra Nevada.

Y si en la de Pablo Neruda en Isla Negra –también transformada en museo– no estuviesen enterrados sus restos ni se exhibiesen sus famosos mascarones de proa, nadie viajaría desde Santiago de Chile hasta ese inhóspito paraje costero de prehistóricas rocas negras y amenazantes olas.

La verdad es que el concepto de casas museo –así les llaman– no es nuevo. Todavía no había sido inventado el turismo cultural cuando ya a finales del siglo XIX algunos países, para conservar sus patrimonios nacionales y preservar el legado de sus artistas, habían inaugurado las de Miguel Ángel en Florencia, la de El Greco en Toledo y la de Rembrandt en Ámsterdam.

Hoy día casi todas las ciudades del mundo tienen su casa museo. Lo sé porque en el transcurso de mis viajes he tenido la oportunidad de visitar algunas de ellas, como la de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares, la de Leonardo da Vince en Amboise, la de Antonio Gaudí en Barcelona y la de Frank Kafka en Praga.

No fueron las únicas; he visitado varias. Unas más interesantes que otras. Creo que estoy adicto a ellas. Hace unos años, por ejemplo, cuando mi esposa y yo preparábamos un recorrido por la Costa Brava –una zona costera de España que comienza en Blanes, muy cerca de Barcelona, y termina en Portbou, justo en la frontera con Francia– descubrimos que en Cadaqués, uno de los pueblos que considerábamos visitar (eran más de 20: unos al borde de rocosos acantilados; otros en el fondo de escondidas ensenadas), había vivido Salvador Dalí.

Y descubrimos también que su casa había sido convertida en un museo. “Mira esto, otra casa museo”, dijimos sarcásticamente. Desde luego, enseguida incluimos a Cadaqués en el itinerario.

Así que, unas semanas después, ya estábamos en un hotel de la Costa Brava desde donde comenzamos nuestro recorrido. Ese mismo día en la recepción del hotel nos dieron un mapa de la zona y nos explicaron cómo llegar a Cadaqués. Solo que lo hicieron con esta ominosa advertencia: “Salgan temprano porque la carretera es estrecha y tiene muchas curvas”.

Y era verdad, la carretera, que primero asciende para luego descender, era estrecha y con muchas curvas. Pero, por suerte, el día estaba radiante y conduciendo con cuidado llegamos sanos y salvos.

La casa museo de Dalí no impresiona a primera vista. Y es que la construcción inicial no es más que una barraca de pescadores que el pintor fue ampliando obsesivamente durante 40 años. Es por eso que la casa, con sus numerosas adiciones, es laberíntica y confusa.

La visita comienza en el Recibidor del Oso donde, como su nombre indica, los visitantes son recibidos por un oso polar disecado que sirve de paragüero. Después se llega al taller del artista, donde todavía es posible ver sus caballetes y pinceles. Un poco más adelante está la Sala Oval, donde su esposa Gala leía y recibía a sus amistades.

En la parte exterior de la casa está el patio y la piscina, ambos decorados con un marcado estilo surrealista en el que destacan un sofá de curvas labiales, surtidores en forma de cisnes y varios carteles de los neumáticos Pirelli.

Al salir, como en todas las casas museo del mundo, una pequeña tienda de regalos nos esperaba.

Curioseando entre los estantes de la tienda no pude dejar de preguntarme: ¿Valió la pena viajar tan lejos solo por ver la casa donde vivió Dalí? Sí, creo que valió la pena. Después de todo, el turismo cultural es eso: conservación de patrimonios nacionales, preservación de legados artísticos y compras de souvenirs. Además, como ya dije: soy un adicto a las casas museo. No puedo dejar de visitarlas.

Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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