Picasso, una historia de amor con la Costa Azul
Dicen que las aguas del Mediterráneo son más azules frente a las costas de la Riviera Francesa. Y es cierto; lo son. Vistas desde sus miradores, donde los acantilados alcanzan mayor altura, su esplendor es pictórico. Y es que sus ensenadas, multiplicadas en un área de espectacular belleza, parecen estar cobijadas por las escarpaduras de sus laderas, la arena de sus pequeñas playas y el verdor de sus cimas.
En cada recodo de la carretera que serpentea el litoral de la Costa Azul, como también se le llama, hay luminosos paisajes: los mismos que alguna vez deslumbraron, por su luz y su color, a Pablo Picasso.
En realidad, lo del genio malagueño con la Costa Azul fue un amor a primera vista que comenzó a mediados de los años 30 cuando, durante su período surrealista, pasó una temporada en Antibes con Dora Marr, su amante de entonces.
Diez años más tarde, en 1946 y recién concluida la Segunda Guerra Mundial, acompañado por su nueva musa, Francoise Gilot, dejó París y se fue a la Costa Azul.
En aquel viaje se hospedó en casa de su amigo Louis Fort, en el pequeño poblado de Golfe-Juan, situado entre Cannes y Antibes, cerca del Castillo Grimaldi, una antigua fortaleza construida sobre las ruinas griegas de la ciudad y que en aquella época albergaba un museo arqueológico con varios espacios sin utilizar.
Fue en uno de ellos donde Picasso montó su taller. Al partir, seis meses más tarde, como un gesto de agradecimiento, donó al museo todas las obras creadas en ese período, entre ellas sus famosas La alegría de vivir y Ulises y las sirenas.
Las huellas que dejó Picasso en la Costa Azul fueron muchas. En Vallauris, donde vivió desde 1948 hasta 1955, es posible ver el mural Guerra y Paz, una de sus grandes obras políticas, pintado en las paredes interiores de una capilla románica del siglo XIIl, así como también su escultura El hombre del cordero, hoy colocada en un pedestal en el centro de la Plaza del Mercado.
Saint-Tropez es otro de los lugares de la Costa Azul que Picasso también visitó. Y aunque nunca vivió allí, fue donde en 1951 comenzó su romance con la joven Geneviève Laporte, a quienes los amigos del pintor llamaban “la chica de los miércoles”, porque era el día de la semana en que se veían a escondidas en la casa de Jean Cocteau.
De esa época son los casi 20 dibujos al carboncillo —entre ellos el desnudo titulado Odalisca— que Geneviève subastó en más de un millón de euros en 2005.
En Cannes, Picasso también dejó sus huellas al comprar la villa La Californie, una espléndida residencia estilo Belle Epoque, rodeada de palmeras y con una maravillosa vista al mar, donde vivió con su segunda esposa Jacqueline Roque desde 1955 hasta 1961. Fue ahí donde pintó su conocido cuadro, La bahía de Cannes, y donde recibió la visita de numerosos artistas amigos y algunos famosos fotógrafos, como David Douglas, Lucien Clergue y Edward Quinn, a quienes permitió retratarlo trabajando en su estudio.
La última y definitiva morada de Picasso en la Costa Azul fue en Moulins, muy cerca de Cannes, donde compró una villa llamada Notre-Dame-de-Vie como regalo de bodas para su amada Jacqueline. Fue allí donde pintó algunas de sus más conocidas obras, como El baile de la juventud, Mujer desnuda con el collar, y su serie El rapto de las sabinas.
Y fue allí, en Moulins, donde el 8 de abril de 1973, murió. El deceso ocurrió, según el relato de su esposa Jacqueline, un poco después de haber cenado con unos amigos en una de las terrazas que daban al mar.
Siempre he pensado que quizás en ese momento final Picasso alcanzó a ver, en la dorada luz del atardecer, que su amada Costa Azul no era más que una tenue línea que se desdibujaba, como su vida, en un lejano horizonte de múltiples tonalidades.
Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de junio de 2020, 9:42 p. m..