‘Don’t mess with Miami’, la comunidad cubana no se deja provocar
Cuando fui a buscar la comida para la celebración del cumpleaños 24 de mi hijo más pequeño, en el mercado La Bodega de Sweetwater, Lázaro Acosta, dueño del exitoso negocio, me contaba que los meses de cuarentena habían sido duros, pero ya estaban otra vez sobre rieles.
El sitio alimenta a muchos parroquianos del barrio y sus alrededores, no solo con emblemáticos platos de la culinaria cubana, sino de otras culturas que han enriquecido el sabor de Miami.
Además de la comida cocinada que dispensa, en una suerte de cadena incansable de gusto y calidad, en La Bodega se pueden encontrar curiosidades como carnes enlatadas de Estonia o Polonia o numerosas frutas tropicales, provenientes, en muchos casos, de fincas locales.
Se trata del emblema que sostiene a la economía más poderosa del mundo, los pequeños negocios, estremecidos por la pandemia, pero con una capacidad especial de recuperación.
Lázaro vino de Cuba huyendo, entre otras circunstancias, de la incapacidad de su país para ofrecerle la oportunidad que ha encontrado en Estados Unidos. Dejó atrás las promesas incumplidas del castrismo, para producir beneficios propios y dignificar el vecindario con un mercado que fulmina la inhabilidad funcional de la ideología comunista, para satisfacer las necesidades elementales de los seres humanos.
La economía de Miami depende casi totalmente de negocios como el de Lázaro Acosta, que comenzaron siendo de origen cubano y se han diversificado en otras nacionalidades arribadas a estas costas.
La Bodega convive con las grandes cadenas de mercados americanos y otras creadas por cubanos. En el barrio, numerosos vecinos le tienen más fe a su modo familiar de complacer a la clientela. Es parte de la magia del libre mercado, que solo se alcanza en competencia. La esquina de Lázaro no hay quien se la dispute, ya está consolidada.
La historia es contemporánea, casi mítica, y comenzó en los años 60, cuando los compatriotas del dueño de La Bodega arribaban a estas costas de incertidumbre y llegaban como refugiados a la Torre de la Libertad en el downtown para recibir las atenciones iniciales económicas, sociales y de salud.
Aquellos pavimentaron el camino, pensando que regresarían a la isla en pocos meses. Cuando salieron a la calle, con los cheques de la ayuda para buscar donde alquilar, encontraron inquietantes carteles: “No negros, no cubanos, no perros”. El sur de los Estados Unidos no creía en lágrimas. Habría que hacerse valer mediante el trabajo incansable, siguiendo la prédica del mundo empresarial americano, con notas de criolla sapiencia y así aconteció el milagro.
Si los bancos no prestaban dinero para negocios, como La Bodega, de Lázaro Acosta, hubo que fundar uno.
Aquellos pioneros del exilio supieron qué hacer rápidamente con la libertad escamoteada por la dictadura, porque no les era ajena. Habían edificado en la isla, dejada atrás, una república, con virtudes y defectos, pero funcional, abundante en posibilidades.
El resto de las hornadas de desterrados, hasta nuestros días, han sabido aprovechar el legado de los llamados históricos, que tanto nos honran.
Cualquier sospecha de minar los cimientos de esta Cuba libre que hemos construido a poca distancia de la otra sojuzgada, nos hace reaccionar con dureza, dentro de las estructuras democráticas.
Hemos lidiado con cubanos castristas desfilando por las calles de Miami y ahora grupos oportunistas y provocadores izan una bandera roja con la efigie del criminal Ernesto “Che” Guevara, en la ciudad que han construido no pocos de los descendientes de sus víctimas.
Los que desafían de tal modo a quienes han padecido el comunismo, son generalmente vagos y perdedores, como el propio Guevara, alentados por oscuros intereses.
Estos amagos irrespetuosos, sin embargo, no podrán con el ímpetu y la certeza de miamenses como Lázaro Acosta, prueba incontestable de la fuerza de nuestra democracia.
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