Relaciones entre EEUU y Cuba son ‘un enredo’ porque Obama ignoró las trampas de la reapertura
Un artículo de opinión de Jeffrey DeLaurentis, ex encargado de negocios de Estados Unidos en La Habana, publicado en el Miami Herald, dice: “Cinco años después, las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba son un enredo”. DeLaurentis, tiene razón, pero esas relaciones no son un enredo por las razones que él afirma, culpando a EEUU.
Estados Unidos tiene relaciones diplomáticas con casi 200 países, y muchos están gobernados por dictaduras perversas que suprimen los derechos humanos, apoyan el terrorismo, socavan la democracia o empobrecen a sus ciudadanos a través de la corrupción y de políticas económicas destructivas. Las relaciones de Estados Unidos con esos países son “enredadas,” y con razón.
Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba son enredadas porque el gobierno de Cuba es culpable de todo lo anterior, y porque la administración de Obama, en su mal concebido acercamiento a Raúl Castro, decidió pasar por alto todo ello en busca de un único legado internacional.
El resultante apaciguamiento solo logró alentar al régimen castrista a aumentar su comportamiento maligno en el país y en el extranjero, en detrimento de los intereses estadounidenses y de los cubanos, por no mencionar a los venezolanos.
Las semillas del fracaso de Obama en Cuba se sembraron durante las negociaciones secretas en las que la Casa Blanca mantuvo a la mayoría de sus altos funcionarios en la oscuridad y confió las negociaciones a un funcionario de nivel medio sin experiencia previa en política exterior.
El “acercamiento” fue una serie de concesiones unilaterales sin reciprocidad de ninguna consecuencia de La Habana. Ninguno de los objetivos positivos que prometió Obama se logró. En lugar de mejorar los derechos humanos en Cuba, la represión aumentó, según defensores de los derechos humanos cubanos y extranjeros. Incluso mientras el Air Force One aterrizaba en La Habana en marzo de 2016, docenas de Damas de Blanco eran brutalmente golpeadas en su camino a los servicios religiosos.
En lugar de abrir mercados para los exportadores estadounidenses, como prometido, Cuba redujo a propósito las importaciones estadounidenses para obtener concesiones aún mayores, como créditos, que están prohibidos por la ley estadounidense porque Cuba no paga sus deudas. En lugar de ayudar a moderar la política exterior de Cuba, La Habana intensificó su asistencia militar y de policía secreta a la Venezuela de Nicolás Maduro.
En lugar de favorecer al pequeño sector privado en Cuba, la entrada masiva de dólares del turismo y remesas de EEUU fue capturada principalmente por el conglomerado comercio-militar GAESA, dirigido por el ex yerno de Castro. GAESA expulsó a “cuentapropistas” privados, que habían aumentado antes de la apertura, de áreas turísticas rentables y los reemplazó con establecimientos progubernamentales.
Si los negociadores de Obama hubieran estudiado las décadas de duplicidad de los Castro, podrían haber evitado fracasos. Por ejemplo, en julio de 2013, en plenas negociaciones, un barco norcoreano fue detenido en el Canal de Panamá con armas ofensivas proporcionadas por Cuba en violación de las sanciones de la ONU y de Estados Unidos contra Pyongyang. Las armas habían sido cargadas en el puerto cubano de Mariel y escondidas debajo de miles de sacos marcados de “azúcar”.
La administración sancionó a Corea del Norte, pero ni siquiera mencionó la complicidad de Cuba en ese y otros tráficos de armas. Para La Habana, esto fue una señal más de que Obama estaba tan ansioso por llegar a un acuerdo que ignoraría el comportamiento criminal de Cuba, lo que llevó a su anuncio del “deshielo” en 2014.
Disidentes cubanos cuentan que el año siguiente diplomáticos estadounidenses en La Habana, en una postura moral inexcusable, les dijeron que “hicieran un trato” con Castro porque Estados Unidos iba en “otra dirección”. La oposición fue desmoralizada.
Los disidentes cubanos no fueron invitados a la ceremonia de apertura en la Embajada de Estados Unidos en 2015, supuestamente debido a limitaciones de espacio. En realidad, sin embargo, fue porque el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba se opuso. Un video mostró muchos asientos vacíos, a pesar de que la Embajada había intentado llenar los asientos con cubanoamericanos pro-acuerdo que llegaron desde Miami para tomar el lugar de los disidentes marginados.
Todo esto envalentonó al régimen cubano a cometer un acto sin precedentes y atroz:
A fines del 2016, pocos meses después de que Obama estrechó la mano de Castro en Cuba, diplomáticos estadounidenses en La Habana comenzaron a quejarse de dolores de cabeza y dolencias más graves. Según los informes, parte del personal estadounidense sufrió daños cerebrales permanentes. Se sospecha de escuchas electrónicas cubanas.
La respuesta del régimen fue reglamentaria: desmentir y negar. Inexplicablemente, algunos funcionarios del Departamento de Estado encubrieron la agresión durante meses, hasta que un denunciante las hizo públicas en el 2017. Una vez alertado, el Secretario de Estado del presidente Donald Trump, Rex Tillerson, retiró a la mayoría del personal estadounidense de La Habana y expulsó a funcionarios de la Embajada de Cuba en Washington.
La apertura diplomática de Obama a Cuba lució un éxito de relaciones públicas pero en realidad fue una traición a los valores americanos y un golpe para nuestros intereses nacionales en la región. Si no quieren que las relaciones bilaterales sean un desorden, exijan a La Habana que cambie su comportamiento, no la apacigüe.
Otto J. Reich fue embajador en Venezuela durante las administraciones de Ronald Reagan y George H. W. Bush, y fue subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental durante el gobierno de George W. Bush.