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Opinión

El muro de Berlín: un símbolo de odio derribado

West-Berliner climb on the Berlin Wall on November 9, 1989 to ask for its fall. After months of mass protests against regime and amid a widening exodus of citizens to the West via Hungary, thousands of East Berliners on November 9, 1989 started streaming towards checkpoints leading to West Berlin, few hours after an East German official announced a decree stating that visas would be freely granted to those wanting to travel outside or leave the state and. / AFP PHOTO / Françoise CHAPTAL (Photo credit should read FRANCOISE CHAPTAL/AFP via Getty Images)
West-Berliner climb on the Berlin Wall on November 9, 1989 to ask for its fall. After months of mass protests against regime and amid a widening exodus of citizens to the West via Hungary, thousands of East Berliners on November 9, 1989 started streaming towards checkpoints leading to West Berlin, few hours after an East German official announced a decree stating that visas would be freely granted to those wanting to travel outside or leave the state and. / AFP PHOTO / Françoise CHAPTAL (Photo credit should read FRANCOISE CHAPTAL/AFP via Getty Images) AFP via Getty Images

El pasado 13 de agosto se cumplió un año más de la construcción del Muro de Berlín.

En efecto, en 1961 el gobierno de la República Democrática Alemana, bajo el pretexto de impedir las agresiones de Alemania Occidental, anunció que empezaría a levantar lo que se conoció como el Muro de la Vergüenza, el mismo frente al cual los presidentes norteamericanos John F. Kennedy y Ronald Reagan pronunciarían, en el marco de la Guerra Fría y como desafío a la Unión Soviética, sus famosas frases: “Soy un berlinés” y “Señor Gorbachov, derribe este muro”.

Desde luego, Gorbachov no lo derribó. No fue hasta casi tres décadas después de construido, el 9 de noviembre de 1989, que el muro fue finalmente tirado abajo por los propios berlineses. Su caída, considerada uno de los episodios más importantes de la historia moderna, es celebrada hoy día en todo el mundo.

Desde entonces, Alemania ha sido una sola. Y Berlín, desaparecida la división, es su capital para siempre. La esperada reconciliación, aunque difícil y dolorosa, se hizo realidad. Del infame muro solo quedaron algunos restos dispersos como mudos testimonios de un pasado de opresión.

Fue por eso que cuando visité Berlín hace algunos años lo primero que hice, antes de ir a la Puerta de Brandeburgo —símbolo de la ciudad— o al Reichstag —donde se proclamó la República de Weimar en 1918 y la reunificación de las dos Alemanias en 1990— fue ir a ver los restos del Muro, el más importante sitio de la historia reciente de la ciudad.

Recuerdo que en cuanto dejé las maletas en el hotel salí, sin perder tiempo, hacia la parte más larga y conocida del Muro: el East Side Gallery, que tiene una extensión de casi una milla y está cubierta con las pinturas de artistas de diferentes países.

Sin embargo, a pesar de ser la parte más visitada del Muro, es la menos impresionante. Y es que el alegre colorido de los paneles pintados y la refrescante modernidad de sus estilos, contrasta con su ignominioso pasado.

Eso lo comprobé al día siguiente cuando visité otro pedazo del Muro. Este estaba en un lugar apartado, era más pequeño y no tenía la inapropiada luminosidad turística del anterior. Era oscuro y silencioso, como corresponde a los lugares solemnes. La sombra amable de unos grandes árboles que se alineaban a lo largo de la calle propiciaba, de alguna misteriosa manera, la reflexión.

El Muro de Berlín —Barrera de Protección Antifacista lo llamaban en la antigua República Democrática Alemana— fue construido para impedir el éxodo de los berlineses hacia occidente y mantuvo dividida a la ciudad durante 28 años. Más de 5,000 personas trataron de saltarlo; 3,200 fueron capturados y 160 resultaron muertos.

La primera víctima, intentando alcanzar el otro lado del Muro, saltó desde la ventana de su casa. Un año después, Peter Fechtner, un joven estudiante universitario, fue herido cuando trataba de escapar y murió desangrado mientras los mismos guardias que lo hirieron contemplaban la escena.

Ese día los berlineses comprendieron que estaban divididos, no solo por un muro de piedra, sino también por uno de odio.

Debieron pasar casi 30 años para que ambos muros fuesen derribados. El primero en 1989 cuando Gunther Schabowski, miembro del Buró Político de la República Democrática Alemana, obligado por la apertura de la frontera húngara una semana antes, autorizó las salidas hacia la parte occidental. Decenas de miles cruzaron los puntos de control en Berlín mientras los soldados, tomados por sorpresa, ni siquiera intentaban detenerlos.

El segundo muro, el del odio, también fue derribado. Tomó más tiempo, es cierto. Pero lo lograron: la reconciliación nacional tan esperada se hizo al fin realidad.

Y Berlín volvió a ser indivisible y eterna. Como siempre fue. Como siempre debió haber sido.

Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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