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Opinión

Una elección para prolongar la vida de los trabajadores

Hace cuatro años, muchos trabajadores estadounidenses ayudaron a elegir al primer magnate en casi un siglo para la presidencia, y ahora ha llegado el momento de preguntarnos cómo está funcionando “esto”, para los trabajadores y para sus seres queridos que dependen de ellos.

Muchos trabajadores pueden haber estado, o pueden seguir estando, contentos con las opiniones y la política del presidente Donald Trump sobre temas sociales, de política exterior u otros, pero tal vez ahora deberían considerar los efectos de esta presidencia en su esperanza de vida.

El trato de la Administración Trump a los trabajadores durante la pandemia del COVID-19, especialmente en la producción de alimentos, ha sido brutal, pero cuando esta crisis finalmente termine, podríamos encontrarnos de nuevo en medio de una falla para tomar en serio todos los otros problemas de salud y seguridad que enfrentan los trabajadores.

La mayoría de los estadounidenses no saben de cuán peligrosos pueden ser todavía los trabajos en 2020. La punta de un “iceberg de mortalidad” muy grande consiste en las aproximadamente 5,000 lesiones fatales que ocurren en el trabajo anualmente. Los científicos estiman, sin embargo, que aproximadamente 60,000-90,000 muertes adicionales ocurren prematuramente cada año por enfermedades causadas o agravadas por la exposición en el lugar de trabajo a sustancias peligrosas.

Es como si todos los jóvenes al ingresar a la fuerza laboral de EEUU tuvieran que elegir una carta de una baraja, con una de las 52 cartas con el mensaje: “Lo siento; tu trabajo te va a provocar cáncer, enfermedades respiratorias, o Parkinson”.

El Congreso ciertamente sabe cuán intolerable es el riesgo de muerte involuntaria de 1 en 52; en varias leyes ha ordenado a la EPA que reduzca los riesgos ambientales que enfrenta el público en general a una posibilidad “entre un millón”. Esto revela una falta de preocupación por los riesgos de los trabajadores que son decenas de miles de veces más grandes que este objetivo público en general.

No tiene que ser así. Desde 1970, se suponía que teníamos una agencia reguladora enérgica y basada en la ciencia, OSHA, escribiendo y cumpliendo reglamentos cuyos beneficios de salud y seguridad empequeñecían los costos para los empleadores. Pero durante 42 de esos 50 años, los republicanos controlaban la Casa Blanca, el Senado o la Cámara (o dos, o las tres), y negaban toda propuesta sensata y modesta para reducir los riesgos de los trabajadores.

Yo fui el principal funcionario regulador de OSHA durante cinco de esos 42 años (1995-2000). Logramos en ese tiempo regular dos carcinógenos industriales, pinchazos accidentales con agujas en entornos de atención médica, y respiradores inseguros o mal ajustados.

¿Qué “tiranía” desatamos en este “tsunami” de regulaciones? ¿Por qué los congresistas republicanos, incluido un ex presidente del Congreso, se refirieron a los inspectores de OSHA como “la Gestapo”? Literalmente, nuestra regla para reducir los niveles al solvente tóxico cloruro de metileno requirió que muchos establecimientos instalarán ventiladores en sus ventanas y les dieran a los trabajadores cepillos con mangos más largos para que no tuvieran que meter la cabeza dentro de tanques llenos de vapores. Eso es todo; nada “punitivo”, solo tecnología del siglo XIX que finalmente se hizo obligatoria.

La lista de cosas que la administración del presidente Trump ha hecho por la seguridad de los trabajadores es una página en blanco. Trump es el único presidente en la historia de OSHA que ni siquiera ha designado a una persona para que dirija la Agencia, y el jefe interino tiene tan pocas posibilidades de actuar por su cuenta que ni siquiera respondería esta pregunta en una audiencia del Congreso: ¿“Presenta COVID-19 un grave riesgo para los trabajadores”?

Pero esta administración ya había revocado las reglas que requerían que los empleadores mantuvieran ciertos registros de lesiones en sus instalaciones. Paro el trabajo en 2017 sobre una regla para proteger a los trabajadores de las “enfermedades infecciosas transmitidas por el aire”. Y se aseguró de que la EPA, a la que el Congreso ordenó en 2016 que considerara a los trabajadores cuando analizaba usos especialmente peligrosos de químicos, devolviera la responsabilidad a una OSHA ineficaz, contrario a una ley que tardó 40 años en revisarse.

Los trabajadores estadounidenses necesitan un nuevo presidente y un nuevo Senado, uno que se mueva rápidamente para adoptar las reformas legislativas que muchos expertos han instado durante décadas. Estos incluyen:

Dar a los trabajadores el derecho a demandar a su empleador por violar las normas de OSHA;

Extender la cobertura a los casi 10 millones de empleados públicos estatales y locales a quienes la Ley OSH original no protege;

Permitir que OSHA presuma que ciertas fallas obvias para proteger a los trabajadores fueron cometidas “intencionalmente” y merecen multas de alto valor en dólares o sanciones penales; y

Proponer nuevos niveles de exposición a sustancias químicas que al menos mantendrán los riesgos de cáncer de por vida de los trabajadores por debajo de una probabilidad entre 1,000 por sustancia.

Cuando miramos a las elecciones del 3 de noviembre, nunca ha habido una elección en la que los trabajadores tengan una opción de personalidad tan clara entre los candidatos presidenciales: uno con obvio respeto por el trabajo y otro con desprecio por él. Mary Trump escribió recientemente sobre su tío Donald que “nunca se le exigió un trabajo honesto y, por mucho que fracasara, fue recompensado de formas que son casi insondables”. Fuera de este mundo de fantasía del trabajo, las recompensas son más modestas, provienen de la dignidad del trabajo, y siguen al éxito, no al fracaso.

Ambos candidatos veneraban a sus padres, pero la lección que Joe Biden aprendió de su padre es lo opuesto a lo que aprendió Donald Trump sobre los trabajadores como mercancías. En la autobiografía de Biden, cuenta cómo su padre era gerente de ventas en un concesionario de automóviles, cuyo propietario decidió divertirse en la fiesta de Navidad de la empresa derramando un balde de dólares de plata para ver a sus trabajadores luchar para recogerlos. Joe Sr. salió de esa fiesta para no volver nunca más. El hijo de Fred Trump, podemos asumir con seguridad, habría pensado que este espectáculo sería un programa de televisión de realidad rentable.

También creo que es una buena señal para los trabajadores que Joe Biden siempre menciona a “Chariots of Fire” como su película favorita. Su título proviene del famoso poema de William Blake “Jerusalén”, que bien podría ser un himno a la larga “resistencia” contra la explotación de los trabajadores. En el poema, el narrador jura nunca “cesar en la lucha mental” hasta que hayamos reemplazado “esos oscuros molinos satánicos” con una tierra verde y agradable.

Mis antiguos colegas de OSHA han esperado mucho tiempo por un gobierno unido que los respalde, para que finalmente puedan luchar eficazmente por su libertad como trabajadores para dar su fuerza, pero no sus extremidades, su salud, y sus propias vidas, para sus trabajos.

El Dr. Adam M. Finkel es profesor de ciencias de la salud ambiental en la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Michigan; sus puntos de vista son propios y no necesariamente los de la Universidad. Él ocupó puestos de alto nivel en materia de reglamentación y ejecución en OSHA durante las administraciones de Bill Clinton y George W. Bush. Lourdes Fernández colaboró en la traducción de este artículo.

Esta historia fue publicada originalmente el 26 de agosto de 2020 a las 4:12 p. m..

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