El disidente cubano Ramón Arboláez tiene cáncer y EEUU debería dejarlo entrar
En un mundo desalmado, nadie sufre más que aquellos que desean emigrar a Estados Unidos. Creyendo en la promesa de la Estatua de la Libertad millones han llegado a nuestras costas buscando libertad y oportunidad. Sin embargo, hoy esa promesa se ha roto.
Miles arriesgan sus vidas, solo para ser devueltos a México, sin siquiera tener la oportunidad de explicar las razones por las que ellos y sus familias han hecho viajes tan peligrosos para llegar a nuestras costas.
Ningún caso ilustra mejor el interés de venir a Estados Unidos y la trágica realidad que esto implica que el de Ramón Arboláez, su esposa Yaneisy Santana Hurtado y sus tres hijos. Hace cuatro años, Arboláez, un activista de los derechos humanos que fue encarcelado varias veces, huyó de Cuba. Después de buscar refugio en nueve países y cruzar la selva panameña a pie, él y su familia llegaron a la frontera de Estados Unidos solo para que se le negara la entrada.
Ahora, un año después de llegar a México, Arboláez está muriendo de cáncer. Ya ha perdido 35 libras y sobrevive solo con líquidos. Un equipo de médicos espera su llegada al Jackson Memorial Hospital en Miami. Amigos han solicitado una libertad condicional humanitaria y su abogado ha pedido que se acelere. Sin embargo, él y su familia permanecen en México, suplicando para que le pongan atención a su caso a través de los medios de comunicación, y rezando para que su largo viaje no termine en tragedia.
Hasta 1994 todos los cubanos podían entrar a Estados Unidos independientemente de sus antecedentes o si llegaban legal o ilegalmente. Después de una migración masiva de unas 30,000 personas, la administración Clinton puso en marcha la infame política de “Pies secos, pies mojados” que permitió que solo permanecieran los cubanos que pisaron suelo estadounidense. El presidente Barrack Obama, creyendo que su apertura a Cuba promovería más oportunidades en la isla, modificó estas regulaciones. A partir de enero de 2016, los cubanos, como cualquier otra nacionalidad, tuvieron que entrar legalmente o demostrar que huían porque erans perseguidos.
Tanto los republicanos como los demócratas han seguido dándoles la bienvenida a los refugiados de Cuba y de todo el mundo. La oposición cubana siempre ha contado con que Estados Unidos los va a socorrer, y cuando sus actividades en defensa de la libertad les impendió permanecer en su país. Sin embargo, en el caso Arboláez, la administración Trump parece estar dando la espalda a esta larga y sagrada tradición.
Gullermo Fariñas, líder de un conocido movimiento disidente del que Arboláez era miembro, dijo recientemente en una llamada telefónica que sería un “desastre” para los derechos humanos en Cuba si se le niega la entrada a Arboláez. Esta administración, así como cada uno desde la revolución cubana, ha fomentado la actividad disidente en Cuba y, por lo tanto, tiene una obligación con ellos.
Cuando la administración Trump retiró al personal de la Embajada en La Habana y cerró el centro de procesamiento de refugiados en 2018, se volvió aún más importante que los activistas cubanos de derechos humanos puedan recibir una entrada expedita a Estados Unidos.
La familia Arboláez merece nuestra compasión y nuestra admiración por su larga lucha por encontrar un hogar seguro. Una decisión justa no puede seguir siendo retrasada o negada, ya que eso posiblemente significaría una sentencia de muerte para Arboláez.
La Embajadora (retirada) Vicki J. Huddleston fue directora de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana entre 1999 y 2002.