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Leonardo Padura inmortaliza el dolor y el amor de todos los exiliados | Opinión

El escritor cubano Leonardo Padura participa en el quinto festival literario “CentroAmérica Cuenta”, en Managua el 24 de mayo de 2017.
El escritor cubano Leonardo Padura participa en el quinto festival literario “CentroAmérica Cuenta”, en Managua el 24 de mayo de 2017. AFP/Getty Images

En su novela más reciente “Como polvo en el viento”, se repiten los temas que obsesionan al escritor Leonardo Padura: las experiencias de su generación; el contexto en la sociedad cubana en que se desarrollan; la amistad que perdura pese a distancias ideológicas y geográficas; amor y erotismo, y el exilio, incluido en varias obras anteriores, como “La novela de mi vida” sobre el poeta cubano del siglo 19, José María Heredia, y “El hombre que amaba los perros”, basada en la vida de León Trotsky.

Padura, el escritor cubano más sobresaliente en la actualidad, no se duerme en sus laureles. Trabaja sin cesar. No lo hace solo desde su modesto hogar en Mantilla. Acompañado por su insustituible Lucía, visita los escenarios de sus narraciones, entrevista a personas, toma notas.

A las experiencias propias y las que descubre en su tarea de investigación, suma lo que Mario Vargas Llosa califica como ese “elemento añadido” que torna la realidad en literatura. Lo hace, además, sin que al tapiz que teje se le vean las costuras.

El manejo del tiempo, el ritmo de la prosa, el desarrollo de los personajes son muestras de su indiscutible metier. Sus descripciones de lugares tan diversos como un solar de La Habana, una playa en las afueras de Barcelona, una granja equina en la punta noroeste de Estados Unidos, la estatua del ángel caído en un parque de Madrid o la vida en Hialeah, cobran tal plasticidad, que permiten al lector ver, sentir, desde el olor de la pobreza hasta los latidos del corazón de un hombre con miedo.

Un grupo de amigos

“Como polvo en el viento” narra la historia del “clan”, un grupo de amigos de distintas razas, orígenes socioeconómicos, y preferencias sexuales. Unidos desde el preuniversitario por experiencias comunes, sobre todo la posibilidad de estudiar, hacen grandes sacrificios a cambio de la promesa de que alcanzaran sus proyectos de vida. La casa de Clara en Fontanar, heredada de sus padres arquitectos ya fallecidos, es el lugar de reunión del grupo, cuyas vidas van haciéndose “polvo en el viento”, como reza la canción, especialmente a partir de los años 90, cuando comienzan a preguntarse con insistente angustia qué les ha pasado.

Los amigos se van marchando por distintas razones, que pueden resumirse en una: la imposibilidad de continuar viviendo en una Cuba que el autor retrata con trazos duros. Se dispersan por distintos países, continentes. Pasan apuros. Rehacen sus vidas. Pero siempre algo les falta, y pese a las escaseces que pudieron haber sufrido en la Isla, con mayor o menor intensidad, el desarraigo les muerde el alma.

Confieso que como tantos del “exilio histórico” me he cuestionado con frecuencia si las subsiguientes oleadas de cubanos que han salido de la Isla, sufrían igualmente el exilio. Padura me ha develado la respuesta, porque sin dejar de ser el cronista de su tiempo, cuenta historias universales en las que me veo retratada.

Como su personaje Irving, pasé en el exilio etapas de invitar —o que me invitaran— a dormir en el sofá de la sala “que es comodísimo”. Sentí el mismo pánico ante la casilla de inmigración al regresar a Cuba que él, gay, sentimental y aterrado, cuando se decide a visitar en la Isla a su madre anciana. Durante la lectura de “Como polvo en el viento” me he conmovido, he llorado, reído y confirmado una vez más que todo ser humano es un exiliado de alguna parte.

Incluso hay pasajes de la novela de Padura similares a algunos de la mía, “Memoria del silencio”. Uno de sus personajes medita “…es como si no existiéramos, es como si fuéramos fantasmas, o los invisibles… No estamos en la memoria de nadie y nadie está en la memoria de nosotros. Somos y a la vez no somos…” mientras que Laura, en mi narración, piensa “...y se me ocurrió una idea aterradora; que somos sombras irreales, personas inexistentes, que nadie nos oye ni nos ve…”. No es extraña la coincidencia, pues describimos el mismo fenómeno anímico.

La idea de marcharse

Cuando todos los del “clan” se han marchado y Clara se queda sola, cuando con un nieto nacido en Francia y otro por venir en Miami, se plantea por un momento fugaz la idea de marcharse, siento culpa y miedo a la vez. Fontanar es la casa que todos perdimos. Clara y su caracol son la madre, la Isla, ¡La hemos dejado con tantas cicatrices! ¿Espera nuestro regreso o puede también la Patria llegar a exiliarse? ¿Se fugará Cuba de sí misma?

La historia de la humanidad, desde que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, ha sido un perenne desplazarse, una oleada de hogares perdidos y reconstruidos, a fuerza de nostalgia y voluntad, desarraigo y afán de ser, heridas y esperanzas.

Cambiarán las circunstancias pero el exilio de James Joyce, Juan Ramón Jiménez, Hannah Arendt, Stefan Zweig, Aleksandr Solzhenitsyn, Reinaldo Arenas y tantos otros, es el mismo. La generación de Padura, la de mis padres, la mía, todos somos polvo en el viento, o, al menos, así nos hemos sentido muchas veces, hasta que comprendemos que solo a través del arte perdurará la memoria de nuestros silencios.

Gracias, Leonardo Padura, por ayudar con tu novela a inmortalizar el dolor y el amor de todos los exiliados del mundo.

Escritora y periodista cubana.

Esta historia fue publicada originalmente el 25 de septiembre de 2020, 3:57 p. m..

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