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El COVID de Trump, un símbolo de su propio fracaso | Opinión

Donald Trump, presidente de EEUU, se quita la máscara a su llegada a la Casa Blanca tras ser dado de alta del centro médico militar Walter Reed, el 5 de octubre de 2020 en Washington DC. (Win McNamee/Getty Images/TNS)
Donald Trump, presidente de EEUU, se quita la máscara a su llegada a la Casa Blanca tras ser dado de alta del centro médico militar Walter Reed, el 5 de octubre de 2020 en Washington DC. (Win McNamee/Getty Images/TNS) TNS/Getty Images

Donald Trump siempre ha interpretado un papel de hombre fuerte porque es un hombre débil. Muy débil. Ya lo dice la sabiduría popular: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Durante meses ha presumido de tener mejor salud que Joe Biden sin embargo ha sido él quien ha sucumbido al coronavirus, mientras que el demócrata sigue tan campante.

Ha presumido de poseer mayor agudeza mental que Biden pero en el debate fue él quien exhibió una mente caótica, insegura y beligerante. Tras la desastrosa actuación en ese primer duelo, Biden le aventaja por un 16% en los sondeos.

Durante décadas ha presumido de ser un empresario de éxito y resulta que lleva años ¡arruinado!, según revela el New York Times en una extensa investigación sobre sus impuestos. Sus empresas están en números rojos y él personalmente debe al menos $421 millones a unos misteriosos acreedores (¿Rusia, Arabia Saudita?), lo cual representa un enorme riesgo para la seguridad nacional.

Y ha presumido a base de embaucar, que no es lo mismo que alardear de hechos reales. Pero le ha llegado la hora de la verdad, y el montaje de mentiras sobre el que ha construido su vida se está desmoronando. En el peor momento. A sus 74 años, arruinado, desesperado y enfermo, le ha azotado una tormenta repentina de eventos que pulveriza la imagen de macho bully. Y con ella sus esperanzas de reelección.

La tempestad comenzó el 27 de septiembre con la revelación de sus trampas fiscales y deudas multimillonarias; a los dos días fue su calamitosa actuación en el debate; y 48 horas después fue diagnosticado con el virus que tanto ha negado.

Tres eventos que cayeron como rayos del cielo. Quizá literalmente. Pero no le pregunten a Trump, porque él sigue sin querer enterarse y ha respondido como el del chiste del narcisista: “¿Caen rayos?, ¿qué rayos? ¡Es que Dios me está haciendo fotos!”.

Abandonó el hospital por decisión propia (su médico es un militar a sus órdenes), con el fin de dramatizar su llegada a la Casa Blanca. Sin duda lo logró, con la que seguro pasará a la historia como su mayor bufonada: la grotesca escena mussoliniana desde el balcón de Truman, quitándose la máscara y alzando la cabeza con rictus autoritario, en un ridículo intento de proyectar fuerza al estilo del fascista italiano.

En el colmo de la irresponsabilidad —-y la soberbia— pretende convertir su infección de COVID en una victoria política, burlándose de los casi 212,000 muertos y casi ocho millones de infectados. Un trágico saldo que se podría haber evitado si Trump no hubiera politizado las máscaras y todo lo referente a la pandemia propagando además falsedades.

“No tengan miedo al COVID. No dejen que domine su vida”, decía después en un vídeo a modo de slogan publicitario, en vez de consolar a tantos millones que han perdido a familiares o su salud, o su trabajo.

No le pidan a Trump compasión, porque no la conoce.

Qué se puede esperar de alguien que con la lección que le está dando el destino sigue insistiendo en negar la gravedad de la pandemia (“Desaparecerá como un milagro”). Sigue sin tener un plan nacional. Y sigue pretendiendo eliminar el COVID como tema de campaña, para que nos olvidemos de su negligencia.

De poco le sirve, salvo con su reducido grupo de fanáticos. Porque en este otoño electoral solo hay un tema: Trump ha fallado en su principal responsabilidad con el pueblo americano, no nos ha protegido. No le importamos.

Él mismo es víctima de su negligencia. La Casa Blanca parece una zona fantasma, por la cantidad de funcionarios infectados. Y su campaña electoral está patas arriba: el jefe de campaña y otros ayudantes están infectados de COVID; ya no le está entrando dinero y ha tenido que quitar miles de anuncios y suspender los “rallies”; ni una sola encuesta en todo el año le ha dado ventaja frente a Biden y las últimas pronostican una debacle.

¿Puede una sorpresa de última hora dar un giro a su favor? En política nada es descartable. Pero a día de hoy ese vuelco de la fortuna no te atisba en el horizonte.

En cambio, es evidente que la propia infección de COVID de Trump es el símbolo de su fracaso como presidente.

Estamos viendo los tragicómicos momentos de la agonizante presidencia de Donald Trump. Trágicos por las casi 212,000 vidas sesgadas y por la despedazada reputación de Estados Unidos en el mundo. Cómicos, porque Trump ha llegado al paroxismo de auto-caricaturizarse (como en la escena del balcón) en busca de los focos que se desvanecen.

Él sabe que —si se cuentan todos los votos— va rumbo a la derrota el 3 de noviembre, aunque lo niegue hasta el final. Quizá incluso negándose a dejar la Casa Blanca, como viene amenazando.

Entonces sí que necesitaríamos un milagro.

Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

Esta historia fue publicada originalmente el 7 de octubre de 2020, 4:28 p. m..

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