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El profeta habla de los cubanos, o cómo somos definidos | Opinión

El lanzador cubano Luis Tiant posa con la franela de Medias Rojas de Boston Red en 1972.
El lanzador cubano Luis Tiant posa con la franela de Medias Rojas de Boston Red en 1972. AP

A mediados de los años 80, cuando todavía era profesor en la Universidad de Georgetown, el ya fallecido historiador y ensayista Luis Aguilar León escribió un artículo titulado, “He aquí que ‘El Profeta’ habla de los cubanos”, en el que solo pretendía —como alguna vez confesó— explicar “el carácter de su tribu”

Por esa fecha, como una prueba de lo que entre reproches y elogios decía en el artículo (“Los cubanos nacen con sabiduría inmanente. No necesitan leer, todo lo saben”), ya muchos miembros de su “tribu” eran exitosos empresarios, dueños de bancos, alcaldes municipales y representantes federales.

Aquel texto, publicado originalmente en 1986, le dio la vuelta al mundo y se convirtió, aunque envuelto en polémicas sobre autorías y procedencias, en un multiplicado decálogo de cubanía que, medio en broma medio en serio, nos definía.

Luis Aguilar León fue uno de los pocos autores cubanos, con la excepción de Jorge Mañach en su “Indagación del choteo”, que se aventuró a escribir sobre un tema tan delicado como la identidad nacional. Lo cual quizás explique la cautela que utilizó al contraponer defectos (“los cubanos se caracterizan en grupo por su gritería y apasionamiento”) y virtudes (“pero “individualmente por su simpatía e inteligencia”) de una manera armónica.

En una de sus partes más críticas el texto reconocía lo que algunos consideran nuestros principales defectos: “Los cubanos son hiperbólicos y desmesurados”.

Y es verdad; lo somos. Por eso aquí en Miami, sobre todo cuando hablamos de la Cuba anterior a Castro, nos acusan de exagerar los logros de nuestro país en materia económica, científica y deportiva.

Así, cuando decimos que los teléfonos o la televisión llegaron a Cuba antes que a otros países latinoamericanos, aseguran que somos, como dijo el Profeta, excesivos.

Y si nos vanagloriamos de haber tenido la mayor cantidad de peloteros en Grandes Ligas antes de 1959 (Adolfo Luque, Edmundo Amorós, Orestes Miñoso, Camilo Pascual, Luis Tiant, Octavio Rojas y Tony Taylor), de haber tenido un campeón mundial de ajedrez (José Raúl Capablanca) y otro de boxeo (Kid Chocolate), sonríen con incredulidad.

La verdad es que ya estamos acostumbrados a esa mala fama. Y no hay nada que pueda hacerse. Por eso, al igual que Aguilar León, medio en broma medio en serio, seguimos diciendo que Carlos J. Finlay descubrió el agente transmisor de la fiebre amarilla; que el médico villaclareño Vicente Antonio Castro realizó en marzo de 1847 la primera operación quirúrgica con anestesia por éter, solo algunos meses después de haberse descubierto en Boston; y que el doctor Tomás Romay y Chacón introdujo en 1a isla, en 1804, la vacunación contra la viruela.

Pero cuando en realidad reviran los ojos en exasperación es cuando decimos que la Gran Duquesa de Luxemburgo, María Teresa, es cubana. No nos creen ni siquiera cuando les decimos que nació en Marianao en 1956, que emigró a Estados Unidos a los tres años junto a sus padres que huían del comunismo y que después, ya radicada en Ginebra, conoció a un joven en la universidad donde estudiaba que era —sin ella saberlo— el duque heredero de Luxemburgo. Y que, bueno, como en los cuentos de hadas, se casaron y vivieron felices para siempre.

No quiero imaginar qué dirán —todavía no se lo hemos dicho a nadie— cuando sepan que en 1840 un médico cubano, Nicolás Gutiérrez Hernández, un año después de haber aprendido a embalsamar en París utilizando la técnica del farmacéutico francés, Jean Nicolas Gannal, la puso en práctica en La Habana cuando embalsamó el cadáver de la señora María Isabel Herrera, esposa del primer marqués del Almendares (sí, también teníamos marqueses) quien hizo grabar en su lápida —no sé qué hubiera dicho el Profeta sobre esta excentricidad— la siguiente inscripción: “Embalsamada a perpetuidad”.

Bueno, sí; lo sé. Hubiera dicho...!ñooo... se la comió el tipo!

Escritor cubano. Correo: manuelcdiaz@comcast.net.

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