El poder para el cambio está en las protestas pacíficas y el voto | Opinión
Este año las protestas contra la injusticia racial han captado la atención de la comunidad de exiliados cubanos de Los Ángeles y de otras partes del país, y especialmente de aquella niña de la Cuba de Castro que fui yo.
Puede que nada me haya desconcertado más que el hecho de ver la violencia desatada de unos ciudadanos contra otros, y la quema y el saqueo de los pequeños comercios en las pantallas de televisión. Aunque algunos puedan argumentar que no tengo el derecho de decirle a nadie cómo ha de manifestarse, yo declaro que mi experiencia vital me obliga a advertir a los jóvenes manifestantes de hoy que deben de mostrarse críticos y escépticos ante la muchedumbre que busca malograr lo que podría ser un espacio de transformación política: su juventud.
Yo dejé Cuba en 1981 como una refugiada de 9 años de quien su única experiencia de sitio de refugio y de protesta venía de las numerosas marchas de repudio que tenían lugar enfrente de nuestra casa durante el Éxodo de Mariel de 1980. Cuando los mítines se desataban febriles en toda la isla, condenando por igual a culpables e inocentes, temíamos por nuestras vidas, y nos atrincherábamos detrás de puertas y ventanas cerradas a cal y canto. No había distinciones entre criminales y ciudadanos respetables, ni zona gris donde refugiarse. Había solo “ellos” y “nosotros”. Lo que de otra manera podía haber llevado al diálogo y a la transformación política se tornó en división y caos.
Tras el inicio de las protestas por el brutal asesinato de George Floyd, mi familia y yo hemos asistido a estos acontecimientos desde la distancia, con una cierta dosis de orgullo hacia un país que cree firmemente en el derecho de todos los ciudadanos a disentir y alzar su voz contra las injusticias.
Pero también con un temor creciente —después de todo, estamos familiarizados con la ira desatada y la frustración que confunde todo a su paso, haciendo perder lo que era su objetivo al principio.
Cuando una muchedumbre marchó hacia nuestra casa durante el mes de abril de 1980 exigiendo que dejáramos nuestra querida isla, lo único que podíamos hacer era buscar una forma de marcharnos. El miedo es poderoso, y más aún, paralizante. Los peligros que conllevaban para nosotros el hecho de alzar la voz eran aún mayores que aquellos que podrían esperarnos en el exilio. Y al mirar las protestas por la justicia social que han ocurrido durante este año, sentimos que ya hemos pasado por esto.
Eso ocurrió, bien lo sé, hace décadas, en un lugar donde pocas personas de tu edad han estado, pero por muy extranjera y recalcitrante que la Cuba de Castro pueda parecerte, sé que no hay nación inmune a la violencia, la censura, o la represión. No existe una nación que no sea susceptible a la violación de los derechos humanos y donde las injusticias sociales no sean tan profundamente dolorosas que no se pueda respirar. Tú no me pides consejo, pero no puedo evitar pensar que nadie te ha dicho todavía de lo que tú puedes ser capaz; si solo pararas el tiempo suficiente para ver lo que está en juego.
En contraste con la muchedumbre que marchaba hacia mi casa en la primavera de 1980, tú tienes el potencial para encontrar la más poderosa expresión de descontento en el cruce de tu edad (la juventud) con de tu género (fluido) y con tu raza (concepto todavía más diverso).
Porque no es cualquier juventud la que toma partido contra una nación que ellos sienten que les ha traicionado, sino los jóvenes norteamericanos quienes llevan la responsabilidad de llegar a ser verdaderos agentes de cambio, en última instancia dando una significación política a la sentimental —que también es romántica— noción de jóvenes rebeldes. Sean la voz de uno y de muchos, y llevarnos, —como debieras— a la acción política.
Mi familia y yo fuimos víctimas de un sistema que nos silenciaba. Mis padres no eran parte de la clase privilegiada, como tampoco formaron parte de la oposición radical a la revolución cubana de 1959.
Vivíamos en un pueblo pequeño, con continuos cortes de electricidad, restringido acceso al agua potable y a comida. No éramos reconocidos líderes nacionalistas ni representantes estudiantiles. Pero nuestro profundo anhelo por realizar nuestros sueños y gozar de oportunidades en la vida se convirtió en un crimen contra el Estado. Por esto, que conllevó un enorme riesgo y sacrificio personal, no tuvimos más opción que dejar Cuba. Hemos vivido en Los Ángeles desde 1984 y todos estos años nunca sentí tanto la perentoria necesidad de hablar que lo siento ahora.
Tú estás en ese espacio intersticial entre la niñez y la madurez, y como un grupo especial humano tienes el potencial de revelar las más profundas verdades que nosotros no podemos recordar ya.
Posees una madurez transfronteriza y el poder generador de la imaginación de un niño, tu delicada estética y profunda percepción de lo que es justo en este mundo debería guiarte. No la violencia, no el caos. Y debes estar enfadado, todos debemos. Pero dejemos que la ira se vuelva en una dinámica, potente y crítica perspectiva.
Tú eres más que una construcción social y aún más que una consecuencia de las tendencias culturales del momento. Eres joven y en absoluta posesión de ese mágico estado llamado transformación. Eres una verdadera máquina política. Ponte manos a la obra. Escribe cartas, únete a tu agrupación local, continúa manifestándote pacíficamente, y date cuenta de que tienes a tu alcance un poder que en muchos lugares del mundo carecen —el poder del voto. Úsalo.
Susannah Rodríguez Drissi es una escritora laureada, ganadora de numerosos premios literarios, poeta, dramaturga, traductora y académica en el programa de Writing Programs at the University of California, Los Angeles. Su novela “Until We’re Fish” saldrá próximamente en Propertius Press en octubre de 2020. Traducción de Verónica García Moreno.
Rodríguez Drissi tendrá una reunión virtual el lunes 20 de octubre en Books & Books, patrocinado por el Cuban Research Institute de FIU. Para conectarse, presione aquí.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de octubre de 2020, 5:00 a. m..