Enrique Colina, un cronista cubano honesto y natural | Opinión
Sin habernos recuperado de la pérdida dolorosa de la distinguida directora de cine Diana Montero, en plena juventud creativa, llega la triste noticia del fallecimiento de Enrique Colina, notable realizador de documentales, profesor y conductor por 30 años de un programa de televisión, “24 Por Segundo”, que era el deleite del público cubano, ansioso por conocer lo acontecido fuera de la insularidad agobiante, mediante la magia del cine.
A diferencia de otras personalidades de la élite del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), dados a la exclusividad en su refrigerada sede de El Vedado, Colina se acercaba semanalmente al público mediante la sencillez de su verbo y el buen humor.
No ostentaba sus privilegios de acceso a filmes prohibidos, viajes y otras prebendas que el presidente del ICAIC, Alfredo Guevara, había gestionado para tranquilizar y chantajear a sus congéneres, cuando fuera necesario.
De tal modo, en su programa lo mismo desmontaba los trucos del tiburón de “Jaws” (“Tiburón sangriento”) que nos contaba, con imágenes, un viaje a Japón, donde, entre otras virtudes, elogiaba la ética laboral irreprochable de sus ciudadanos.
Había hecho un estilo de referir y comentar, sin pedanterías académicas, como un cronista natural a quien le estaba dado lo que sus compatriotas no podían ni soñar, por la falta crónica de libertad.
Esta labor educacional y divulgativa, donde debía cuidarse mucho de dar una opinión que contradijera los parámetros ideológicos que el régimen mantenía rigurosamente en la televisión, la combinó con la de realizador de documentales, donde si podía expresarse en un rango más amplio de autonomía.
El cine de Enrique Colina se sustenta sobre una veta humorística, más bien burlona, alrededor de los sinsabores y disparates ocasionados directa o indirectamente por el socialismo.
De cierta manera, es algo presente en algunos de los mejores noticieros realizados por el ICAIC, como los dirigidos por José Padrón y Francisco Puñal.
La clase media de donde proviene Colina, en una ciudad funcional como fuera La Habana, antes del castrismo, empeñada en emular el llamado “American way of life”, de pronto se vio sumergida en el deterioro y la desidia de un sistema populista “cheo’ o kitsch, como se le quiera llamar, inoperante, de falsa igualdad social, acoquinada por un discurso político impuesto, cacofónico.
La primera parte de la filmografía, de Colina en documentales breves y dinámicos, abundantes en citas culturales y de otra índole, dilucida las consecuencias de ese tránsito traumático y trata de darle un relato al absurdo, por supuesto de modo expositivo, cómico, sin intenciones de revelar la fuente del mal.
Buena parte de los creadores e intelectuales de la generación de Colina tuvieron fe en el mejoramiento del desaguisado revolucionario. Trataron de otorgarle cierta verosimilitud a la dictadura con eufemismos insostenibles: “Cuba nunca fue un satélite ruso” o “la represión pertenece principalmente al llamado quinquenio gris”.
Los nuevos cineastas del siglo XXI, a quienes Colina defendió, valientemente, cuando el panorama represivo regresó con énfasis, contribuirían a su radicalización.
Entre los años 2011 y 2016 realizó tres documentales de largometraje que resultaron censurados por el régimen: “Los bolos en Cuba y una eterna amistad”, “La vaca de mármol” y “Cuba: oferta especial todo incluido”.
Este segmento de su obra anuncia un director menos lúdico, sin duda frustrado y desilusionado con el sistema que no tiene remedio y donde no pocas causas apuntan al dictador, a quien se deben tantas desavenencias y fracasados experimentos sociales.
En los escuetos obituarios de la prensa oficialista cubana, esta parte de su obra no es mencionada. El cronista honesto que fue Enrique Colina terminó siendo una piedra incómoda en el gastado zapato castrista.
Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.