Estados Unidos necesita una nueva revolución | Opinión
En el libro “The First American Constitutions” del autor Willi Paul Adams, se menciona un interesante diálogo, citado del Pennsylvania Journal, publicado el 22 de mayo de 1776. Allí básicamente un interlocutor le pregunta a otro, acerca de a quienes les correspondería la tarea de redactar una nueva Constitución. Los Estados Unidos estaban ya en el umbral de su independencia, y en ese contexto, la respuesta a la primera pregunta era de una certera precisión quirúrgica: le correspondía al pueblo. Inmediatamente, el primer interlocutor pregunta si los autores de la vieja Constitución debían ser encomendados con el poder de redactar una nueva carta magna, en caso de ser necesario. El segundo interlocutor se opuso a tal posibilidad, con una respuesta lapidaria: “Los Consejos de hombres tienen los mismos vínculos o intereses egoístas como los de los individuos, y van a reclamar poderes y prerrogativas inconsistentes con las libertades del pueblo”.
Un año después de declarada la independencia, Alexander Hamilton, uno de los “Padres Fundadores”, afirmaba lo siguiente: “Una democracia representativa, en donde el derecho a las elecciones está bien asegurado y regulado y el ejercicio de las autoridades legislativa, ejecutiva y judicial, está establecido en personas selectas, elegidas en forma real y no en forma nominal por el pueblo, en mi opinión será altamente posible feliz, estable y durable.”
Tanto el primer intercambio, como la visión de Hamilton, en pleno proceso fundacional, arrojan mucha claridad, respecto a la crisis de representatividad democrática legítima que atraviesan los Estados Unidos en la actualidad, y ante una elección que carga una trascendencia como no la ha tenido ningún proceso electoral previo, desde la post-guerra en 1945.
Ante la victoria de Donald Trump y su gestión en la presidencia, vienen surgiendo incontables visiones calificadas y preocupadas, acerca de la frágil condición de los Estados Unidos, en pleno siglo XXI, como la principal democracia del mundo, y como nación líder de los valores democráticos. Estas dudas o reparos, emergen a la luz de su sistema electoral y en un momento de su historia, en el que ese mismo sistema está siendo criticado desde muchas voces, por su obsolescencia y restringida legitimidad.
Ciertamente, este país ya no es el de aquellas trece colonias, ni el que se fue gestando en grandes procesos de transformación, a fuerza de ideales y metas virtuosas, pero también de conflictos violentos e injusticias como la Guerra Civil, la esclavitud y su enquistado racismo.
Tampoco es ya, aquel país paradigmático de la libertad y la prosperidad estable que emergió tras la Segunda Guerra Mundial, y que evolucionó en esa onírica década de 1950, que tan bien ilustró el artista Norman Rockwell en las portadas del Saturday Evening Post. Quizás nunca lo fue, puesto que esta década antecede a la de 1960, una de las más turbulentas de su historia contemporánea y que instaló una matriz social y política, desde la que no han dejado de emanar desafíos cada vez más complejos. En las dinámicas tensiones de este proceso histórico, actúan las fuerzas que conformaron el país que hoy tiene a Donald Trump como su presidente.
Una de ellas es, sin duda, la profunda y extensa renovación demográfica que atravesó el país, en un proceso iniciado con los “baby boomers” y seguido por el crecimiento de otras culturas y razas que tejieron esa rica trama social que le da al país, un carácter distintivo y admirable en su apertura y receptividad a los inmigrantes. El propio fenómeno migratorio en su evolución, fue reflejando los cambios que ocurrían en el planeta, con el ascenso de países y sociedades que se insertaron en un mundo moderno y cada vez más integrado. Grandes flujos de personas de cientos de países llegaron a Estados Unidos como un destino de progreso y bienestar individual, y que, en conjunto con el incremento de las poblaciones locales afroamericanas y latinas, fueron gestando un salto demográfico hacia una sociedad con una nueva naturaleza, más rica, más diversa, y más distinta en sus propias maneras de ver al país que los acoge y en el que residen, pero en el que también, deciden. Y esa capacidad de decidir, cuya raíz primordial es la libertad explícita que emana de su Constitución original, está cada vez más coartada, distorsionada y restringida, por el vetusto sistema de los Colegios Electorales.
Concebidos dentro del proceso de gestación de la independencia estadounidense en el siglo XVIII, y del marco de discusión filosófica acerca de la forma de establecer una gobernanza, mediante la representatividad en las asambleas de las colonias y la elección presidencial, los Colegios actuarían como una institución, a modo de un embudo de “contención”, de una manifestación popular, percibida en aquella época como una amenaza desestabilizadora a un orden establecido –el de un parlamento con una mayor y mejor representatividad de la sociedad frente al poder del Estado, representado en este caso por el rey de Inglaterra- el cual era el modelo existente en aquel momento, como el más cercano al de una democracia.
Las discusiones acerca de la soberanía popular, a los efectos de formar una primera Constitución fueron extensas e intensas a lo largo de 1776, en los preludios a la declaración de la independencia. Sin embargo, el factor de intermediación entre la expresión del pueblo y la definición de un modelo de gobierno se mantuvo bajo el concepto de “representatividad responsable”, frente al de la “democracia directa”, una idea que en aquella época, generaba resistencias incluso entre aquellos que defendían al pleno ejercicio de las libertades individuales. El problema, era la concepción del derecho de dichas libertades respecto a la clase de democracia existente para su gozo efectivo. Las discusiones sobre la mejor representatividad parlamentaria posible en las colonias se extendieron a la elección presidencial.
En marzo de 1788, Alexander Hamilton expresaba su defensa al Colegio Electoral como organismo elector del presidente, integrado por un cuerpo selecto de personas, “escogidas por sus conciudadanos entre la masa general”, y que en posesión de mejores conocimientos y criterios, tenían más probabilidades de poseer las capacidades necesarias para elegir a un presidente. Entre sus argumentos, Hamilton veía a los Consejos como límites a posibles desórdenes y tumultos, y a eventuales “movimientos extraordinarios o violentos” como resultado de una expresión popular directa. Al año siguiente, tal peligro se manifestó en Francia con su revolución, sirviendo como señal de alerta acerca de la “vehemencia popular”, en esta ocasión, decidida a derrocar a su rey.
En el contexto de las elecciones del 2016, esos Colegios Electores dieron la presidencia a Donald Trump, mientras que la votación de la “masa popular” a la que refería Hamilton, fue a favor de Hillary Clinton, con cerca de tres millones de votos de diferencia. Las intrincadas peculiaridades del proceso electoral de este país, -entre éstas, el concepto de “el ganador se lleva todos los votos”, licuando así la real representatividad de todos los votantes- se enfrentan ahora a las complejidades aún mayores de una nación que ha cambiado profundamente en su identidad republicana y social.
Entre el modelo fundacional y las realidades del siglo XXI que desafían a los Estados Unidos, surgen cada vez más tensiones con alto potencial disruptivo. Si los Colegios Electorales servirían, de acuerdo a Hamilton, para brindar una “certeza moral” acerca de que el presidente electo nunca sería alguien carente de un “grado eminente dotado de las calificaciones requeridas”, el pasaje de Donald Trump por la presidencia debería ser al menos, una señal de que, las diferencias entre el voto electoral y el popular, no son ya una muestra singular del absurdo de una democracia significativamente desajustada en su representatividad directa del voto popular como mandato genuino, sino de un verdadero peligro a lo que Hamilton, entre otros temía. Se trata de un creciente descontento y frustración de millones de personas que no se sienten representadas en su elección, coartada por un modelo, ya no obsoleto, sino peligrosamente disfuncional, y que arriesga debilitar a la base democrática, que, aunque imperfecta, sigue ubicando a los Estados Unidos como el líder del Occidente libre, cada vez más amenazado por populismos extremistas.
Con la elección de Trump, el modelo fundacional, en su obsolescencia y restricciones, muestra su incapacidad de atender a estos modernos fenómenos disruptivos y a la existencia de una sociedad muy diferente a la de 1776. Tal vez sea hora entonces, que una nueva generación de políticos lidere una revolución, pacífica e inteligente, que aleje al país de la actual polarización y lo lleve finalmente, a la creación de una democracia genuina, abierta y libre de las imperfecciones de una versión original anquilosada y que temía, irónicamente, a la esencia democrática: la expresión popular, masiva y libre, y el valor real de las mayorías directas, sin más filtros que las urnas.
Independientemente del resultado electoral, el tres de noviembre sea tal vez, el inicio de esta nueva y urgente renovación, tan fundamental para los Estados Unidos como para el mundo en su totalidad.
Escritor uruguayo y profesor de Geopolítica.