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El impacto de ‘El Súper’, un clásico del cine cubano del exilio | Opinión

Imagen tomada de YouTube: C232Inc

Cuando llegué a Miami en 1979, la película “El Súper” acababa de estrenarse y mi hermano Ricardo, designado por la familia para guiarme en mis primeros pasos y sabiendo mi afición al cine, me llevó enseguida a verla en una pequeña sala de Coral Gables que creo recordar se llamaba la Cinematheque.

Aunque la función era en la tarde salimos al mediodía porque mi hermano, para que fuese conociendo mi nuevo hogar, quiso darme antes un paseo por la ciudad. “Vamos a ir hasta La Pequeña Habana”, me dijo. “Te quiero enseñar algo”.

Al llegar a la Calle Ocho y la 17 Avenida dobló a la izquierda y me pasó frente a una casa vieja revestida de estuco blanco. No necesitó decírmelo: era donde él había vivido agregado con otros refugiados políticos en 1962, justo después de haber escapado de Cuba en una lancha.

También me llevó a ver el histórico Teatro Tower, apenas a unas cuadras de distancia, donde las familias cubanas iban los domingos por las películas americanas que pasaban con subtítulos en español.

Y por último, condujo hasta Biscayne Boulevard para que viera el edificio (hoy llamado Torre de la Libertad) donde durante muchos años funcionó el Centro de Asistencia Cubano, o el “refugio”, como fue bautizado por los primeros exiliados.

Aquel breve recorrido no fue turístico; fue, con toda intención, didáctico. Yo recién comenzaba una nueva vida y no sabía nada de ella. En ese sentido, ver “El Súper” resultó ser una contundente experiencia que me ayudó a comprender mejor aquellos primeros tiempos del exilio cubano.

En la penumbra de aquella pequeña sala de cine en Coral Gables recibí mi primera lección de lo que significaba ser un desterrado. La historia de Roberto, su esposa Aurelia y su hija adolescente Aurelita, me robaron el corazón. Ver a Roberto en medio de un fuerte invierno en New York, lidiando con sus labores diarias como superintendente de un edificio, encendiendo la “boila”, reparando ventanas y sacando la basura, fue como un atisbo de una vida que yo no conocía.

Y la añoranza de Roberto por su Cuba querida, un aviso de las nostalgias que estarían por llegar.

Algunas escenas me hicieron reír, como cuando Roberto debe hablar con un inspector de vivienda y llama a su vecino Cuco, que tampoco hablaba mucho inglés, para que le tradujera la conversación y todo termina en una gran confusión, como en las típicas comedias de enredos.

Otras me hicieron llorar, como cuando Roberto recibe la noticia de la muerte de su madre en Cuba, quizás el momento más dramático y conmovedor del filme.

Dirigida por León Ichaso y Orlando Jiménez Leal, con un guión adaptado de una obra teatral del mismo nombre escrita por Iván Acosta, la película contaba con las actuaciones de Raimundo Hidalgo-Gato, Zully Montero, Elizabeth Peña, Reinaldo Medina, Ana Margarita Martínez- Casado, Hilda Lee y Leonardo Soriano.

A cuatro décadas de su estreno, “El Súper” sigue siendo la película por excelencia del exilio cubano. Hecha con mucho esfuerzo, un ridículo presupuesto de $30,000 y rodada bajo uno de los inviernos más fuerte que se recuerdan en Nueva York, el film logró presentarse en el Festival de Cine de Venecia, ser exhibida en el ciclo New Directors/News Films del Museo de Arte Moderno (MOMA) y obtener varios galardones, como el Gran Premio en el Festival Internacional Mannheim-Heidelberg en Alemania y el Premio Especial de la Association des Cinema d’Art en Francia.

Lo demás es, como se dice historia. Han pasado los años pero yo todavía recuerdo aquel domingo en el que me enfrenté por primera vez, aunque a través de la magia del cine, a la realidad del exilio: desarraigo, incertidumbre, nostalgias y destrozados sueños de regreso; pero también, de grandes esperanzas.

Cuando la película terminó, todos nos pusimos de pie y aplaudimos. La ovación apagó los sollozos; incluidos los míos.

Al salir del cine, los tonos dorados de la tarde comenzaban a desaparecer entre los frondosos árboles de Miracle Mile.

Mientras caminábamos en busca del auto mi hermano me preguntó: “¿Qué te pareció?”. Pero no pude contestarle. La emoción no me dejó: todavía tenía el corazón apretado en un puño.

Manuel C. Díaz es un escritor cubano: manuelcdiaz@comcast.net. Su libro más reciente es “Escritores cubanos exiliados: sesenta reseñas literarias”, publicado por Ediciones Universal.

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