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Los venezolanos dentro y fuera del país no podemos ser indiferentes | Opinión

Un hombre lee el Diario 2001 el 4 de noviembre de 2020, en Caracas, Venezuela.
Un hombre lee el Diario 2001 el 4 de noviembre de 2020, en Caracas, Venezuela. AP

Una visión política, social y cultural de Venezuela pasa por la evaluación de la capacidad de movilización de la gente y su disposición a la lucha ciudadana por encima de sobrevivir bajo la ley del menor esfuerzo.

De cara a este escenario los pronósticos no son buenos. Pero al decir de Maquiavelo, el alear también hace que los vientos los pongamos a estribor, por lo que agregaría que tenemos buenas oportunidades para hacer que la naturaleza nos favorezca y el destino nos obedezca. Nada está perdido si vamos por ello.

El caos como catalizador

La dolarización de la economía no sube los cerros a la velocidad que llega a un 3% tope de la población. Cuando decimos que en Venezuela el salario mínimo es un dólar al mes, quien decida vivir con ese dólar (que no vive), tardará 10 años para pagar una cesta básica, que se hoy cotiza en $250.

Hablamos de una clase laboral que no existe. El país dejó de tener empleadores y empleados en el sentido formal de la dinámica laboral. Lo que tenemos es un pacto anárquico de entendimiento “obrero-patronal”, sin seguridad social, prestaciones, vacaciones, utilidades u otros beneficios de ley. No existe mercado ni trabajo. El régimen, como dice la canción, hasta el queso que había en la mesa también se lo llevó. Ni derecho de propiedad, ni medios de producción, ni pan, luz y agua. El pueblo quedó al garete y la tarea de todos es organizarlo, asistirlo y guiarlo.

No se trata de “ordenar la pea (borrachera)”. La embriaguez revolucionaria es irrecuperable. Es salir de nuestra banalización. El pueblo necesita vivir. No basta la esperanza. Necesitamos actos de redención. Hechos no palabras.

Los ciudadanos de economías de bodegón viven y les queda estómago para “vivir” en RRSS. Este es el eslabón perdido entre las masas, la clase política y la sociedad de bodegón o de carga remota. La unidad no es solo política. Es inmensamente humanitaria. Debemos hacer de la miseria la causa ciudadana común, por lo que le toca salir del microcosmos del “shadow box”, el Instagram prêt à aporté, el dominó, el teclado y las tabernas e incorporarse a la construcción del nuevo movimiento de rescate republicano. La consulta popular es un buen inicio.

La nueva ola

Vienen tiempos de fragilidad. No para un sector o comunidad. Adentro o afuera. Para todos. El deterioro país, el COVID-19, la tiranía, la ineptitud en la conducción del estado, la catástrofe social, la escasez crítica y la compleja dinámica global pinta un panorama complejo.

Pero al decir del “príncipe”, los infortunios los sufre más quien está en el poder que quien lo padece o lo rivaliza. Lo sobrevivirá si es capaz de anticipar la proterva y reconducirla a favor. Para hacerlo necesita fuerza e inteligencia. Fuerza para someter a “los súbditos” e inteligencia para dividir e inmovilizar a sus enemigos. ¿Cómo impedirlo?

El estado de depauperación está a la vista. Lo que no puede controlar el tirano es el hambre, la muerte y la indignación de los miserables. Puede dividir a aquellos que tienen tiempo y barriga llena para pensar. Barriga llena, corazón contento.

Al decir de Jean Paul Sartre, crees que “l’enfer, c’est les autres” (el infierno son los otros) cuando en realidad lo tenemos en casa en una pretendida zona de confort, de quietud, si acaso de vulnerables egoísmos, que nos anula. Pensamos que el infierno está en la calle y no llegará a mi insólito universo.

Sartre al referirse a esa clase social envilecida usa la expresión de “Petit bourgeois” (la pequeña burguesía). Aquellos que diseminan la realidad sentados delante a una chimenea, su ventana, su escritorio, su fogón o ¡su ordenador!, llevando una vida de huis clos (a puerta cerrada), donde nos creemos intocables e invulnerables. Sartre lanzó esta reflexión a propósito de su obra No Exit (sin salida), como crónica de una muerte anunciada de la pasividad lujuriosa.

Albert Camus —su mejor amigo reaccionario— no tardó en contestarle. Palabras más palabras menos le recriminó, quién eres tú para creer que no sois quién se apoltrona impoluto, decente e inocente desde una nube a ver el mundo pasar. No vive a puerta cerrada, en recámara privada, separada y privilegiada, solo el denunciado sino también quien lo denuncia.

“Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizás sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Aquí llegamos al estado de la cuestión: humildad. Ocho letras que definen una misma realidad. No es excusarse por no sentirse salvador. “Esa no es mi condición por lo que no es mi problema. Es pensarse como un rabadán. No es esperar que otro —en su infierno— salga y rehaga la humanidad. Es ayudar con desprendimiento a impedir su extinción.

Vencer es encontrar la llave que abre la puerta de nuestro propio laberinto. No es buscar la cerradura en cuarto ajeno sino en el propio. La humildad es la virtud y la inteligencia es la clave para salir de nuestra burbuja. Salir de nuestra cápsula, de nuestro propio infierno. Es no aceptar vivir en la violencia pasiva, que es la indiferencia fútil, banal y caprichosa.

Camus alertó: quizás no eres tú quien vive en lo mejor del mundo. Quizás eres tú quien también está atrapado en su propia habitación, en su propia caldera. Lo primero es aceptar que estamos aferrados a él. Lo segundo es descartar que es bueno porque nos favorece y protege. Sufrir por el otro es la llave de salida. Abramos esa puerta con humildad, porque quizás “le petit bourgeois” no son solo los otros.

Embajador plenipotenciario de Venezuela en Canadá nombrado por el presidente interino Juan Guaidó. Twitter: @ovierablanco.

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de noviembre de 2020, 3:25 p. m..

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