¿Entregará la presidencia de una manera honrosa Donald Trump? | Opinión
El 4 de marzo de 1933, un automóvil descapotable con Franklin Delano Roosevelt en el asiento trasero entró por la puerta norte de la Casa Blanca, parte de una pequeña caravana que transportaba al presidente electo dos millas hasta el Capitolio para su toma de posesión.
Los vehículos se detuvieron cerca del pórtico y después de unos momentos, el presidente Herbert Hoover y su esposa salieron de lo que había sido su hogar durante los cuatro años anteriores y avanzaron para separar los autos, Hoover se sentó al lado de Roosevelt, donde los hombres compartieron un apretón de manos y un breve saludo y luego partió en un silencio casi rígido para la juramentación del nuevo presidente.
Fue una de las transiciones de poder más frías en la historia de Estados Unidos. Pero la transición del próximo 20 de enero puede que sea aún más gélida. De hecho, no sería sorprendente que el presidente Trump, que es un mal perdedor y un ganador descortés, se comporte como lo hizo el presidente Andrew Johnson en 1869 y no vaya a la investidura de Biden. Eso tampoco sería algo malo para el país, a pesar de que el predecible apretón de manos sería otra tradición abandonada. Una vez que esté fuera de nuestra vista, estará fuera de nuestras mentes, aunque es difícil imaginar que Trump pase desapercibido o que no sepamos de él por mucho tiempo.
Si hemos aprendido algo sobre nuestro presidente número 45 es que anhela ser el centro de atención como si fuera una adicción. Sentarse en silencio entre los dignatarios mientras Biden coloca su mano sobre la Biblia y jura defender la Constitución indudablemente haría que Trump se retorciera de la incomodidad. ¿Lo hará? ¿Sentarse tranquilamente y no interrumpir? ¿O se irá a Mar-a-Lago y lanzará tuits desde lejos mientras la nación avanza, finalmente, sin él?
¿Quién sabe?
Mientras tanto, según un informe del grupo de prensa de la Casa Blanca, ya se empiezan a escuchar los sonidos de los preparativos para el desfile inaugural dentro de la Casa Blanca mientras los trabajadores instalan cercas y levantan gradas. Para Trump, cada golpe de un martillo contra el metal debe sonar como el reloj que marca los últimos días de su presidencia.
Las disputas judiciales de Trump sobre el conteo de votos han atraído mucha atención, con argumentos encontrados entre “déjelo intentar sus opciones legales” y “está socavando la fe en el proceso electoral”. Pero también hay informes de que reconoce que perdió las elecciones, lo que parece plausible. No es probable que después de una larga carrera empresarial, Trump no sepa contar.
Pero no está en su naturaleza ceder terreno en una pelea, y él mismo ha admitido que no le gusta perder. De ahí la avalancha de mentiras, los tuits y retuits de observaciones basadas en la conspiración. ¿Vaga por la Casa Blanca como Richard Nixon la víspera de su dimisión, tambaleándose y hablando con los retratos?
Eso es dudoso. Además, ha estado bastante ocupado en los últimos días despidiendo a funcionarios que no se consideran lo suficientemente leales, recaudando dinero y solidificando el apoyo entre sus seguidores aún dedicados, atrayéndolos a abrazar una percepción falsa de que de alguna manera una gran conspiración lo despojó a él, y a ellos, de la presidencia.
Pero, al final, es seguro que Trump se irá de la Casa Blanca. Ya sea que lo haga con gracia con la cabeza en alto, refunfuñando o arrastrado, eso va depender de él.
Scott Martelle, un periodista veterano y autor de seis libros de historia, es miembro del consejo editorial de Los Angeles Times. (c) 2020 Los Angeles Times.