San Isidro o la represión perfecta en Cuba | Opinión
Los órganos represivos del castrismo arrecian sus tácticas denigrantes pero eficaces porque saben que el enemigo del norte, no los regañará eventualmente, enfrascado en un dilema político de donde, al parecer, saldrán beneficiados.
Uno de los potenciales funcionarios de la próxima administración americana, quien debe velar por la seguridad de nuestras fronteras, ha lidiado con sus siniestros homólogos de verde olivo, en La Habana, cuando se estaban gestionando, en secreto, las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Este cubanoamericano casi seguro tiene abierto su expediente en los archivos de la policía política, la misma que en estos días dirige, de modo perturbador, la arremetida violenta contra la protesta de artistas en San Isidro, entre los barrios más pobres de la capital cubana.
Unos pocos intelectuales y artistas de la isla, en los medios sociales, sobre todo los más jóvenes, han mostrado su desacuerdo con el acoso. Otros siguen indiferentes y en silencio, esperando se reanuden vuelos y visas para poder respirar mediante sus obras respectivas, en los centros e instituciones culturales internacionales que puedan ir “jineteando”. Los hay, incluso, quienes se sienten intelectualmente superiores a los creadores del Movimiento y aprovechan este momento tan peligroso para juzgarlos de modo condescendiente, lo cual agrega leña a la insolidaridad.
En breve, estos cubanos de la cultura no tendrán que criticar públicamente la presidencia de Trump para congraciarse con ministros y adláteres del régimen de quienes solo reciben desprecio. Regresará la normalidad que ha hecho perdurar a la dictadura por más de seis décadas.
Los jóvenes artistas del Movimiento San Isidro han optado por la más desesperada de las protestas, la huelga de hambre, que no ha solido tener éxito con los represores castristas, desde los tiempos de Boitel, una de las primeras víctimas del régimen, cuando nadie escuchaba.
Ahora mismo las noticias en Cuba giran alrededor de la muerte de Diego Maradona, por la amistad que le profesara a Fidel Castro, y sobre el cuarto aniversario de la desaparición del dictador.
Cualquier mínima mención al Movimiento San Isidro tiene que ver con el descrédito de sus miembros, operación que los órganos represivos dominan a la perfección. Ya han sido tildados de “terroristas”, lo cual es un elemento legal inquietante internacionalmente.
Se trata de un guion que se repite. Los funcionarios gubernamentales de primer rango apenas se involucran, desconocen los acontecimientos, porque no los consideran trascendentes para la nación, mientras los sicarios policiales e intelectuales se ocupan de liquidar física y moralmente el asomo de rebeldía.
Estos jóvenes se enfrentan a un país cómplice, agotado y encanallado por décadas de indigencia material y ética. El éxito de sus gestos y reclamos en un medio tan hostil y manipulado, que ahora mismo se prepara para recibir a cientos de parientes que regresan a la isla provenientes del país enemigo repletos de bienes y dinero, tienen un empeño difícil y complejo.
Los teóricos castristas distorsionan la realidad a favor de la dictadura y el pueblo acepta obediente, sin alternativa posible, sus prerrogativas: “En mi cuadra nadie sabe lo que es el Movimiento San Isidro, aunque esta semana haya salido en el Washington Post. No se engañen. El pueblo vive sus problemas cotidianos, piensa en ellos, se preocupa, los discute; pero entre ellos no está San Isidro, entre ellos está cómo echar p’alante y cómo mejorar este proyecto”.
La libertad no parece ser uno de los “problemas cotidianos” en la isla sino el inmovilismo, la permanencia de un proyecto social tóxico e inoperante que no admite ni un atisbo de oposición, ni pensamiento divergente.
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