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Proteger la libertad de expresión y alejarnos de la ‘cultura de la cancelación’ | Opinión

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A finales de octubre, celebramos la Semana de la libertad de expresión en Estados Unidos, fecha que coincide con un período de ataques sin precedentes contra las libertades y principios básicos de Estados Unidos, incluida la libertad de expresión y la libertad de prensa.

Para entonces, el U.S. Press Freedom Tracker (El rastreador de la Libertad de Prensa de EEUU) había documentado más de 930 asaltos, arrestos y otras obstrucciones a periodistas que cubrían las protestas que denunciaban la brutalidad policial desde finales de mayo de 2020.

Los líderes gubernamentales de este país y de todo el mundo amenazan con limitar la libertad de expresión, ya sea desde la aprobación de leyes hasta litigios y uso de la fuerza violenta. Desafortunadamente, los estadounidenses pueden tardar muchos años en comenzar a apreciar —¿de nuevo?— los valores de la Primera Enmienda a la Constitución, de los cuales la libertad de expresión es solo uno.

Se ha convertido en una práctica común rechazar algo tan simple como un hecho científico llamándolo “noticias falsas”. También se ha vuelto común que personas de ambos lados del espectro político se involucren en actividades de “cancelación de la cultura”, retirando el apoyo a figuras públicas y empresas después de que hayan hecho o dicho algo considerado objetable u ofensivo, a menudo sin confirmación de lo que realmente fue dicho o la intención del comentario.

La cultura de la cancelación generalmente se debate como una especie de estrategia que se realiza en las redes sociales de manera grupal con el fin de generar vergüenza a la persona o empresa que dijo algo cuestionable. A los oradores con un punto de vista inaceptable (para algunos) se les grita o incluso se les impide hablar. Los fanáticos, racistas, nativistas y otros que predican la intolerancia también predican la represión del discurso que no les gusta. Desde las esferas más altas de nuestros gobiernos hasta muchos otros sectores en la sociedad en general, la libertad de expresión ha llegado a significar “libertad para mí para decir lo que quiero y ahogar lo que tú quieres decir”.

¿Cómo podemos cambiar de rumbo y regresar a un lugar donde realmente valoramos y abrazamos la libertad de expresión como país y como comunidad?

Los niños no nacen con odio, fanatismo o intolerancia. Los padres, maestros y líderes de sus comunidades les enseñan sus valores. Por eso es tan importante que comencemos a enseñar a los niños sobre el poder de usar sus voces y la importancia de proteger la libertad de expresión cuando son pequeños.

La libertad de expresión no es política. No comparte ni fomenta ningún punto de vista político ni pertenece a un partido o grupo político. La libertad de expresión no se trata solo de hablar, como explicar por qué algún camino de acción es correcto o incorrecto; también se trata de escuchar, por lo que quizás uno pueda aprender de otro, o al menos comprender el punto de vista del otro.

La libertad de expresión significa que todos son libres de elegir la forma de expresar sus sentimientos y creencias. Para algunos, eso podría significar arrodillarse o sentarse en un evento deportivo en señal de protesta y solidaridad; para otros, eso podría significar estar de pie y agitar una bandera. Puede ser difícil escuchar cuando no estamos de acuerdo. Pero eso es lo que hace posible que todo discurso sea libre.

George Washington dijo una vez, al dirigirse a su ejército: “Si se debe impedir que los hombres expresen sus sentimientos sobre un asunto, que puede implicar la consecuencia más seria y alarmante, que puede invitar a la consideración de la humanidad, la razón no nos sirve de nada; la libertad de expresión puede ser quitada, y mudos y silenciosos, podemos ser conducidos, como ovejas, al matadero”.

Estamos aquí para celebrar la libertad de expresión no una semana al año, sino todas las semanas, con todos nuestros hijos, con todos los amigos y asociados, y con la mente abierta.

Jessica Bohrer es vicepresidenta y asesora editorial de la sala de redacción de Forbes. Sandy Bohrer es un destacado abogado de la Primera Enmienda y padre de Jessica. Son coautores de “Your Voice Is Your Superpower: A Beginner’s Guide to Freedom of Speech (and the First Amendment)“.

Jessica Bohrer
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Sandy Bohrer
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Esta historia fue publicada originalmente el 2 de diciembre de 2020, 2:59 p. m..

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