¿Izquierda o derecha? Sería bueno que nos dejaran de catalogar | Opinión
La prensa corporativa americana, perturbada por encuestas que no funcionaron, otra vez, durante las recientes elecciones y obsesionada, en sus pedestres calificaciones censales, comienza a interesarse, tímidamente, por la revuelta político cultural que acontece en la isla de Cuba.
Los movimientos dirigidos por ciudadanos negros en Estados Unidos, sin embargo, ignoran a sus congéneres de raza, atosigados por la policía castrista en el humilde barrio de San Isidro, donde se originó el movimiento.
Generalmente, los líderes de organizaciones negras americanas comulgan con la idea añeja de la revolución para los humildes. Luego se preguntan por qué el exilio cubano, de modo eventual, e inclina por la llamada ideología conservadora y no es solidario con las turbas, digamos liberales, que irrumpen en las ciudades para robar y destruir.
“People of color”, Latinx, izquierda, derecha, todo parece tener que ser clasificado en aras de entender la diversa sociedad americana.
En el término “gente de color”, figuran los negros, los indios, árabes, asiáticos, en fin, todos los que, supuestamente, no sean blancos caucásicos. Para esta ideología, los seres coloreados han padecido el daño del llamado “racismo sistémico” y, de tal manera, se les distingue.
Latinx, que parece el nombre de una poción medicinal, se refiere a los latinos o latinas, de modo no binario, como si ya los términos femenino y masculino fueran demodé, no funcionaran para lidiar con el ser humano.
Ni hablar de la cansona y estereotipada idea de pertenecer a la izquierda o a la derecha del espectro político. Me hace recordar la imposibilidad, en Cuba, de estar en la “cerca”. Para el castrismo, por ejemplo, eres de izquierda o pasas a formar parte de las filas enemigas, mercenarias.
En ese afán por pertenecer a uno de los dos bandos, tengo amigos que, cuando defienden sus posiciones en Facebook, sobre todo de izquierda, desde la democracia, parecen militantes o policías de un régimen similar al que tuvieron que abandonar debido a la represión. Ni se te ocurra contradecirlos o colocarte en un sitio que no se avenga a sus doctrinas.
Es por lo cual, me resisto a reconocer ciudadanos y, sobre todo, compatriotas, catalogados. Para mí, Lázaro, el dueño de La Bodega en Sweetwater, es un proveedor puntual de la comida tradicional cubana, la cual ha protegido para la posteridad, así como de otros platos que satisfacen su clientela multicultural. Siempre lo veo trabajando duro y en estos días festivos, tratando de lidiar con la gran demanda que hace próspero su negocio.
No le pido credenciales de ninguna índole a Raúl o a Miguel, en el restaurante Floridita, donde cada fin de semana nos tratan a cuerpo de rey, como en familia.
Los especialistas en nombretes, se obnubilan en su afán por crear un orden social quimérico, alejado de la realidad cotidiana y luego se preguntan por qué, incluso los hispanos de la Florida, resultan ser conservadores. Y entonces para remediar o empeorar su desconocimiento, prometen trabajar en ese sentido, lavarnos el cerebro, hacernos dependientes de filosofías ajenas a nuestra idiosincrasia.
En la ventanita del restaurante Versailles, Ramona me confecciona el cortadito perfecto, a mi gusto, y nada avisa en su cariño y nobleza si se coloca a la izquierda o a la derecha del dilema político.
En su atractivo cosmopolitismo, Miami sustenta franjas de barrio que no he encontrado en ningún otro lugar del mundo.
Aquí he vivido libre, alentando una familia extraordinaria, de la cual me siento sumamente orgulloso, ignorando, hasta donde es posible, a los conspiradores mediocres de élites burocráticas improductivas, empeñadas en entrometerse en nuestras vidas y, sobre todo, en nuestros bolsillos.
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