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La boda de mi sobrina es un triunfo del amor y mi familia | Opinión

La cirugía que dio como resultado el nacimiento feliz de mi sobrina Laurent fue suturada con hilos de henequén. Mi hermana la trajo al mundo en un hospital de La Habana, en tiempos que no han dejado de ser difíciles para mis compatriotas.

Allí transcurrió esa parte temprana de la infancia, protegida de la intemperie castrista por la perseverancia de sus padres y abuelos, empeñados en no dejarla padecer los imponderables de la desventura circundante.

Este pasado fin de semana acabo de oficiar como maestro de ceremonias en la boda de mi sobrina, en Apopka, sitio sereno del llamado sur profundo, cercano a Orlando, en la Florida.

Mi hermana fue la última de la familia en poder escapar del suplicio nacional. Nunca había puesto un pie fuera de Cuba. De la mano trajo a su única hija Laurent, para este nuevo mundo que tanto había añorado.

Por entonces, 7 años tenía la sobrina siempre contenta, pícara, de ojos vivaces. Como todos los niños, se fue adaptando rápido, a la circunstancia cultural del cambio y la barrera del idioma, que venció temprano.

Cuando llegaron, ya mi madre, aquella abuela que mimara los primeros pasos de Laurent, había fallecido, y debieron unirse a mi padre, el capitán de los Ríos, quien estuvo junto a ella, dispensando sabiduría, como una suerte de cordón umbilical con lo más valioso de la isla dejada atrás, hasta el final de sus días.

Mi hermana no dejó que ningún obstáculo entorpeciera la educación de su hija. De hecho, cuando le pareció que la escuela donde debía asistir no era la más conveniente, supo de una llamada Doral Academy, donde se personó y consiguió la matrícula de Laurent.

Sin saberlo, estaba inaugurando una conveniente tradición para otros de los Ríos, hijos y nietos, que se siguieron diplomando en sus aulas.

Cuenta la leyenda familiar que alguna vez Laurent quiso tirar la toalla educacional superior, influida por amistades dispuestas a rendirse, pero, otra vez, la intervención rápida y, en esta ocasión dura, de mi hermana, lo impidió.

No la había traído a las posibilidades insospechadas de su nueva existencia para que se conformara con la mediocridad posible y, de tal modo, Laurent emprendió su carrera universitaria, esforzada y compleja, donde terminó con dos títulos de licenciatura y una maestría.

Mi hermana y su hija son un ejemplo admirable de la perseverancia de los Ríos: nunca dejar de amilanarlos ante las dificultades, siguiendo la estela brillante de nuestros padres, a quienes debemos todas las victorias.

La boda se ofició debajo de un viejo roble, cubierto del llamado musgo español o “barba de abuelo”, que le da un aire melancólico a la naturaleza del sur, en un día de floridana belleza.

Allí fuimos muy dichosos de la unión de Laurent con Jeffrey, quienes ya tienen un hermoso descendiente de 5 meses, que se robó la ceremonia con el candor de su bella inocencia.

Luego disfrutamos la recepción para los invitados, a unos pocos metros, en The Highland Manor, mansión histórica de 117 años de antigüedad recuperada de una eventual demolición.

Hace algunos años, mi sobrino Dimas, de origen ruso, le regaló a su abuelo, un ron añejo de especial denominación. Por entonces, mi padre le dijo a Laurent que lo guardaría para una ocasión excepcional.

El día de la boda, la botella se descorchó y, durante el brindis, todos experimentamos la presencia bienhechora, como un cielo, de aquel ser humano excepcional quien, junto a mi madre gloriosa, hicieron posible nuestra prosperidad y el triunfo del amor.

Twitter: @alejandroriostv. Correo: alejandrorios1952@gmail.com.

Alejandro Rios
Alejandro Rios
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