Navidad, tiempo de acoger la paz que inspira el nacimiento del niño Dios | Opinión
Unos días antes del comienzo del Adviento estaba preguntándome cuál de los temas asociados a la celebración del Nacimiento de nuestro Redentor habría que acentuar este crispado 2020 pandémico y electoral. La respuesta me vino en un grito: ¡Paz!
Buscando una buena gráfica sobre el tema me encontré este exquisito dibujo “al lápiz” de Kelsey Showalter. Responde al conocido texto de la profecía mesiánica de Isaías 11, 6: “El lobo habitará con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos y un chiquillo será su pastor”.
Hace unos días logré contactarla para pedirle que me autorizara a compartirla hoy con ustedes. Hoy celebramos el Nacimiento de ese admirable “Chiquillo” que hace veintitantos siglos Isaías soñó que retozaba a sus anchas con un león tan fiero y risueños como el presente.
Ambos, el profeta poeta y la artista gráfica captan con estupenda efectividad nuestra imaginación y responden a nuestros más profundos anhelos de redención. Sí, de redención, es decir de perdón y sanación. La Paz que nos anunciaron los ángeles la noche de su Nacimiento va mucho más allá de la que podamos aspirar a alcanzar por nosotros mismos que ni sabemos perdonar, ni podemos perdonarnos a nosotros mismos por más que queramos.
“Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14) suena muy bonito, pero la mayor parte de los seres humanos —tú y yo incluidos— preferimos ser lobos cabales y normales. Sabroso corderito que se nos pone por delante, banquete que nos damos. Que nuestros corazones alojan un notable exceso de pasiones malsanas e irredentas es un hecho incontestable. Pretender sembrar paz entre tanta mala espina sabemos que no resulta, no trabaja.
Pico Della Mirandola, el más simpático, con mucho, de los humanistas medievales se expresaba hace siglos así: “La Paz verdadera, la que constituye el principal componente de la felicidad humana, radica únicamente en una incuestionable devoción a Dios. En este género de paz se integran armónicamente inteligencia y voluntad, belleza y verdad. Esa paz que todos anhelamos va más allá de la ausencia de conflictos. Es mucho más; es sereno ordenamiento de todo lo que es verdaderamente humano. Orden que es vana quimera si nuestra vida no está firme y fielmente asentada en Dios”.
Hablando de ordenamientos acertados o desacertados, no olvides, lector, que al nacer tan pequeño e indefenso como nacemos los bebés humanos, Dios optó por subvertir todos nuestros parámetros de poder o grandeza. Por eso permíteme añadir otra formidable cita profética de Isaías (9, 5): “Nos ha nacido un Chiquillo, nos han traído un hijo. Se llama Consejero Admirable, Príncipe de Paz”.
Príncipe y Chiquillo, ¡espléndida combinación! ¡Me encantaría poder pintar como Kelsey! Intentaría lograr otra gráfica en la que el mismo Chiquillo luciera —a modo de gorra— una jovial corona. Dado que ese no es mi don, mejor te invito a que tú y yo lo coronemos —simbólicamente— comprometiéndonos a dominar y controlar a ese agresor león que todos llevamos por dentro.
Si a pesar de tantos desencantos personales y colectivos, hoy día de Navidad, todavía en tantas almas asoman brotes de burbujeante alegría es que en el corazón del Chiquillo que nace para salvarnos danza divina y alegremente la Paz.
Año tras año, en aquel bendito establo donde María, José y el Niño estaban tan y tan desguarnecidos, tu y yo volvemos a sentirnos acogidos, sosegados, en paz.
Guillermo Arias es un sacerdote jesuita de Belen Jesuit Preparatory School.