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El año que todo cambió. ¿Aprendimos a vivir una vida más sencilla? | Opinión

Inmigrantes venezolanos hacen fila para hacerse una prueba del COVID-19 en Cúcuta, la ciudad colombiana en la frontera con Venezuela, el lunes 28 de diciembre de 2020.
Inmigrantes venezolanos hacen fila para hacerse una prueba del COVID-19 en Cúcuta, la ciudad colombiana en la frontera con Venezuela, el lunes 28 de diciembre de 2020. AFP via Getty Images

El 2020 será recordado como “El Año del COVID-19”; virus causante de una pandemia que, hasta el momento, contaminó a 70 millones de personas, de acuerdo a las organizaciones de salud mundiales. Sin embargo, la cifra real puede llegar a sobrepasar los 500 millones de casos, al calcularse el número de infectados entre la población que no se ha hecho pruebas.

Lo mismo sucede con el número de muertos; los registrados son aproximadamente 1.6 millones; pero, con toda seguridad son muchos más, pues los servicios médicos no llegan a gran parte de la población y en muchos casos no es fácil determinar quienes murieron por el COVID-19 o por otras causas.

Como vemos las cifras no son claras. En lo que todos están de acuerdo es que esta pandemia nos cambió. Cambió la dinámica de globalización que impulsaba el surgimiento de un mundo sin fronteras. Antes del COVID-19 se vivía una actitud global de “gran aldea”, era un cambio radical que muchos veían como positivo.

Hoy las fronteras se han vuelto a cerrar. Otra vez se mira al país vecino, el pueblo cercano, la casa del frente, con desconfianza, con temor. ¿Quién tiene la culpa de lo ocurrido, China, la Organización Mundial de la Salud, Trump, los gobernantes mundiales, los adolescentes indiferentes y descuidados? ¿A quién culpar?

Dolorosamente, estamos viendo cómo se generaliza la actitud de “sálvese quien pueda”. Algo que amenaza con convertirse en una dolorosa “guerra” para obtener las nuevas vacunas que ya se comenzaron a aplicar en los países más ricos del mundo. Aquellos países donde están los poderosos laboratorios que las producen parecen querer acapararlas; “primero nuestros ciudadanos”, afirman.

Cada país que está fuera de ese círculo de poder lucha una batalla, desigual y dolorosa, por obtener las migajas que queden de vacunas de la mesa de los ricos. Eso pinta mal, muy mal y muy inhumano.

¿Dónde están las organizaciones como la ONU, las ONG, las Cortes Internacionales y las naciones que viven tan preocupadas por los Derechos Humanos, como los países escandinavos, siempre listos a denunciar y criticar a los países menos desarrollados por sus políticas sociales? ¡Hoy no van a exigir que se distribuya equitativamente la vacuna salvadora! ¿Hasta aquí llegó su preocupación por el resto del planeta?

Hay que reconocer que la velocidad con que la vacuna fue desarrollada es algo de admirar, algo que, una vez más, demuestra que querer es poder.

Mirando lo positivo, este año nos deja con el mayor agradecimiento hacia los trabajadores de la salud. A nivel mundial, fueron ellos los que salvaron a millones; al comienzo, casi sin equipo ni protección; sin conocimientos, ni armas contra el virus. Unos valientes a los cuales debemos nuestra eterna gratitud. Gracias a familiares, amigos y aún a los desconocidos que nos dieron una voz de ánimo y compañía.

En el 2020 aprendimos a vivir con gran sencillez en todo sentido, la humanidad logró vivir consumiendo lo mínimo, algo excelente para el planeta, pero pésimo para las economías globales. ¿Traerá esto un cambio permanente?

Muchos piensan que, al terminar la pandemia, se desbocarán los deseos reprimidos y el mundo volverá al desaforado consumo que nos ha llevado al borde de la destrucción del planeta. ¡Qué Dios nos proteja en el 2021!

María Clara Ospina es una escritora colombiana. Twitter: @mclaraospina.

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