ARIEL HIDALGO: El reverdecimiento del Yo
Muchos temen que un día un asteroide caiga sobre la Tierra y destruya la mayor parte de la vida del planeta, en particular la humana, pero los muy ingenuos no saben que ese asteroide ya cayó con esas consecuencias devastadoras, aunque lentamente. Se llama … civilización humana.
Los efectos paralelos de esa civilización no eran tan letales hace cuatro o cinco milenios, ni siquiera hace dos siglos cuando el avance tecnológico no lo era tanto como en el presente. Carlos Marx, que hablaba de ese desarrollo como uno de los motores fundamentales del progreso social, lo llamaba “fuerzas productivas”. Pero se equivocó. El verdadero nombre debió ser fuerzas destructivas. Ese desarrollo tuvo su punto de partida en medio de los bosques hace unos cuantos milenios cuando los cazadores inventaban artilugios que suplieran su falta de garras y colmillos, como trampas e instrumentos mortíferos, para dar inicio a la tecnología mecanicista y a la cultura de la muerte de nuestra actual civilización patriarcal, una actividad eminentemente depredadora en contraste con la fecundidad de las mujeres, tanto en sus vientres como en la tierra. Fue probablemente esa superioridad en el arte de matar lo que les dio preponderancia sobre ellas, que hasta entonces habían ocupado en la sociedad un nivel superior por su economía estable y sustentable como recolectoras y agricultoras, por una relación poligámica donde siempre se sabía con seguridad quién era la madre, lo cual la convertía en centro de la familia, y por ser divinizada debido tanto al conocimiento de plantas medicinales que le otorgaba su capacidad de curar como de realizar el milagro más grande de todos los tiempos: parir.
Asi que ese desarrollo de fuerzas destructivas tuvo que haber tenido mucho que ver con el fin de la cultura de la vida y el comienzo de una cultura de muerte de una nueva civilización humana. Y hoy es justamente el nivel de esas fuerzas el que está llevando a esta civilización a su propio funeral, por una razón muy simple: porque ese grado de desarrollo entra en contradicción con esa cultura de muerte común a casi todas las culturas del planeta. Aunque difieran mucho entre sí, siempre coincidieron en varios principios que conforman un mismo paradigma civilizatorio: entre otros la imposición del hombre sobre la mujer, la violencia como medio de solucionar los problemas y la concepción de la naturaleza como objeto de dominio y explotación indiscriminada. Como lo expresara un notable pensador cubano aún entre nosotros, “hoy somos la civilización tecnológica de una cultura salvaje”.
No es pues sorprendente que fuesen las mujeres las que hoy constituyan la vanguardia del movimiento ecológico. En 1962 la escritora y bióloga Rachel Carson publica Primavera Silenciosa, donde aborda los problemas de los pesticidas. En 1970, con la creación del Club de Roma para dar a conocer los estragos de la acción humana en la naturaleza, una de sus promotoras principales, la doctora en Biofísica Donella H. Meadows, publica un informe estremecedor sobre las consecuencias del crecimiento económico: Los Límites del Crecimiento. En 1980 Carolyn Merchant publica uno de los más importantes manifiestos ecológicos: La muerte de la naturaleza. Y en 1982 la ecopacifista Joanna Macy publica Desesperación y Poder Personal en la Era Nuclear.
La mayor parte de la responsabilidad del deterioro ambiental lo atribuye la economista hindú Bina Agarwal a los grupos dominantes que monopolizan el poder, la propiedad y el control de los recursos. Esto significa que los mismos que tienen la facultad de detener el deterioro ambiental son los que más conspiran para que ese deterioro continúe. Esto explica el fracaso o el poco éxito logrado en los sucesivos encuentros y pactos internacionales para lograr detener la emisión de gases de efecto invernadero y en general el calentamiento global de la Tierra. La voluntad real para la solución no ha venido de arriba, de los políticos ni de los grandes empresarios, sino de abajo. El pasado 21 de septiembre multitudinarias marchas contra el cambio climático abarrotaron muchas cuadras en ciudades como Londres, Berlín, Bogotá, París, Delhi y Melbourne. Científicos y activistas deberán unirse para una campaña mundial a favor de una conciencia ecológica que infunda amor a la naturaleza, y mayor responsabilidad sobre el destino de la humanidad y el planeta, en palabras de Macy, lograr “un reverdecimiento del yo”.
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Esta historia fue publicada originalmente el 2 de octubre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: El reverdecimiento del Yo."