La eterna Navidad de mis vecinos | Opinión
¿Pasó ya la Navidad? ¿Sí? Bueno, pues parece que los vecinos de mi cuadra no se han enterado. La primavera está a punto de comenzar y todavía muchos de ellos no han retirado los adornos de Navidad.
Me asomo a la puerta de mi casa y veo que en el jardín de enfrente, entre un cantero de begonias y un grupo de palmas canas, aún pueden verse las figuras de María, José y el Niño Jesús, bajo un pesebre de plástico.
Salgo y camino hasta la acera solo para descubrir que en el techo de la casa de al lado todavía un Santa Claus gigante permanece sentado en su trineo como si acabase de aterrizar.
Y en el alero de la casa grande de la esquina, compruebo que las guirnaldas de luces siguen colgando retadoras.
La escena, aunque de periodicidad anual, no deja de sorprenderme. Es así todos los años. Para mis vecinos, la Navidad termina cuando la Asociación de Propietarios del reparto comienza a enviarles cartas recordándoles que serán multados si no retiran los adornos.
A veces creo que hacen bien. Después de todo, adornar una casa para Navidad, toma mucho tiempo y cuesta dinero. Si lo sabremos mi esposa y yo. Es tanto el esfuerzo requerido que este pasado noviembre, cuando se acercaba el momento de hacerlo, dijimos: “No vamos a adornar”. Pero fue solo un momento porque enseguida, después del Día de Acción de Gracias, fuimos al garaje y comenzamos a abrir las cajas con los adornos. Porque, ¿qué es una Navidad sin ellos? Sobre todo, después de los terribles meses de confinamiento al que nos vimos sometidos por la pandemia.
Las primeras cajas que abrimos fueron las del árbol, las de las bolas y luces y las de las figuras del jardín. Después, la del nacimiento grande que va sobre la credencia del comedor; la de la villa que siempre armamos en la chimenea; la del tren eléctrico con sus vagones rojos y su furgón de cola que tanto les gusta a los nietos; la de las guirnaldas con luces para la escalera; la de los Santas que colocamos estratégicamente por todos los rincones de la casa.
Y, por último, la que contiene la colección de nacimientos de mi esposa. Son más de 100 y los distribuimos entre el curio y las mesas de la sala. Los hay de todos los tamaños y materiales: madera, corcho, cristal, porcelana, metal y cerámica. Y de todos los lugares: Roma, Asís, Jerusalén, Fátima y Lourdes.
En fin, nos tomó tres días terminarlo todo. Hubo momentos en que, con los brazos enrojecidos por los pinchazos de las agujas del árbol, nos preguntábamos: “¿Por Dios, en qué nos hemos metido?”. Pero seguíamos porque sabíamos que, si no lo hacíamos, cuando nos sentásemos a la mesa a cenar, sentiríamos que no era una verdadera Navidad.
Justo después del 6 de enero lo desmantelamos todo. Fue entonces que advertimos la tristeza que envolvía la casa. La escalera, desprovista de sus flores de Pascua y sus luces, ya no resplandecía. El curio y la credencial, sin sus nacimientos, lucían desnudos. Y la chimenea, sin la típica villa nevada, se veía desierta.
Esa noche, cuando salí al jardín, casi todas las casas de la cuadra estaban iluminadas. Menos la mía.
Fue entonces que comprendí las intenciones de mis vecinos al no retirar sus adornos. Ellos, de alguna infantil manera, sueñan con una eterna Navidad. Que es quizás lo que todos, después de estos tiempos de confinamiento, incertidumbre y pérdidas de seres queridos, debiéramos hacer: volver a soñar.
Manuel C. Díaz es un escritor cubano: manuelcdiaz@comcast.net. Su libro más reciente es “Escritores cubanos exiliados: sesenta reseñas literarias”, publicado por Ediciones Universal.