Los creyentes en Dios también tienen fuertes vínculos con las ciencias | Opinión
El pasado martes 16 de marzo salió publicado en esta sección un escrito titulado “Las civilizaciones y sus dioses”.
El texto contiene muchas afirmaciones gratuitas, o sea, carentes de fundamento. Menciona, por ejemplo, el “sincretismo religioso del pueblo judío”, cuando precisamente la labor de los profetas era proteger al pueblo de contaminaciones religiosas.
Dice que “con Occidente surgió el Cristianismo”. Primera noticia; el Cristianismo nace en el Medio Oriente. Acusa a los primeros cristianos de regirse por “el pensamiento mágico”. Olvida, sin embargo, cómo el apóstol San Pedro rechazó tajantemente a Simón el Mago, el individuo que dio origen al término “simonía” (cfr. Hech. 8,9-25). Atribuye el articulista a los primeros cristianos “no distinguir lo mítico de lo real” así como de padecer “alucinaciones”, pero sin demostrarlo.
Acusa el autor a la Iglesia de haber convertido a la Virgen María en semidiosa y de inventar dogmas marianos. Para la Iglesia la Virgen es simplemente una mujer excepcional, pero sólo humana. Y los dogmas marianos se basan en la Escritura y Tradición viva de la Iglesia. Son cuatro, a saber: perpetua virginidad, divina maternidad, inmaculada concepción y gloriosa asunción.
El autor imagina la resurrección de Cristo en términos espaciales, como algo “más allá de la nubes”, cuando la fe lo entiende en términos de trascendencia, es decir, pasar a una dimensión nueva de existencia muy diferente a la nuestra.
El articulista confía en que “la mente racional y científica del hombre de hoy” logre acabar con el fenómeno religioso. Pero olvida que los hombres de ayer ya aunaban mentalidad científica con fe religiosa.
Desde hace siglos los creyentes en Dios contribuyen al desarrollo de las artes y las ciencias. Los monasterios medievales, por ejemplo, fueron grandes centros culturales y motores de progreso tecnológico. En todos los campos del saber se encuentran cristianos fervorosos.
Si nos fijamos exclusivamente en los padres jesuitas, vemos preclaros ejemplos de hombres muy racionales y muy creyentes a la vez. Comencemos por el P. Christopher Clavius (+1612), insigne matemático y astrónomo alemán, que ayudó al Papa Gregorio XIII en la reforma de Calendario Juliano. Desde el 1582 rige el nuevo calendario, ahora conocido como Gregoriano. Fue fruto de la Ciencia, no de mitos o supercherías.
Otro jesuita alemán, el P. Athanasius Kircher (+1680), apodado “el último renacentista”, acumuló una impresionante cultura enciclopédica. Hizo contribuciones importantes en diferentes ramas del saber, incluyendo la invención de nuevas tecnologías. Fue el primero en producir un proyector de imágenes.
El jesuita Bernabé de Cobo (+1657) recibió de indígenas peruanos una planta efectiva contra la malaria. Al procesarla e introducirla en Europa la llamaron “polvo jesuita”, pero luego prevaleció del nombre de “quinina”. El tratamiento se hizo con el producto de una planta medicinal, no a base de encantamientos o hechizos.
El jesuita catalán P. Venito Viñes (+1893) fue director del Observatorio del Colegio Belén en La Habana, Cuba. Lo llaman “fundador de la meteorología tropical”. Logró formular las leyes de la trayectoria de los ciclones; sus predicciones salvaron muchas vidas. Se basó en observaciones científicas y no en mitos seudoreligiosos.
El jesuita italiano P. Roberto Busa (+2011) centró su interés científico en la Cibernética y ayudó a la IBM en la confección de las modernas computadoras.
Sería interminable la lista de los hombres y mujeres de fe que contribuyeron y contribuyen al auge de las ciencias y las letras.
Los creyentes en Dios se comportan de manera muy racional.
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