PEDRO CAVIEDES: Pandemia
El pasado jueves 25 de septiembre en la noche, Thomas Erick Duncan arribó al Hospital Presbiteriano de Dallas, Texas. Duncan tenía fiebre e informó que provenía de Liberia, el principal foco de la epidemia de ébola que tiene en vilo a gran parte del mundo. Sin embargo, los médicos del hospital le recetaron antibióticos y lo enviaron de vuelta a casa, aumentando de manera exponencial, con su descuido, el número de personas que pueden hallarse en peligro de contagio.
Hasta el momento, según la OMS (Organización Mundial de la Salud), han fallecido 3,338 personas por causa del ébola, y ha habido 7,178 contagios en la región del oeste de África. En Liberia, el país más afectado hasta ahora, han muerto 1,998 personas, y se estima que podrían perder la vida cerca de 1,500,000 personas antes de enero.
El ébola es una enfermedad que se transmite por el contacto de fluidos cuando la persona presenta los síntomas, entre los que se cuenta la fiebre, una fuerte sensación de debilidad, dolor de cabeza intenso, dolores musculares, dolor abdominal y dolor de garganta. A continuación hay una tos seca, dolores punzantes en el pecho y signos de deshidratación. Es considerada una enfermedad altamente letal. Cuando se da un caso como el actual, en EEUU se pone en marcha un proceso que consiste en aislar 21 días, el tiempo de incubación del virus, a las personas que tuvieron contacto con el afectado, y si de esos resulta que alguno ha sido contagiado, se aíslan los que estuvieron con éste, y así sucesivamente hasta que se logre detener el contagio. Es una medida que al parecer prueba ser muy efectiva, y en Nigeria, país que empezaba a sufrir del virus, hasta ahora ha logrado contenerse gracias a este protocolo.
1,500,000 personas podrán haber perdido la vida en Liberia antes de enero. Eso sin contar los otros países afectados como Guinea y Sierra Leona, donde los casos también se cuentan por miles, y los muertos por cientos, hasta ahora. Hace poco leí un artículo que hablaba sobre los huérfanos del ébola. Niñas y niños que se han quedado sin uno de sus progenitores, o sin ambos, por culpa de este virus. Pero cuando no es el ébola, en muchos de estos países los niños también sufren de desnutrición, de la violencia entre tribus, de una miseria absoluta que los lleva a vivir en precarias condiciones sanitarias, que los somete a sufrir todo tipo de virus y enfermedades.
Es la tragedia del continente africano. Pero también la de cientos de niños latinoamericanos. La de cientos de niños en demasiados países del mundo. ¿Qué será de esos menores en el futuro? ¿Están condenados a vidas de crimen, enfermedades y muertes prematuras?
Mucho se escucha hablar de la nueva aldea global. Del nuevo mundo interconectado. Pero lo cierto es que la indiferencia sigue reinando. No puedo afirmar esto, pero pareciera que hasta que el ébola no se convirtió en una verdadera amenaza para los países del primer mundo, poco o nada se hizo para ayudar a los afectados.
Este interés de reacción basado tan solo en el instinto, en el temor de llegar a ser afectados, sumado al caos que puede producir la alteración drástica del clima, da para pensar en un futuro oscuro donde reinará la ley de la selva, y solo lo más fuertes lograrán mantener una calidad de vida que hoy por hoy damos por sentada. ¿Será el agua el próximo petróleo? ¿Será la salud la salud el próximo oro? ¿Se convertirá el aire que respiramos en la próxima marca de lujo?
Quizá la verdadera pandemia no sea otra que la indiferencia colectiva que nos mantiene inmovilizados de cara al futuro.
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Esta historia fue publicada originalmente el 4 de octubre de 2014, 9:00 p. m. with the headline "PEDRO CAVIEDES: Pandemia."