GLORIA LEAL: Alarde de fuerza
Esta semana presencié, junto a mi familia, uno de los momentos más desagradables de mi vida. Mi padre de 96 años murió en su cama, en su casa, al cuidado hasta el último momento de su esposa y de Vitas, la compañía que presta el servicio de hospicio.
Mi padre vivió una vida larga, productiva, feliz, lúcida vida – un moderno quijote. Él mismo devolvió su licencia de conducir para luego renegarlo mil veces.
Por estar bajo los cuidados de hospicio, desde enero cuando le dio un infarto y haber sufrido una fractura de vértebra el mes pasado al caerse caminando solo por testarudo, Vitas tuvo que llegar a la casa para escribir un informe y avisarle a la Policía del Condado Miami-Dade de su muerte. A las dos horas de su deceso, empezaron a llegar patrullas hasta ser cuatro carros con las luces encendidas que se estacionaron al frente de la casa por cuatro horas. Luego llegó el detective de homicidio y luego una investigadora del CSI (Crime Scene Investigation). En un momento la casa se llenó de policías, 8 en total, además de la enfermera del hospicio, y por supuesto, unas 12 personas de la familia más cercana, entre esposas, hijos y nietos.
En medio del estupor por el reciente fallecimiento del que fuera el patriarca de la familia –que por su personalidad y carácter fue el puntal firme y fuerte de todos sus descendientes–; en medio del dolor que sentíamos cada uno en aquella sala atestada de extraños, hubo que tolerar la presencia de infelices policías que se hicieron la visita allí (saludándose entre ellos hasta con bromas), mientras la viuda soportaba un interrogatorio a solas con el detective.
Después de 5 horas de este espectáculo innecesario, se llevaron a mi padre en una camilla, cubierto como un bulto negro – para que el Medical Examiner dictaminara la causa de su muerte.
¿Qué buscaban los ocho policías en el cadáver de un pobre anciano de 100 libras y casi 97 años, puro hueso, marcado en su rostro la reciente agonía y el último aliento? ¿No les bastaba el récord diario de la enfermera? ¿El cuerpo inerte de mi padre testigo de un final obvio de total envejecimiento e indefensión?
Hay algo muy morboso en esta ley que se aplica al morir una persona en su cama en su casa. Aparte de inhumano e irrespetuoso, es una irresponsabilidad crasa el alarde de fuerza que mostró esa noche la Policía de Miami-Dade: ocho policías “visitan” el hogar de una familia que pasa por la más íntima de las penas, con 4 autos patrulla con sus luces giratorias azules prendidas como si fuera la escena de un horrible crimen, mientras en las calles cercanas tal vez se cometen crímenes y familias en peligro necesitan el auxilio de la fuerza de seguridad.
¿Quién cuidó las calles esa noche?
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de junio de 2015, 2:15 p. m. with the headline "GLORIA LEAL: Alarde de fuerza."