ROSA TOWNSEND: Comienza el duelo
El xenófobo y narcisista de Donald Trump le acaba de hacer un gran favor a Jeb Bush. Con los insultos a todos los mexicanos pretendía también ofender a su esposa, Columba, oriunda de México. Y para que a nadie le quedara duda de que sus disparos apuntaban a Jeb, pues también le ridiculizó por no vestir corbata y por proponer una reforma de inmigración justa para quienes llegan a este país buscando una vida mejor: hispanos en su mayoría, cuyo voto va a definir la elección del futuro presidente.
Le acaba de convertir en el candidato que con más autoridad moral puede apelar al voto hispano. Y ustedes dirán: ¿y Marco Rubio? Pues claro que también puede seducir a latinos al ser uno de ellos, pero la diferencia con Bush es precisamente que, siendo americano, se ha aculturado (acriollado) casándose con una hispana y aprendiendo perfectamente el español. Y ese salto cultural –sobre todo proviniendo de una familia anglosajona de noble pedigrí– requiere coraje y sinceridad. Además, el senador Rubio ha cometido el error de claudicar ante los dogmas radicales tea-partianos sobre inmigración. Lo que indica que sus principios son elásticos, de esos que se adaptan a las conveniencias del momento.
Aunque en elasticidad política nadie le gana a Hillary Clinton, es la campeona indiscutible. Y también la reina del teflón: ningún escándalo se le pega, todo le escurre. Al menos hasta hace una semana, en que según la encuesta de CNN un 57% opina que “no es auténtica ni confiable”, un cambio porcentual –hacia peor– de 15 puntos, debido probablemente al emailgate y las millonarias (y misteriosas) donaciones extranjeras a la Fundación Clinton mientras ella era secretaria de Estado. Aun así, los republicanos no deberían festejar muy alto, porque a estas alturas de la contienda los números carecen de significado, de acuerdo a un análisis comparativo de todas las elecciones presidenciales realizado por los prestigiosos politólogos Robert Erikson y Christopher Wlezien.
Pero lo que sí pueden celebrar es que Hillary está a años luz de saber lo que es un hispano. No habla su idioma y jamás ha estado en contacto genuino con la cultura (salvo para pedir sus votos), cuanto menos hacerse parte de ella como Jeb. Ni siquiera tuvo el detalle –aunque sólo fuera para disimular su escaso interés en los hispanos– de hacerles algún tipo de guiño en el discurso de relanzamiento de su campaña. (Por cierto, cuando un político tiene que “relanzar” su campaña a dos meses de la original, demuestra que su candidatura no ha logrado despegar).
Resumiendo, los hispanos son el flanco más vulnerable para Hillary. Podría compensar la deficiencia nombrando a un vicepresidente que se apellidara por ejemplo González, ¿pero quién hay con un apellido similar en el Partido Demócrata que tenga el peso para tomar las riendas del país, llegado el caso? Se especula con la posibilidad de que elija a Julián Castro, actual secretario de Vivienda y ex alcalde de San Antonio, de 45 años, que de paso contrarrestaría la inquietud por la edad de Hillary, que tendría 69 años si ganara la elección.
Hasta ese día, 8 de noviembre de 2016, pueden salir muchos duendes de la caja electoral de sorpresas. Salvo escándalos, la mayor sorpresa sería que el duelo final no se disputara entre las dinastías Bush-Clinton, como al día de hoy indican la mayoría de las apuestas en los mercados de la política.
La incógnita se despejará en las primarias republicanas, porque las demócratas se asemejan a una coronación, a un teatro con una gigante y tres enanitos. Sin embargo, la corona a la que aspira Jeb se la tiene que ganar a pulso, como él mismo ha reconocido. Y aunque es verdadramente gigante de estatura –física y política– no confronta un circo de enanitos sino de leones, al menos dos, Rubio y Scott Walker. (El resto de los 19 aspirantes en su mayoría se creen reyes de la selva electoral porque no se han mirado al espejo; en particular el payaso del circo, Trump).
Hillary y Jeb son los únicos candidatos a los que se les llama por el primer nombre. No necesitan presentaciones porque pertenecen a la oligarquía política de Estados Unidos. Lo cual posee ventajas e inconvenientes. La principal ventaja es que se anulan mutuamente el lastre (baggage) que arrastran de las presidencias a las que están vinculados, dos cada uno: Jeb a la de su padre y hermano, y Hillary a la de su esposo y a la de Obama.
Pero en una elección en la que el margen de votos no comprometidos es de sólo el 10%, que son los independientes “puros”, lo que va a marcar la diferencia es la capacidad para conectar con el electorado, esa cualidad intangible que no hay billones de dólares que puedan comprar. Y en esa crucial categoría esta misma semana tres medios importantes, The New York Times, The Washington Post y Politico han informado que los operativos de la campaña de Hillary confiesan que a quien más temen es a Jeb porque, dicen, “posee la habilidad de establecer vínculos con la audiencia”.
Con el tiempo se sabrá.
Esta historia fue publicada originalmente el 20 de junio de 2015, 0:45 p. m. with the headline "ROSA TOWNSEND: Comienza el duelo."