Jueves Santo: mesa y altar | Opinión
Al inicio del relato de la Última Cena, Lucas cita así a Jesús: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de padecer… Y, tomando pan lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por ustedes”. (Lc 21, 14-20).
Adorna nuestra columna este Jueves Santo el panel central del formidable tríptico de la Última Cena recién que el Maestro Emilio Falero ha terminado justo a tiempo para esta Semana Santa. De impresionantes dimensiones físicas, colorido, hondura teológica. Domicilio: Parroquia de Good Shepherd en Kendall Lakes.
Retrata admirablemente aquel momento divino, inabarcable e insospechado en que Jesús, haciendo de aquella mesa un altar le ofrendó anticipadamente al Padre su cuerpo destrozado y su sangre derramada para la vida del mundo.
Emilio logra captar en certeras pinceladas su sentir sacerdotal, su mirada estremecida, sus ansias de dársenos en sagrada comunión. Un poco más tarde esa misma noche, aterrado, le suplicará al Padre que —de ser posible— aparte de Él la suprema injusticia del cruel maltrato que le aguarda. Pero en esta escena, su voz, su rostro, sus manos, todo su ser tuvieron que proyectar necesariamente una tan cautivante como inexpresable divina nobleza.
¡Tuvo que ser así de impactante! Porque, ¿cómo si no, iban a quedar grabadas indeleblemente en el alma y la memoria de aquellos hombres tan buenos como toscos el mandato de perpetuar esa ofrenda sacrificial de su Maestro sobre los altares del mundo? Se ha dicho que es bien posible que esa noche de su “Primera Comunión” los Apóstoles muy difícilmente entendieron lo que Jesús acababa de decirles de comer su cuerpo o de beber su sangre. Personalmente, concurro…
Pero el hecho es que poco después de resucitar Jesús, y a través de los 21 siglos que corren de entonces acá, lo que Jesús instituyó esa noche ha sido, es y será siempre la “fuente y la cima” indiscutible de la vida de los discípulos de Cristo. Todo, absolutamente todo lo que hace la Iglesia tiene su fuente y se ordena a la celebración siempre fresca, actual y presente de lo que el Señor aquella noche nos mandó celebrar “hasta que regrese” (1 Cor 11, 26).
En caso de que alguno de los que se han alejado se pregunte, despistado, a qué me refiero, le apunto que se trata de lo que llamamos pedestremente la Misa, y con elegancia Sagrada Eucaristía. Eso que una y otra vez trae de regreso al abrazo de la Iglesia a quienes la abandonan por un tiempo pero que regresan “desesperados por volver a comulgar…”.
Supongo que porque recuerdan que Jesús no pudo decírnoslo más diáfanamente: “De veras, de veras les digo que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día”. (Juan 6, 51-54)
¿Cerrarnos y negarnos a esa comunión a la que nos ha invitado tan vivamente Jesucristo no conlleva acaso como consecuencia justa y lógica quedarnos trágicamente excluidos de esa comunión eterna y definitiva con Él que llamamos cielo? Pensémoslo mejor que lo pensó Judas. Traicionar al amor es la más letal de todas las traiciones.
Mucho más letal que el espectro del COVID, que con la ayuda del tramposo Satanás, ha conseguido apartar a tantos de ustedes no sólo física sino afectivamente de la Comunión y la Comunidad…
Gracias al Nuevo Herald por publicar una columna dedicada a Jesús otra Semana Santa más. Sus muchos lectores de tradición católica lo agradecemos vivamente.
El autor es un sacerdote jesuita de Belen Jesuit Preparatory School.