Adiós Afganistán, EEUU se centra en sus prioridades estratégicas | Opinión
A Joe Biden no le ha temblado la mano.
Ya era hora de que un presidente se atreviera a retirar —de forma definitiva— las tropas de Afganistán, la guerra más larga e infructuosa en la historia de Estados Unidos.
Ya era hora de liberarse de un lastre que ha robado recursos y esfuerzos que deben enfocarse en las verdaderas prioridades estratégicas para la seguridad nacional: detener el expansionismo sibilino de China y los ataques insidiosos de Rusia. Además de frenar las aventuras nucleares de Irán y Corea del Norte.
Son los cuatro principales enemigos y los que más felices han vivido de ver a EEUU maniatado en el laberinto afgano. Ahora les deben rechinar los dientes, porque el mensaje de Biden es rotundo: EEUU regresa con toda su fuerza al tablero de la geopolítica internacional.
Y vuelve no solo para restaurar el prestigio perdido en la era Trump, sino para afianzar su hegemonía —militar, económica, de libertades y derechos— en la feroz competición que se ha desatado en el mundo entre democracia y autocracia, que será la que defina las próximas décadas a nivel global.
Ya con el mero anuncio Biden ha logrado asestar un golpe al objetivo más inmediato de la dictadura capitalista china: fomentar división entre Washington y sus aliados europeos. “Entramos juntos y salimos juntos”, dijo el presidente refiriéndose a que la retirada prevista para el próximo 11 de septiembre es conjunta con los socios de la OTAN, con los que sigilosamente la había coordinado.
También le atiza un buen golpe a las incesantes provocaciones de Rusia contra todo lo que huela a unidad y expansión de la OTAN. ¡Sorry Vladimir! De eso trata la última amenaza rusa de invadir Ucrania, estacionando tropas y armamento pesado en la frontera.
A tal provocación, sumada a los ciberataque e injerencias en las elecciones de EEUU, Biden ha respondido esta semana con las sanciones más severas hasta el momento contra Moscú, aniquilándoles la posibilidad de obtener capital en los mercados internacionales. Y también ha expulsado a 10 diplomáticos rusos espías.
Es fascinante observar cómo Biden desorienta a Putin con su política de “palo y zanahoria”. Me refiero a que hace semanas le llamó “asesino”, “sin alma”; y luego hace días le propuso una reunión al estilo de las viejas cumbres de la Guerra Fría, para aliviar sus complejos de imperio fracasado.
Ni de broma lo hizo Biden por caridad política sino para ampliar el espacio de maniobra, por ejemplo cancelando la tal invitación a una cumbre si Putin invade Ucrania o mata al opositor Navalny. (Spoiler: Putin estaba acostumbrado a vivir bien feliz con las zanahorias dulces de Trump).
Lo de los chinos es un caso más enjundioso y merece un artículo aparte. Pero digamos de entrada que el ego se le ha subido a Xi Jinping a la cabellera, y anda vanagloriándose de que “La historia está del lado de China” y “Occidente está en declive”.
Quizá se le empiecen a bajar los humos con la papa caliente que le acaba de dejar Biden en Afganistán. Como vecinos le toca a los chinos, los rusos, los pakistaníes y los iraníes lidiar ahora con los talibanes.
Hace 20 años estuvo más que justificada la intervención estadounidense en Afganistán. Era el refugio y centro de operaciones de los terroristas que nos atacaron el 11 de Septiembre de 2001. Solo quedaba una opción: eliminar la amenaza de Al Qaeda y sus protectores talibanes. Pero aquello resultó ser un infierno. Un abismo de luchas tribales sangrientas, que nadie había logrado pacificar en siglos.
No en vano Afganistán es conocido como “El Cementerio de los Imperios”. Los mongoles acabaron fragmentados en 1221; en el siglo XVII fueron derrotados los imperios Mughal y Safavid; los británicos tuvieron que irse en 1842 y los soviéticos en 1989, derrotados tras una década de ocupación.
A EEUU le ha costado 2,400 vidas, 20,000 heridos y más de $2,000 billones, en una misión imposible de ganar. Los tres últimos presidentes trataron pero fracasaron en sacar las tropas de Afganistán. Obama de hecho las aumentó, en contra de la opinión de Biden, entonces vicepresidente, que siempre propuso mantener solo un pequeño contingente de fuerzas antiterroristas.
Todos los presidentes, incluido Biden, han tratado también la vía diplomática. Trump negoció con los propios talibanes, creyendo que así se pondría una medalla. Condicionó la retirada de EEUU este 1ro de mayo a que los talibanes se comprometieran a romper con Al Qaeda y otros grupos terroristas y a pactar la paz con el gobierno de Kabul. Claro, los talibanes mintieron y jamás cumplieron su compromiso.
Biden ha mantenido en parte el trato de Trump pero sin imponer condiciones ficticias y ha alargado el plazo al 11 de septiembre, para evitar una salida caótica. Y también como fecha simbólica, para cerrar el capítulo trágico que comenzó ese mismo día aciago de 2001.
Cualquier opción que implicara quedarse en Afganistán a corto o medio plazo hubiera sido prolongar lo inevitable. Ni el gobierno de Kabul que ahora dirige Ashraf Ghani iba milagrosamente a abandonar la corrupción (endémica en ése país), ni iba a fortalecerse frente a los talibanes, ni estos iban a abandonar su odiosa y cruenta ideología. Lo han demostrado durante dos décadas.
El ajedrez de la geopolítica mundial es complicado y la partida que se juega actualmente entre democracia y autocracia requería decisiones contundentes, no medias tintas. Ninguna de las opciones que le presentó el Pentágono a Biden era buena, pero salir ahora es la mejor.
Es duro decirlo pero perder Afganistán no implica una amenaza grave para EEUU. En cambio, quedarse hubiera sido nefasto, dado que —por ejemplo— Rusia, China e Irán han creado una alianza militar informal anti-Occidente que elevaría la posibilidad de ataques coordinados contra el orden global encabezado por EEUU. Esa es una verdadera amenaza.
“No podemos continuar el ciclo de expandir nuestra presencia militar en Afganistán, esperando lograr algún día las condiciones idóneas para retirarnos, y esperar un resultado distinto”, dijo Biden.
En otras palabras y como dice el refrán, entrar en un ciclo repetitivo de seguir haciendo lo mismo pero esperando resultados distintos es la mera definición de la locura.
Rosa Townsend es Periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.