El crimen cibernético, una plaga tecnológica | Opinión
De todas las formas de crímenes conocidas, el realizado a través de computadoras se ha extendido tanto, que actualmente ocupa el primer lugar por volumen entre todas las estafas.
La actividad online es extremadamente importante ya que representa un margen relevante de todas las ventas realizadas en EEUU y se espera que para el año 2040 alcance al 95% de las ventas al detal. Desde luego, el incremento en estas operaciones trae consigo un aumento en la criminalidad, como siempre ocurre cuando se desarrolla un nuevo negocio.
En el último año se ha percibido un aumento exponencial de crímenes online, que cada vez se multiplica y que por ende requiere atención inmediata.
En el 2019 se reportaron a la Comisión Federal de Comercio (Federal Trade Commission, FTC), 3.3 millones de robos de identidad y fraudes. Ya en el 2020 esa cifra alcanzó a 4.8 millones, o sea un 45% de aumento, de los cuales 1.58 millones corresponden a robo de identidad en el campo de los pagos por el estímulo fiscal emitidos para contrarrestar los efectos económicos de la pandemia.
En el caso de fraudes, la Florida ocupa el deshonroso tercer lugar detrás de Nevada y Delaware. Particularmente, en el área del Gran Miami la situación es apremiante. ¿Quién no conoce a alguna persona cuyos falsos amigos le han solicitado transferencias de fondos a través de las redes sociales?
Evidentemente, así como la tecnología progresa, el crimen también lo hace y se tecnifica de una forma tal, que en ocasiones es una tarea compleja diferenciar lo real de lo falso. Es así como vemos la facilidad con que se usurpan identidades para cometer fraudes. Estafadores suplantan el nombre de una persona y escriben en su lugar pidiendo favores monetarios principalmente. Y muchos incautos caen en la trampa ya que pocos se imaginan que el amigo que escribe realmente es un delincuente.
Resulta que la explosión tecnológica, la llamada Cuarta Revolución Industrial, también ha creado un crimen organizado, especializado en tecnología. Tal vez el delito más común es la suplantación de identidad en la red social WhatsApp. Allí adoptan el nombre de una persona y le escriben a sus contactos, que pueden ser miles, pidiéndoles todo tipo de favores, especialmente económicos. Y a los personajes más conocidos les piden retornar un mensaje contentivo de un código oculto, para así usurpar su identidad y alcanzar sus miles de contactos.
Lógicamente, es tanta la maldad que se transmite online, que los usuarios de las redes se están volviendo desconfiados. Por eso muchos dudan de cualquier mensaje recibido y en ocasiones telefonean al emisor para comprobar su identidad. A este punto hemos llegado.
Al principio de esta era online, los fraudes empezaron por las herencias repentinas o premios no reclamados. Luego fueron evolucionando para estafar a los bancos y tarjetas de crédito, mediante engaños con diferentes facetas.
Desde luego, las estafas tecnológicas no solo han sido online, también se han trasladado fuera de ese ámbito. Por ejemplo, un pequeño “scanner” es capaz de duplicar una tarjeta de crédito que rápidamente es reproducida y vendida a mafias que en un día la agotan en varias gasolineras. De igual forma, y aún más original, es un pequeño aparato que se instala en los cajeros automáticos con la finalidad de aceptar depósitos y negar retiros de efectivo.
Hemos pensado en la posibilidad que los colleges en la Florida propongan un curso obligatorio, o sea no electivo, con créditos, sobre seguridad cibernética. Sin embargo, recapacitamos en que no es inteligente este paso, considerando que a los “milenios”, con una habilidad natural para la tecnología, les estaríamos enseñando cómo burlar los parámetros de seguridad. Aún así, en numerosos colleges y universidades de EEUU es ofrecida esta cátedra, aunque no es de carácter obligatorio.
Pero a nivel empresarial y gubernamental si es imprescindible la capacitación en este giro, incluso por profesiones, por ejemplo, el derecho legal online, el management bancario, la medicina aplicada, etc.
En toda esta problemática hay un punto básico y esencial. Como el crimen cibernético es una forma de delincuencia, también hay que combatirlo y perseguirlo. Los estafadores que usurpan identidades por WhatsApp, muchas veces publican sus datos para recibir transferencias bancarias, como pueden ser números de teléfonos y correos electrónicos, todo bajo nombres ficticios.
Sabemos que hay miles de estafas diariamente y resulta oneroso tener un ejército de oficiales que le sigan el rastro a estos delincuentes. No obstante, aunque conocemos que los cuerpos policiales y el FBI tienen una división anticrimen cibernético, es necesario ampliar esta división para hacer frente a este descalabro, que se nos está saliendo de las manos.
Cuando se publicita masivamente que varios cabecillas han sido detenidos y condenados, tal vez esto desanime a muchos que dominan la tecnología y pretenden convertirse en delincuentes.
Por el volumen que está alcanzando esta actividad criminal, es necesario otorgarle la importancia que realmente tiene. Persigamos a estos maleantes, sus estafas no pueden permanecer impunes a la justicia.
Benjamín F. DeYurre es un economista y periodista. Twitter: @DeYURRE.