Cádiz y La Habana, unidas por algunas similitudes y la nostalgia | Opinión
Hace unos años, cuando unos amigos supieron que visitaría Cádiz, me dijeron: “Te va a encantar, es igualita a La Habana”. Estaban tan convencidos que hasta entonaron el estribillo de una popular canción: “Y verán que no exagero/ si al cantar la habanera repito/ La Habana es Cádiz con más negritos/ Cádiz es La Habana con más salero”.
La verdad es que se parecen un poco; pero no tanto. Con excepción de la intensidad del azul de su cielo, un malecón en forma de concha con un par de castillos (San Sebastián y Santa Catalina) y media docena de ornamentadas y hermosas plazas, las similitudes son más nostálgicas que reales.
Falsas recreaciones visuales de una ciudad de La Habana que se desvanece en nuestra memoria; imágenes clonadas por la añoranza que hicieron que mis amigos confundieran la Plaza de San Juan de Dios de Cádiz, rodeada de casas pintadas de amarillo y blanco y llena de naranjos en flor, con el Parque de la Fraternidad de La Habana que está rodeado de vetustos edificios coloniales y ensombrecido por sus centenarias ceibas.
Así, todavía pensando en lo que nos habían dicho nuestros amigos, lo primero que mi esposa y yo hicimos al llegar a Cádiz fue pedir un mapa en la recepción del hotel y salir a recorrer la ciudad. Comenzamos por la Plaza de España, un hermoso espacio arbolado donde se levanta el Monumento a la Constitución, diseñado como si fuera una cámara legislativa y ligado de alguna manera al famoso grito de “¡Viva la Pepa!”, con el que los liberales españoles proclamaban su adhesión a la Constitución de 1812.
Y no es que estuviésemos buscando similitudes, pero nos pareció que la expresión —que terminó convertida en sinónimo de improvisación y desorden— formaba parte, como el choteo de Mañach, de nuestra idiosincrasia nacional.
La siguiente parada la hicimos en la Plaza de la Catedral, que no es tan grande ni tan bonita (ya no podíamos dejar de establecer comparaciones) como la de La Habana; no así la propia Catedral, que tiene varias cúpulas, estando la principal cubierta de mosaicos dorados que la convierte en la única iglesia cristiana con un Domo amarillo.
En una de sus torres, la del Poniente, hay un mirador desde el cual las vistas de Cádiz son abarcadoras. Por uno de sus lados pueden verse las playas y la parte nueva de la ciudad con sus modernas avenidas. Y por el otro, todo el casco viejo con su ecléctica arquitectura fenicia.
Al bajar de la Torre del Poniente decidimos almorzar antes de tomar el ómnibus turístico en el que pensábamos recorrer lo que nos quedaba por ver. Y lo hicimos en uno de los varios restaurantes que, con sus mesas al aire libre, hay en la Plaza. Y aquí sí que no establecimos semejanzas entre lo que ordenamos -gambas al ajillo, patatas con alioli, anchoas con boquerones, montaditos de morcilla- y la tradicional completa cubana de arroz blanco, frijoles negros, masas de puerco fritas y tostones.
Cuando el ómnibus terminó de darle la vuelta a la ciudad (pasamos frente al Parque Genovés y la Puerta de Tierra, la única de las entradas al casco antiguo que queda en pie), nos bajamos en la parada de la Alameda de Apodaca y caminamos por toda la Avenida Marqués de Comillas hasta que llegamos otra vez a la Plaza de España.
Allí volvimos a pararnos frente al Monumento a la Constitución y, haciendo un esfuerzo, tratamos de imaginarnos que estábamos en el Parque Central de La Habana para así, al regresar, pudiésemos decirles a nuestros amigos: “Sí, Cádiz se parece a La Habana”. Solo para enseguida añadir: “Bueno, un poco; no tanto”.
Manuel C. Díaz es un escritor cubano: manuelcdiaz@comcast.net. Su libro más reciente es “Escritores cubanos exiliados: sesenta reseñas literarias”, publicado por Ediciones Universal.