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Plantar semillas en la tierra le enseña a nuestros niños a crecer, a desarrollar y a sanar | Opinión

Dalma Cartagena es una agrónoma de Puerto Rico que comenzó un proyecto para enseñar agroecología y agricultura sostenible en comunidades rurales de la isla.
Dalma Cartagena es una agrónoma de Puerto Rico que comenzó un proyecto para enseñar agroecología y agricultura sostenible en comunidades rurales de la isla.

En mi práctica de maestra del Programa de Educación Agrícola del Departamento de Educación del gobierno de Puerto Rico y por espacio de tres décadas me gustaba participar cada año de la graduación en la escuela. Me gustaba enseñar en presentaciones de PowerPoint las imágenes de los estudiantes haciendo sus tareas y demostrando las destrezas aprendidas (por varios años lo hicimos en diapositivas, ya que para ese entonces no teníamos la maravilla del PowerPoint ni los videos).

No eran imágenes que provocaban risa, más bien generaban orgullo, en especial entre los familiares presentes y también los estudiantes, aunque fue una práctica que me costó mucho esfuerzo que fuera aceptada.

Siempre acompañamos la presentación con una exquisita música que enalteciera la vida en el campo y las faenas agrícolas, y terminábamos todos aplaudiendo y orgullosos de la labor de los hijos e hijas. En medio de la presentación, solía hacer estas preguntas: “qué queremos para nuestros hijos e hijas”, y “qué esperamos que la vida les dé”. Eso iba paralelo con preguntas que siempre les hacía a los estudiantes durante las clases y con la intención de plasmar sus experiencias individuales y colectivas por escrito en un Diario Reflexivo: “hoy aprendí…”, “me impactó…”, yo quisiera …”.

Entonces recibía respuestas tales como: me impactó el momento en que las zanahorias salieron de la tierra al enterrar la herramienta; me impactó el color de las zanahorias, parecía que tenían pedacitos diminutos de oro, me sentí feliz; me sentí orgulloso de mí; me sentí poderoso; sentí poder; sentí que estaba trayendo algo nuevo al mundo; sentí felicidad; sentí amor; me sentí como un héroe al que nada ni nadie pueden detener.

Entonces entendí que aquellos esfuerzos para cultivar y cosechar, desde conocer las herramientas, sus nombres y usos, hasta el desyerbar y hacer arado manual o con una máquina liviana, guardaban otros frutos de profundo significado para esos niños y niñas que estaban apenas despertando a la vida.

Los estudiantes desde el tercer grado aprendían las destrezas para cultivar, pero también las tareas en la finca escolar nos permitían encontrarnos con la biodiversidad a nuestro alrededor: arañas, sapos, culebras, coquíes, lombrices de tierra, gongolies, pájaros, etc.

Entonces podíamos comprender el valor del respeto a la vida y a la paz. Nosotros trabajamos en el espacio que ellos habitan, es su hábitat su hogar. De alguna forma todos comenzamos a ser mejores seres humanos, aprendimos a disfrutar el alimento sano cultivado y cosechado por nuestro propio esfuerzo, y descubrimos un sabor diferente, unos aromas nuevos, más frescos, una textura rica. A la vez descubrimos nuestro poder de cambiar la realidad que vivimos, si así lo decidimos. Descubrimos que la agroecología nos confiere poder.

He sido maestra de agricultura vocacional y enseño prácticas de producción agroecológica por conciencia. Mis estudiantes comenzaron a respetar la vida a nuestro alrededor y también los elementos de la naturaleza que la hacen posible. Hace ya varias décadas los niños y niñas de la Escuela Botijas han estado haciendo agricultura en Armonía con el Ambiente y de su alegría y su experiencia nació Pedagogía de la Tierra. Lo que nos llevó a declarar que “saber cómo producir alimentos sanos debe ser considerado un derecho humano de los niños y niñas de Puerto Rico”. Ahora sabemos que a los pueblos enteros se les debe reconocer este derecho humano.

Descubrirás que todos los niños, los niños del mundo, son iguales, son amor, son entusiasmo y son sonrisa. Así que cuando veas que hay uno tardío para la sonrisa, sabrás que su alma está quebrantada, seguramente rota. En el mejor de los casos puede que sólo tenga un rasguño, entonces pondrás esas manitas en la tierra, les darás semillas y cuando esas semillas broten verás que se asoma una pequeña sonrisa.

Según las plantas broten y crezcan seguirás viendo pequeñas sonrisas, sabrás que van por buen camino, y cuando sea la cosecha ahí verás sus ojos brillar y risa brotar. Entonces sabrás que su alma ha sanado y esa medicina quedará grabada en su memoria. Cuando el alma por alguna razón sea tocada por el dolor, brotará esa memoria y seguirá sanando, y que la tierra es sanadora.

Dalma E. Cartagena es una agrónoma de Orocovis, Puerto Rico. Se graduó de la Universidad de Puerto Rico y pasó más de dos décadas enseñando agricultura en las escuelas públicas de la isla, dedicando su vida a enseñarle a los niños cultivar comida saludable. Desde su jubilación en 2020, ha estado enseñando cómo sembrar la tierra a las comunidades rurales de la isla.

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