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Opinión

Laudato Si: la encíclica papal

Debo comenzar esta columna estableciendo mis credenciales católicas formadas en mi casa y en el Colegio Hernández Albretch en Cárdenas donde cursé mi enseñanza primaria. Y valga esta observación porque en los párrafos que siguen me permitiré diferir con el máximo dirigente de mi iglesia aunque esta diferencia es de forma pero no de fondo.

En el documento “La Iglesia en el Mundo Moderno”, a la conclusión del Segundo Concilio Vaticano hace medio siglo, se aseveró: “La Iglesia tiene el deber de someter a escrutinio las señales de los tiempos a la luz de los Evangelios”. En Laudato Si, el Papa Francisco está aplicando las enseñanzas a una de las más importantes y controversiales cuestiones de nuestro tiempo. Al hacerlo, construye su encíclica dentro del legado de la Enseñanza Social Católica. Como sus predecesores en sus encíclicas sociales, Francisco no trata de zanjar una disputa científica ni reclama su competencia para hacerlo. Mas bien le recuerda al mundo que la Iglesia tiene el deber de guiar discusiones hacia las más profundas realidades de cuestiones y crisis y de ofrecer consejos prudentes y oportunos. La encíclica dice, literalmente: “La Iglesia no presume contestar, definitivamente, preguntas científicas o reemplazar actividades políticas”.

Claro que hombres y mujeres libres estamos en posición de diferir sobre algunas de las cuestiones y recomendaciones de Laudato Si. Samuel Gregg, Director de Investigaciones del Acton Institute, aunque difiere con Francisco cuando entra en cuestiones técnicas, concluye: “Es perfectamente legítimo para el Papa Francisco el dirigirse a la dimensión moral del hombre con el medioambiente. Nuestras decisiones y acciones libres a la luz del mundo natural van a tocar cuestiones que hacen el bien y evaden el mal”.

Si amamos al Papa y odiamos a la industria del petróleo (o viceversa) no importa. Lo que importa cuando hablamos de disponibilidad de energía, cambio climático y pobreza son cifras sólidas y aritmética simple. La edición más reciente de Statistical Review of World Energy publicado por la industria petrolera ocho días antes que Laudato Si, ofrece múltiples cifras que exponen las debilidades de la aritmética papal. Es más, un análisis de ambos documentos revela la gran diferencia entre la “religiosidad” que caracteriza la retórica de “cambio climático” (con la cual el Papa no tiene nada que ver) y las verdades sobre el sector energético.

Hay mucho que admirar en el Papa Francisco, pero su encíclica muestra un entendimiento superficial del uso global de energía y como afecta a la gente por la cual Francisco más se preocupa, los pobres.

Si los países en desarrollo van a prepararse para posibles cambios climáticos van a tener que hacerse más ricos para poder afrontar los costos de esa preparación. Y ¿cómo van a hacerse más ricos? La respuesta es obvia: consumiendo más energía. Y para esos países en desarrollo, la energía más barata es la que parte de carbón mineral. En la última década, el uso de carbón mineral en la India se ha duplicado mientras que, en Indonesia, se ha triplicado.

¿Por qué ha aumentado el uso de carbón mineral? Porque es el combustible más asequible para economías en desarrollo. En la última década, el uso global de carbón mineral ha aumentado 33 por ciento mientras que el uso de electricidad ha aumentado 28 por ciento. Y, prácticamente, todo el aumento ha sido en países en desarrollo.

La Agencia Internacional de Energía describe electricidad como “crucial para el desarrollo humano”. En la India solamente, 300 millones de personas no tienen acceso a electricidad. La encíclica papal lamenta lo que califica de “pobreza de agua” y dice que la escasez de agua potable producirá alzas en el costo de los alimentos. Pero la encíclica no reconoce que habrá que usar más energía para producir más agua potable.

Y hay más: “La explotación del planeta ya ha excedido límites aceptables” y “los recursos del planeta estan siendo saqueados por prácticas miópicas en economía, comercio y producción”. Pero la encíclica no dice quien define “límites aceptables”. Y la retórica que los seres humanos hemos “saqueado” el planeta suena más a Greenpeace y otros fanáticos ecologistas que al Vaticano.

La encíclica no hace mención alguna del rol que la energía nuclear puede y debe tener en la generación de energía eléctrica en un mundo donde 1,300 millones de personas carecen de acceso a elecricidad. El Vaticano llama a combatir lo que describe como “una crisis ecológica” pero, al ignorar la magnitud e importancia del sector energético, ha dejado de reconocer que la disponibilidad de energía es esencial para el desarrollo de la humanidad.

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de junio de 2015, 2:54 p. m. with the headline "Laudato Si: la encíclica papal."

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