¿Qué sigue para Nicaragua? La batalla por la libertad y democracia no se detiene | Opinión
La plataforma y estrategia del fascismo tropical latinoamericano acuartelado en el Foro de Puebla y el llamado Socialismo del Siglo XXI está en crisis, comienza a patalear y a desesperarse. Lo sabe el G2 cubano, lo sabe Raúl Castro en la senectud de su vida y lo sabe su pupilo aprendiz de tirano Miguel Díaz-Canel.
También lo sabe Daniel Ortega y su tropa terrorista, más aún después del descalabro electoral al que sometió al país y en el que prácticamente se jugó su última carta para su ilegítima continuidad en el poder.
Está ofuscado, perdió los estribos y desbocó, sin pensarlo, en esos arranques de furia como cuando supo aquella fría noche del 25 de febrero de 1990 que había sido derrotado electoralmente por Violeta Chamorro. Cuenta la leyenda que hasta una puerta quebró de una patada, en su desatada inconformidad tras saberse perdedor.
Ahora se debe sentir de la misma manera, al saber que pronto su fin se acerca, que el pueblo, el que está dentro del país y en el exterior, junto a la comunidad internacional y la aplicación de la Ley Renacer de Estados Unidos, piden con actitudes accionarias su pronta salida.
A Ortega también le debe preocupar el enfrentamiento con la justicia que le espera a él y sus partidarios, incluyendo las élites de la Policía y el Ejército, y una buena plana mayor de sapos, testaferros y paramilitares señalados por cometer crímenes, asesinatos y violaciones de todo tipo, que han sido confirmados por los testimonios de muchos reos políticos y que superan con creces la represión de la guardia somocista.
Crímenes que, por cierto, muchas veces fueron inflados por la imaginación literaria de los poetas, artistas, historiadores, y todos ellos “cantores” de la fenecida revolución popular sandinista. Estos, también, tendrán alguna culpa en el juicio final y terrenal de la historia, ¿cierto?
El orteguismo está llegando a su fin, eso lo sabe todo el mundo. El asunto es cuándo y cómo, pero su desplome es inminente. Y eso va a pasar más temprano que tarde. Pero tanto su máximo caudillo como su equipo saben que ya no pueden seguir viviendo de mentiras y patrañas.
La inconformidad no solo viene del pueblo lastimado y lacerado, si no también de las madres nicaragüenses a quienes insultó. Tras llamar hijos de perra a todos los reos políticos, y tomando en cuenta que Nicaragua entera es una cárcel, Ortega usó este ofensivo y vulgar descalificativo en contra de las madres al día siguiente de la farsa electoral del 7 de noviembre, en el aniversario de la muerte de Carlos Fonseca Amador, el fundador de su partido.
Fonseca, de hecho, era un comunista desenfrenado y empapado de marxismo-leninismo cuya muerte, según registros de la historia, está rodeada de muchas dudas y a quien el propio presidente Anastasio (Tacho) Somoza le perdonó la vida muchas veces estando encarcelado, como se la perdonó a muchos de la jefatura sandinista por conspiradores y guerrilleros.
Igualmente, a la madre de Fonseca le faltó al respeto post mortem en ese acto, y así, a tantas otras madres de los héroes y mártires de “su” revolución. Así las cosas.
Nicaragua es un país rico pero empobrecido, jovial y alegre, ahora sometido a los caprichos irracionales de una mente enfermiza. Muy piadoso y temeroso de los valores y la fe religiosa en Dios. Bajo el estandarte de este emotivo cosmos, la madre juega un papel preponderante en la familia, es el ser más preciado en torno al hogar, y, dado el acentuado machismo que la misma “revolución” se encargó de incrementar con sus bravuconadas, es además la cabeza de familia, sobre todo en la economía doméstica y el cuidado de los hijos.
Por eso el que Ortega se haya expresado así de las madres lo convierte en un ser repulsivo y repugnante, esto añadido a las muertes y daños que ha causado y que es sabido por todos.
Es hora pues de que el pueblo se prepare para esa última gran batalla de su salida. Ya luego vendrá un proceso digno y complejo pero visible de un cambio de sistema en el que imperen la libertad y la democracia donde los culpables de tanto mal paguen sus malos pasos.
Acaso un pajarito venga a cantarle como lo hizo con Nicolás Maduro después de la muerte de Hugo Chávez. Acaso su hermano Humberto Ortega venga uno de estos días, como lo dijo meses atrás, a propiciar una “cohabitación” ciudadana para que el país no llegue al caos.
¿Qué sigue? La libertad y la democracia. ¡Vamos por ella!
Ariel Montoya es un poeta y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Es también Canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna capítulo de La Florida.