La primavera liberal
No han sido estas buenas semanas para los conservadores en la eterna guerra cultural que se libra en Estados Unidos, la cual es apenas una de tantas que tienen lugar en todas las sociedades democráticas. Las guerras culturales han existido siempre. Y nunca dejarán de producirse. Pero el nombre formalmente lo acuñó en los años 1990 el sociólogo norteamericano James D. Hunter para designar los conflictos por las opiniones encontradas entre diversos bandos sobre asuntos muy sensibles en nuestra sociedad.
Hechos recientes dan la impresión de que los liberales y progresistas están ganando las principales batallas de esta guerra y de que los conservadores y tradicionalistas las están perdiendo. Por eso se habla de una “primavera liberal” como la de Praga bajo el comunismo. Pudiera ser. Sin embargo, nos equivocaríamos si pensáramos que este tipo de conflicto tendrá fin y que de él saldrá airoso un solo vencedor. La lucha de las ideas es demasiado compleja para que sea susceptible de un maniqueísmo tan reduccionista.
Si hoy algunos tienen la impresión de que los progresistas están ganando la guerra cultural es porque éstos se han anotado importantes victorias en los últimos días. La Corte Suprema de Estados Unidos ratificó por segunda vez la reforma sanitaria del Presidente Obama, pese a los incesantes y costosos ataques de sus adversarios republicanos. También decidió que el matrimonio entre personas del mismo sexo es legal, no obstante la tenaz oposición de iglesias y otros sectores conservadores.
Además, ciertos símbolos del sur esclavista venerados por conservadores sureños, como la bandera confederada, han entrado en crisis tras la matanza de ocho afroamericanos en una iglesia de Carolina del Sur. Y el sonado caso de Bruce Jenner, devenido Caitlyn Jenner, le ha dado impulso a la tolerancia de las personas transgéneros.
No obstante, la batalla de las ideas continuará y probablemente se intensificará no solo en esas áreas sino en otras. Algunas serán trascendentales para el futuro del país. Liberales y conservadores, progresistas y tradicionalistas, lucharán sin tregua para definir el papel del gobierno en nuestras vidas, el sistema preferible de inmigración de acuerdo a las necesidades de Estados Unidos y cómo tratar a los inmigrantes que ya viven en el país, la protección adecuada de nuestro medio ambiente, qué prácticas racistas sobreviven a pesar de las campañas para erradicar el racismo y la discriminación y cuál es la forma más efectiva de combatirlas.
También se debatirá sin descanso sobre la igualdad de derechos y oportunidades para la mujer, el aborto, la justicia social y el futuro rol del país en el mundo.
Las batallas culturales conducen a la euforia a quienes las ganan y a la angustia a quienes las pierden. Eso es normal. Cada derrota sufrida nos deja la sensación de que se desmorona una pieza significativa de nuestra cosmovisión y viceversa, cada victoria ganada nos reafirma en nuestra manera de ver el mundo y la vida. Pero lo más importante para los norteamericanos debería ser la constatación de que han forjado, mediante enormes esfuerzos y sacrificios, una sociedad en la que no solo es posible sino normal el librar batallas culturales en el terreno de las ideas, con poca o ninguna violencia, amparados en leyes razonables y a menudo delegando las decisiones finales en instituciones falibles pero democráticas, tales como el Congreso, la presidencia y la Corte Suprema, esta última el árbitro final de muchos de nuestros más enconados conflictos.
No existen soluciones finales a las guerras culturales que libramos, aunque en ellas ganemos algunas batallas y perdamos otras. Pero con la excepción de los extremistas, la mayoría de los norteamericanos ha aprendido a librarlas con civismo, reconociendo la dignidad humana de sus adversarios, su derecho a opinar y promover sus ideas y creencias en buena lid y su esencial igualdad ante las leyes. Entre nosotros las discusiones racionales han adquirido un alto nivel, lo que ha convertido a Estados Unidos en lo que un viejo colega del Miami Herald, David Curtis, solía llamar “the most debating society in the world” (“la sociedad que más debate en el mundo”).
Entender y aceptar el valor intrínseco de las guerras culturales es el primer paso para aprender a librarlas con naturalidad, restándole a cada debate animosidad, amargura e irracionalidad.
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de julio de 2015, 8:21 p. m. with the headline "La primavera liberal."