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Opinión

JORGE ULLA: Chediak: el retorno de un mago

No sé bien si es un recuerdo inventado o si acaso fue un sueño que no tuve: me encontraba en la Cinémathèque y el proyector se había trabado dejando inmóvil sobre la pantalla la imagen de una barcaza en el Sena. ¿Era la imagen de L’Atalante de Jean Vigo que actuaba como un lienzo sobre el cual el tiempo se había detenido?

Natalio Chediak era el seudónimo de Henri Langlois por estos lares. Emulando a su héroe de la Cinemateca Francesa, en un Miami por entonces bastante árido del cariño que regala la cultura, en lo que la mayoría se soleaba en las playas, este cubano descendiente de libaneses prefería quemarse en la casi delirante empresa de un cine de arte y ensayo. La Cinemateca lo tenía muy claro desde sus inicios: se carecería de un gran afán lucrativo y se encararía la misión con la desbordada adrenalina de un San Fermín. Los nombres de Püig, Vigón y Cabrera Infante serían referentes tutelares.

¿Quién era este joven de patillas, culto y osado, estudiante de filosofía que por entonces simultaneaba su trabajo al frente de un incipiente cine de minorías (sin subsidios, en un local rentado a un teatrico infantil) con un aburrido oficio diurno de editor de películas en una televisora local cuya tarea principal era marcar el espacio donde irían los anuncios? ¿Sería cierto que alguna vez había juntado capital entre amistades y familia para filmar un largometraje con Omar Sharif? Un cortometraje, Crisantemo, realizado junto a Jorge Dalmau, inspirado en la pieza homónima de Ernesto Lecuona, y actuado por el pintor Víctor Piedra, transparentaba una juguetona sensibilidad surrealista y una temprana y sólida convicción estética. En lo adelante, la coherencia de su relato y la certeza de que el cine es una ocupación moral serían sus señas de identidad.

Melómano de nacimiento, amante del béisbol y del mejor rock, de una peligrosa atracción por las mujeres más peligrosas, por aquellos días un cubanófilo en ciernes, casi sin proponérselo, Nat empezaba a convertirse en leyenda urbana apoyado al principio por nadie o por muy poca gente, entre ellos su escudero, cómplice y secuaz, el anchorman Guy Aylward, a quien había reclutado en el canal 6 y quien cubriría las tareas de taquilla hasta el final de sus días.

Por aquella época, entre película y película, se forjaría entre Natalio y yo una amistad tenaz, cinéfila, capaz de resistir el ataque de un cuerpo de carabineros. Noviazgos de película, enlaces truncados o catastróficos, amistades compartidas, hijos que nos han mejorado y enorgullecido, mujeres mágicas que han otorgado sentido y final feliz a los guiones de nuestras vidas. Recuerdo bien al Nat de la Cinemateca, circa mil novecientos setenta y pico. Con la unción de un guía iniciático, no sin cierta timidez (un rasgo de tensión en él que algunos erróneamente dan por altanería), Chediak introducía cada film con minucioso enciclopedismo pero sin ahogar al espectador con sus conocimientos o su perspectiva. Entendía el dictum de Fellini (“Las películas no se hacen para explicarlas”) y bastaba con su fervor para contagiar a nuevos y viejos cinéfilos, a los que regalaba con su introducción un aperitivo tentador antes del manjar que les aguardaba ––la suficiente chispa neuronal previa al apagón de la sala que daría inicio al viaje. Este ritual, con la sala repleta o con apenas dos o tres personas en las lunetas ––daba lo mismo–– presentaba cada noche a un Chediak tan intenso como coherente, cigarrillo entre los dedos índice y cordial (sí, en aquellos días, no se prohibía fumar) exudando una pasión por la vida y por el cine de alcance casi mitológico. En pocas palabras, sus introducciones al igual que los textos de los programas que él redactaba lo decían breve y bien, a sabiendas de que aquello que no consiguen explicar Freud o los historiadores. Truffaut lo explica con una mirada de Catherine Deneuve en un segundo de veinticuatro cuadros de celuloide.

No sería posible entender Miami sin dar testimonio de aquel espacio íntimo, icónico y germinal de Coral Gables donde cada noche un grupo minúsculo burlaba la pereza circundante para acercarse a una pantalla que nos explica la vida: fue de allí que salió el Festival de Cine de Miami, fue allí donde probablemente se gestó un tangible avance miamense en la escala evolutiva. Revivir la emoción de aquel espacio en el que una película podía cambiarnos la vida, es también ––en un plano más ligero–– recordar que una noche allí podía ser el equivalente de una noche en la ópera en el decir hilarante de los hermanos Marx: en medio de las aventuras sigilosas de parejas que se daban cita en lo que se les hacía sitio ideal para sus escapadas, precedidas posiblemente de una cena en La Crêpe St Michel, la perversidad más exquisita dibujada en un gesto tenue de Dirk Bogarde en una película de Fassbinder, acentuada por una tableta compartida de Toblerone, podía ser la poción perfecta para desatar ensoñaciones románticas que contribuirían en no poco a aumentar la tasa poblacional de algunas áreas al norte y sur de la calle Alcázar.

¿Quién podría culparles? El baile en El conformista de Bertolucci no era para menos. El cine enseña. La audiencia papal en El jeque blanco de Fellini resultaba un fracaso desternillante, y la parodia recurrente y desquiciada de Shakespeare por el inmenso Jack Benny en la inmejorable To Be or Not to Be de Ernst Lubitsch eran toda la incitación que se requería para comprender la vida con la justa malicia y sin tanta solemnidad. Entonces la noche era joven y había que continuar la fiesta que había comenzado apenas en la pantalla de aquel cinecito de Natalio. ¿Qué haríamos, por ejemplo, después de la peli, a dónde nos llevaríamos aquella sensación de gozo, a dónde llevar nuestros sentidos tras aquel viaje, risueño o perturbador, cuando sabíamos de sobra que Miami se iba a la cama demasiado temprano? De la oscuridad del cine, sin pensarlo demasiado, un remanente de amiguetes se trasladaba a alguna casa o apartamento o quizás al Versailles donde se instalaría la tertulia flotante que a punta de cafeína (Santa Sarita que estás en el cielo) intentaría apresar lo mucho o lo poco que le pudiera quedar a la noche. Por “culpa” de Chediak, aquellos quirópteros enfebrecidos por la humedad de la madrugada pantanal miamense se dispondrían a perpetrar bromas al estilo de la película Amici miei de Monicelli o discutirían hasta el letrero de fin las virtudes y los defectos de Renoir a Godard, de Hitchcock a Truffaut, de Wilder a Chabrol, o las complicadas aguas en las que osaban nadar Eustache o Herzog. O el discreto y corrosivo encanto del humor de Buñuel.

Animar con integridad la cultura de una ciudad no es tarea fácil. Cuando Chediak “dejó” el festival de cine ––el entrecomillado de “dejó” es intencional––, Miami perdió a quien había sido profeta en su tierra. Sin embargo, una amistad con el cineasta español Fernando Trueba los juntaría para compartir entre ambos la maravillosa aventura de una espléndida coproducción musical de la que resultaría una brillante banda sonora, ejercicio de gusto como pocos, a caballo entre el siglo XX y el siglo XXI, que incluiría la improbable belleza nacida de la unión de Bebo Valdés y El Cigala.

Además de continuar junto a Trueba esta exitosa carrera en la producción musical ––marcada por éxitos de ventas millonarias, premios de una industria musical hechizada, así como el reconocimiento universal de la crítica––, Chediak acaba de aceptar en estos días una invitación del respetable Gables Cinema, frente al local de Books & Books, para convertirse en su programador. La historia no va a contradecir mi profecía: con el descubridor de directores influyentes al frente de esta sala, Miami podrá ver mejor cine. Es con gente como Natalio que se hace la magia. Una vez y dos también.

Cineasta cubanoamericano.

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de octubre de 2014, 3:00 p. m. with the headline "JORGE ULLA: Chediak: el retorno de un mago."

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