EDGAR GIRALDO ALZATE: El beso de chocolate
Desde hoy soy un nuevo ciudadano americano. Ha sido un día maravilloso y desde mi pequeño foro quiero enviar un abrazo a mis trescientos millones de compatriotas.
Pero la razón por la cual escribo esta nota tiene que ver con algo que ocurrió antes del protocolo del juramento.
Esa mañana muy temprano debía reclamar mi camisa blanca en la tintorería, pero al llegar allí el empleado me ofreció disculpas porque aún no estaba lista y me pidió regresar en media hora. Entonces crucé la calle y entré a una cafetería a matar el tiempo.
En la mesa siguiente a la mía se sentaron una señora muy rubia, de unos ojos azules trasparentes, quien frisaba los sesenta, y una niña de unos once años, de piel negra como un carbón. Ambas vestían ropas ordinarias, pero limpias. Con mucho respeto y buenas maneras, ordenaron un solo café y lo compartieron en pequeños sorbos, junto con un donut que dividieron por la mitad.
–Gracias, madre, tenía hambre –dijo la chiquilla.
La dama le respondió:
–Vendrán tiempos mejores, hija.
La mujer la abrazó y ambas se miraron con mucho afecto, como si se amaran desde siempre. Entonces la chiquilla le estampó un tierno beso y dejó marcada en su mejilla unos labios de chocolate, como si fuese un pedazo de su propia piel en la cara de mamá.
Era obvio que estaban pasando momentos difíciles, también era evidente que ella no era su madre biológica y la niña era probablemente adoptada. Podría pensarse también que la mujer estaba desempleada, pasaban por una gran crisis económica que ambas compartían y la sabían afrontar.
–Qué pareja más bella –pensé. Bien podrían conformar la perfecta armonía interracial americana, que a veces es un sueño con tantos altibajos y contradicciones que parecería tan difícil de alcanzar. También se podía concluir que de alguna forma ellas habían aprendido que la pobreza enfrentada con amor y dignidad, duele un poquitico menos.
El caso es que en mi nuevo país, Estados Unidos, existe una abrumadora mayoría silenciosa que no acepta ninguna forma de racismo y también existen millones de personas que son capaces hasta de compartir su propia pobreza por el bien de los demás. Mientras estas dos cosas persistan será posible mantener por siempre encendida la llama de la libertad.
Luego de un rato, ya bien acicalado dentro del recinto de la ceremonia, llegó el momento de las lecturas, los discursos, me puse de pie, cantaba The Star Spangled Banner, coloqué la mano sobre mi pecho y entonces sentí ese besito de chocolate, esculpido para siempre en el fondo de mi corazón.
Escritor colombiano, naturalizado estadounidense.
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de julio de 2015, 0:52 p. m. with the headline "EDGAR GIRALDO ALZATE: El beso de chocolate."