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Opinión

ROBERTO CASIN: Vistazos: Amor geométrico

En un país donde los manuales están a la orden del día realmente queda poco que reglamentar. Los hay para todo: para aprender chino en una semana; bajar de peso en tres días sin renunciar al tocino en el desayuno; con secretos para “triunfar en todo” —así reza el titulado Vive tu vida al rojo vivo—, o especialmente para arrollar en los negocios, como el escrito por el inefable Donald Trump— tan mencionado por estos días—: Think Like a Champion (Piense como un campeón). Vivimos sin duda en el Elíseo de los libros instructivos, y los americanos los leen como nadie, con una devoción, un candor y una fe inconmensurables. Esa es su manera de saber diferenciar lo correcto de lo incorrecto, y empaparse de los procedimientos que presumiblemente han de abrirles las puertas del éxito y prevenirlos de descalabros.

Recuerdo que hace unos años un tal Roosh, con ese espíritu de exploración y conquista tan propio de la nación, vendió un vademécum en Amazon titulado Bang Colombia: Textbook on How to Sleep With Colombian Women (Manual de cómo acostarse con mujeres colombianas). El señor había escrito otros similares con sus consejos sobre cómo dormirse argentinas, brasileñas, danesas e islandesas. Toda una aguerrida experiencia la del fulano. Claro, extramuros, porque el asunto dentro de casa es un tanto más complicado. Si en el extranjero la vida fluye con absoluta naturalidad, aquí una miradilla algo atrevida, un avance carnal a destiempo o un piropo mal encajado pueden meter a cualquiera en la cárcel. De lo contrario, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, no hubiese firmado hace solo unos días una ley que busca reglamentar las relaciones sexuales entre estudiantes universitarios. Tal y como se lee: ponerle rienda y bozal a la testosterona y los estrógenos.

La legislación de “consentimiento afirmativo” persigue poner coto a las violaciones sexuales en las universidades, algo que según las autoridades se ha convertido en un problema nacional. En esencia, el estatuto se sitúa en las antípodas de la revolución que en materia de sexo sacudió los campus la pasada década de los 60, y obliga a los estudiantes a refrenar las pasiones bajo la consideración de que el coito puede acarrearles serias consecuencias. En cuanto a las definiciones, la frontera entre el santurrón y delincuente se delimita ambiguamente de esta forma: el permiso de la joven debe ser “claro”; su silencio o falta de resistencia no puede interpretarse como consentimiento. Incluso se le clasifica como incapacitada para condescender si ha consumido drogas o alcohol, aun cuando lo haya hecho por voluntad propia. Ah, y nada de que una primera vez significa que el galán ya tiene licencia para seguir la fiesta.

En otras palabras, aunque la ley no entra en detalles podemos suponer que el procedimiento es más o menos así: el muchacho se sienta al lado de ella con mucho cuidado, a distancia prudencial, y antes de preguntarle si la puede besar le muestra la letra del deleite, o lo que es lo mismo: el contrato de aceptación que trae por duplicado en el bolsillo. En caso negativo, para estar a salvo de malas interpretaciones, sería prudente que el pretendiente extienda a la joven una declaración jurada en la que se compromete a protegerla de abusadores y ser su guardián. Si en cambio ella esboza una sonrisa, dice que sí con los labios y lo ratifica moviendo arriba y abajo la cabeza, él puede proceder a besarla. Una vez suscrito el protocolo y dado el primer beso, hay que abstenerse un minuto más antes de consumar el acto. Se impone entonces que los dos se tomen un selfi, sonrientes, y muestren en cámara el documento para que no queden dudas. Amor geométrico, como diría mi amigo Alfre. Muy a la americana.

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de julio de 2015, 1:28 p. m. with the headline "ROBERTO CASIN: Vistazos: Amor geométrico."

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