ROBERTO CASÍN: Barracones de lujo
Pues resulta que estoy sentado en el portal viendo caer las hojas de los árboles que se desnudan por el otoño, a la espera de que de un momento a otro un venado furtivo atraviese el bosque con la premura propia para la época. La merma de follaje no le ha hecho cambiar en nada el olfato ni el oído, pero su cautela es mayor. La vista de quienes están a su acecho tiene ahora mayor alcance. El silencio es macizo, solo quebrado de cuando en cuando por el soplo de la brisa, el paso de alguna liebre sobre la hojarasca o el trino de algún azulejo o cardenal. Ni un ruido ensordecedor, ni un alma. Y fíjense, por esas cosas misteriosas de la mente, no puedo dejar de pensar en el viaje que acabo de dar a Miami, donde un tiempo –poco más de veinte años– me tocó vivir las usuales grandezas y miserias urbanas del ciudadano común.
¿Nostalgia? No. Probablemente compasión. Porque acabo de confirmar que la mayoría de la gente está allí hasta la hipotenusa. Yo fui uno de ellos. Hablo de muchos, amigos, conocidos y no conocidos, cuyos nombres no caben aquí. Agobiados, estresados por tener que desayunar cada mañana con la noticia de un nuevo asesinato, asalto o destape de corrupción; tan ninguneados por las circunstancias que apenas pueden percatarse de que son solo un vago número en la muchedumbre que transita alrededor. La vida para ellos no transcurre, pasa atropelladamente. Se trata de mujeres y hombres que en el fondo son mejores, madres, abuelas, damas, padres, caballeros, amigos y vecinos. Pero el ritmo y las pautas que rigen hoy en día en las grandes ciudades los encadena. No hay espacio ni tiempo para el solaz, menos para la caridad, la bondad y la compasión.
En cuanto al panorama que tendremos dentro de unas cuantas décadas no saben cuánto me alegro de no estar aquí para verlo. Eso es lo que más deprime a mi amigo Otto, a quien esta vez noté muy agobiado por todo el tiempo que pasa al volante sobre atestadas autopistas con tal de regresar a casa, después de haber dado muy temprano en la mañana el peor viaje de todos, el de ida a la oficina. Oh, sí, me dice entre dos sorbos de cerveza, abatido porque de lunes a viernes tiene que escuchar las mismas atrocidades, contemplar los mismos rostros de perfectos burócratas. ¿Para qué? Para poder pagarse el tormento de seguir en las mismas. Nadie es amable. Nadie es cortés, en nadie puedes confiar, se queja. Y me confiesa que envidia la sencillez de mi vida en el campo, sin toda la parafernalia citadina.
Me quedo oyéndolo un rato con la certeza de que uno está donde debe estar, pero cuando la salud y el dinero se suben a un ring de boxeo forzadamente hay que elegir, privarse de cosas para recuperar otras. De modo que entiendo por qué entre las incertidumbres de una existencia cada vez más cara, la generalizada impudicia institucional y las sobradas angustias públicas con que vive la gente en Miami, ha tenido tanto éxito un libro como el recién publicado por mi médico, Paqui: Vivir más ¡y mejor! Cómo llegar a 100 años. Hay que ver con qué rapidez se agotaron los ejemplares el día de la presentación en Books & Books, aunque no baste con alimentarse bien y no pecar por exceso o por defecto para no perecer de sobresaltos y a deshora. Especialmente en estos tiempos, cuando muchos se ven obligados a remar más rápido aunque no avancen. Iván, un cubano amigo de mi mujer, injertado en Andalucía, suele decir que somos galeotes. Y esa fue la impresión que me dio Miami en mi última visita. La de una ciudad de espejismos, repleta de barracones de lujo. El contraste no puede ser mayor con el lugar donde vivo. Más ahora que se avecinan los días invernales, cuando la nieve viste las solitarias ramas de los árboles y las inclemencias arrecian, pero en este otro lado del país la gente no deja de tenderte una mano ni de sonreírte como de costumbre, aunque no te conozca.
Esta historia fue publicada originalmente el 17 de octubre de 2014, 3:00 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Barracones de lujo."