ARIEL HIDALGO: Las raíces de la libertad
La violencia no ha sido ni será jamás partera de libertad pese a las ilusiones ópticas que la historia oficial nos presenta. La independencia angloamericana no trajo libertad a los esclavos, ni a la gente de pueblo. Las mujeres, los iletrados, los que no tenían propiedades y aquellos que no eran blancos, no tenían derecho al voto. Nada nuevo trajo para ellos la independencia ni la república.
La Guerra de Secesión tampoco trajo una verdadera manumición de los esclavos porque la abolición solo fue formal. El manumiso continuó relegado a los más duros trabajos bajo el patronazgo de sus antiguos amos y sin respeto a sus elementales derechos, porque la esclavitud continuó agazapada en la conciencia colectiva. Y sólo Martin Luther King, cien años después, inspirado en Jesús, en las prédicas trascendentalistas de Emerson y Thoreau, y el ejemplo gandhiano, iluminó las conciencias y dirigió el movimiento pacífico que condujo al reconocimiento legal de los derechos civiles.
La independencia hispanoamericana tampoco trajo verdadera libertad, pues los caudillos que sucedieron a los capitanes generales de la colonia, suplantaron el orden colonial por dictaduras criollas. Las guerras anticoloniales dieron paso a las guerras partidistas entre liberales y conservadores. Y en las dos Américas, finalmente, se frustraron los ideales democráticos mediante un sistema partidista basado en cabildeos y contribuciones de campañas a favor de los grandes intereses.
La opresión se genera en la conciencia de los oprimidos, quienes fecundan, con el culto a la personalidad de sus líderes, la larva que engendra a los opresores. Una vez que esa idolatría eleva hasta un altar al idolatrado, no podrán impedir que éste, desde ese elevado sitial, rija sus destinos con mano de hierro. Luego gobierna con el consentimiento de los gobernados, que obedecen, ya sea por ignorancia, miedo u oportunismo. Toda dictadura se fundamenta en un mecanismo de relación entre gobernante y gobernado. El gobernante espera que el gobernado obedezca, y para lograrlo fomenta la desinformación, la represión y la degradación moral, recursos que en regímenes totalitarios alcanzan un grado máximo de eficiencia. Unos obedecen porque les hacen creer en la invencibilidad del actual poder y en que cualquier otra forma de vivir siempre será peor, y confían en las promesas de mejoramiento en los marcos del presente status; otros, porque temen ser condenados al ostracismo, incluso a la cárcel, y no quieren arrastrar al desamparo a aquellos seres queridos que de ellos dependen; y otros, porque piensan que la única forma de mejorar su situación personal y familiar es colaborando con el poder. De modo que casi todos, por una razón u otra, se comportan como el poder desea: obedeciendo, y todos contribuyen a que el mal que los agobia se perpetúe. Así, la idolatría, la ignorancia, el miedo y la degradación moral, males internos de la conciencia colectiva, constituyen realmente la causa verdadera del mal externo que los tiene sumidos en la desesperanza.
Si los males internos desaparecen, si los oprimidos dejan de idolatrar a quien gobierna, si dejan de creer en las promesas y en la invencibilidad de los opresores, si creen poder alcanzar un futuro mejor, si dejan de temer que el poder los excomulgue y los reprima, si perciben que pudieran prosperar mucho mejor que recibiendo las dádivas de los opresores, la base de ese poder se quiebra, el mecanismo de la relación gobernante-gobernado deja de funcionar. Si el que obedece deja de obedecer, el que gobierna deja de gobernar.
Entonces, ¿en qué campo deben librarse las batallas contra la opresión? Pues en la conciencia de los oprimidos. ¿Y cómo se libran? Pues mediante la comunicación, el contacto, el intercambio, el diálogo entre los oprimidos y los que no lo son, rompiendo el monopolio de la información y auxiliando a los necesitados. La prueba la dieron los manifestantes de la “Revolución de los Paraguas”, de Hong Kong, al ser los primeros en protestar contra el totalitarismo chino por tener más información y más contactos con el mundo exterior que el resto de China, y porque ya habían conocido otra forma de vivir. Al devolver a Hong Kong, los ingleses introdujeron en China un verdadero caballo de Troya.
Los oprimidos podrán conquistar la libertad sin odios ni violencia. Porque los sin poder, unidos, son más poderosos que el poder.
Infoburo@aol.com
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de octubre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: Las raíces de la libertad."