Opinión

‘Apocalipsis now’. Y mañana, también

Una mujer sostiene una fotografía mientras reza en el Monumento a la Paz en Hiroshima durante la conmemoración del 70 aniversario del primer bombardeo atómico en esa ciudad el 6 de agosto de 1945. Tres días después, se lanzó una segunda bomba atómica en Nagasaki, lo que marcó el fin definitivo de la Segunda Guerra Mundial.
Una mujer sostiene una fotografía mientras reza en el Monumento a la Paz en Hiroshima durante la conmemoración del 70 aniversario del primer bombardeo atómico en esa ciudad el 6 de agosto de 1945. Tres días después, se lanzó una segunda bomba atómica en Nagasaki, lo que marcó el fin definitivo de la Segunda Guerra Mundial. Getty Images

70 años de armas congeladas desde las primeras utilizaciones en Hiroshima y Nagasaki

Las armas nucleares son las más peligrosas de la Tierra. Sólo una puede destruir una ciudad entera, además de potencialmente matar a millones de personas, y poner en peligro tanto el medio ambiente como la vida de las generaciones futuras, ya que sus efectos a largo plazo resultan devastadores. Únicamente su mera existencia ya supone un riesgo muy alto. Aunque las armas nucleares sólo se han utilizado dos veces en la guerra –en los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945–, en la actualidad aún quedan al parecer aproximadamente 26.000, y hasta la fecha se han llevado a cabo más de 2.000 ensayos nucleares. El desarme es la mejor opción para protegernos de tales peligros; no obstante, alcanzar este objetivo ha sido un reto muy difícil”.

Palabras introductorias de gran peso de la Oficina de Asuntos de Desarme de Naciones Unidas. A setenta años de las dos primeras explosiones atómicas sobre ciudades, vale preguntarse: ¿Cómo es posible que un revolucionario sistema de armas que utiliza la energía encerrada en el átomo, destinado a generar muerte y destrucción masiva nunca experimentada antes, se haya quedado en eso, solamente? Muy sueltos de lengua los líderes de las potencias atómicas nos vienen hablando de la “disuasión nuclear”, creyendo haber encontrado la panacea para los dolorosos problemas que generan las guerras.

Cuando se comprende la naturaleza del sistema de la disuasión nuclear – “tenemos arsenales nucleares, más vale que no nos ataques porque te devastaremos”– se llega a la conclusión –casi sabia, de que los líderes de los países poseedores de armas nucleares y sus asesores militares sufren diversos grados de esquizofrenia. Y esto va a lo hondo cuando –además del sistema ilógico de la disuasión nuclear que originó en su tiempo la carrera armamentista- se agrega una nueva concepción guerrera. Como si se descubriese una verdadera estrategia digna de figurar en el capítulo de oro de algún libro que pomposamente se llame “El nuevo arte de la guerra”.

¿Alguien podrá ser considerado de intelectualidad y contextura psicológica normales si se conformase –en un enfrentamiento con un atacante– actuar de cualquier modo con tal de que ambos queden destruidos, con garantía de que ello ocurra? Pues no otra cosa es esa trágica y grotesca doctrina de la destrucción mutua asegurada (en inglés mutual assured destruction o MAD) ideada por John von Neumann que supone que el uso de armamento nuclear por un país atacante a otro, también poseedor de esas armas, derivará en la destrucción asegurada de ambos. Una curiosidad: las siglas en inglés, MAD, significa “loco”.

Avances tecnológicos

Hasta el más lego supone que cualquier invento de cualquier naturaleza con 70 años de vigencia ha incorporado tecnologías sorprendentes, día a día. El ejemplo emblemático es el de los sistemas de comunicaciones globalizados, merced a los impresionantes avances de la electrónica aplicada a casi todo equipamiento. Y está –como naturalmente- en manos de la gente, hasta de los niños: los celulares.

En los otros campos de la tecnología los avances han tenido espectacularidad en sistemas de transporte, de satélites artificiales, de telescopios que convierten la ciencia ficción en ciencia real. El fabuloso escrutador de espacios y otros tiempos, el Hubble, todavía en funciones desde una lejanía imposible de imaginar. No puede sorprender que las pesadísimas bombas atómicas lanzadas sobre Japón en 1945 (de más de 4.5 toneladas y de 3 metros de largo) hayan sido reemplazadas por ojivas nucleares de menor peso y tamaño, de altísima tecnología y capacidad destructiva, para ser transportadas por misiles desde submarinos, aviones, barcos o desde silos fijos.

El SIPRI (por sus siglas en inglés) Instituto Internacional de Estocolmo para la Paz, con sede en Suecia, da cuenta en su Yearbook 2014(anuario) de la existencia de 16.350 ojivas nucleares (EEUU, Rusia, Reino Unido, Francia, China, India, Pakistan, Israel, Corea del Norte). Basta y sobra para destruir toda vida en el planeta, con sólo una parte de ese arsenal.

Una guerra nuclear iniciada no admitiría, por sus características, ni treguas ni acuerdos de paz para detenerla. Si hubiera que deducir una enseñanza deberíamos erigirnos los más de siete mil millones de seres que poblamos el planeta en defensores de la vida, en tanto todos somos en cualquier lugar de la Tierra, víctimas potenciales de un holocausto nuclear. El Desarme Nuclear Total es la consigna. Y la única garantía para la Humanidad. Trabajo arduo y permanente para la ONU.

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