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El costo humano del socialismo marxista | Opinión

UNA ESCULTURA del filósofo alemán, Karl Marx, se alza en la ciudad alemana de Tréveris, donde nació Marx el 5 de mayo de 1818.
UNA ESCULTURA del filósofo alemán, Karl Marx, se alza en la ciudad alemana de Tréveris, donde nació Marx el 5 de mayo de 1818. Getty Images

Karl Marx caracterizó la religión como “el opio de los pueblos”.

Pero una mejor descripción del efecto alucinógeno es el rechazo de los intelectualoides a reconocer los crímenes y fracasos del socialismo.

Los hechos son incuestionables. El libro negro del comunismo ofrece un estimado conservador de cien millones de personas inocentes asesinadas por los socialistas marxistas en el siglo XX.

Los autores investigaron la China del “Gran Timonel”, Corea de Kim Il Sung, Vietnam bajo “Tío Ho”, Cuba con Castro, Etiopía con Mengistu, Angola bajo Neto y Afganistán con Najibullah.

También documentan crímenes contra la cultura nacional y universal, desde la destrucción por Stalin de cientos de iglesias en Moscú, o Ceaușescu demoliendo el corazón histórico de Bucarest, hasta la devastación a gran escala de la cultura china por los Guardias Rojos de Mao.

Todo esto para implementar teorías económicas de planificación centralizada que han demostrado ser muy inferiores a las capacidades de generación de riqueza de las economías de libre mercado, y que llevan —según el título del libro de F. A. Hayek— al inevitable Camino de servidumbre.

A pesar de los horrorosos crímenes del comunismo, los intelectualoides continúan defendiendo en círculos académicos y sociales al socialismo marxista como la forma más moral de gobierno, mientras condenan al capitalismo como nefasto.

Y no es que las atrocidades de la práctica comunista sean la excepción a la regla o el resultado de alguna implementación errónea de la teoría socialista: las monstruosidades son fundamentales en la moral marxista.

Como señala Andrew Bernstein en su artículo El Holocausto socialista y los que lo niegan, la teoría marxista es una de lucha de clases, donde los grupos económicos son considerados unidades de valoración moral. “No tenemos compasión”, dijo Marx. “Cuando nuestro momento llegue, no nos excusaremos por el terror”.

Mientras que la teoría capitalista rechaza el uso de la fuerza y sostiene que las personas tienen derechos inalienables que el gobierno debe proteger, el socialismo sostiene que el uso gubernamental de la fuerza compulsiva se justifica para redistribuir riqueza y fomentar “justicia social”.

Para los marxistas, el imperativo moral es que la clase obrera se rebele contra los propietarios, independientemente de la brutalidad de los métodos. Desde la perspectiva materialista marxista, las personas no poseen derechos; su único valor es como instrumentos de la causa.

Este fue el tipo de moral comunista utilizado por el Khmer Rojo en Camboya para asesinar a más de dos millones de civiles, y por los soviéticos para asesinar a más de veinte millones. En palabras de Lenin: “Cuando nos reprochan por crueldad, nos preocupa cómo el pueblo puede olvidar el marxismo más elemental”.

No es solamente, como destaca el profesor Bernstein, que los socialistas marxistas sean los más prodigiosos asesinos masivos de la historia: “son asesinos en masa en base a sus principios morales”.

Cuando los intelectualoides son confrontados con estas experiencias, ofrecen —con tendencia incurable— un atormentado esfuerzo de apología, donde la culpa no reside en el socialismo, sino en quienes se le oponen.

Consideran virtuoso el principio comunista de que las personas no tienen derecho sobre sus propias vidas y que deben vivir al servicio del Estado. Y proclaman como maligno el principio capitalista de que las personas tienen derechos inalienables que el Estado debe proteger.

Los intelectualoides omiten las atrocidades comunistas o buscan justificarlas con un fárrago de desinformación. Una de sus tácticas favoritas es desviar la atención hacia episodios de la historia estadounidense donde no se vivió conforme a los valores proclamados, como la esclavitud, la discriminación y otras injusticias.

Pero existe una diferencia fundamental: los horripilantes crímenes del comunismo son parte esencial de la moral marxista y, de hecho, exigidos por ella. “Dado su imperativo explícito de aniquilar las clases enemigas, los socialistas perpetran atrocidades y asesinatos como forma inalterable de promulgar sus principios fundamentales”.

En contraste, los crímenes morales del capitalismo estadounidense ocurren cuando se violan los principios de derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

El comunismo no puede evitar su brutalidad sin repudiar el marxismo y la lucha de clases.

El capitalismo, en cambio, puede corregir sus injusticias no cambiando sus principios, sino aplicándolos con coherencia.

El último libro de José Azel es “Sobre la Libertad”. JoeAzel@me.com



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