ROSA TOWNSEND: Trump: porque lo digo yo
Donald Trump tiene razón en una cosa: hay que desterrar lo políticamente correcto de la sociedad americana. Por eso hay que decir abiertamente que él es un enfermo de narcisismo. Dispuesto a provocar conflictos con tal de satisfacer su egolatría. Un dictador en potencia. Un demagogo. Un misógino y xenófobo. Un manipulador que castiga con insultos a quienes no le adulan. En definitiva un pobre ricachón que quizá exhiba arrogancia para camuflar poca autoestima. Y enormemente peligroso si llegara a controlar el botón nuclear.
Cualquier otro candidato ya se hubiera hundido en el fango de sus ultrajantes ofensas a hispanos, veteranos de guerra y –sobre todo– a las mujeres. Y sin embargo, a pesar de su toxicidad para el sistema político y el civismo, el magnate de 69 años sigue a flote en las encuestas. Es un fenómeno sin precedentes que desafía la lógica convencional, e indica que algo muy extraño y preocupante está pasando en este país.
La explicación que parece más coherente es que Trump está explotando dos tipos de sentimientos prevalentes entre el electorado: el resentimiento contra la clase gobernante y el status quo; y al mismo tiempo la nostalgia por los tiempos de grandeza de USA y el hambre por recuperarla. A ambas corrientes habría que añadir el desdeño en la psique republicana por lo que perciben como liderazgo débil de Obama, y la búsqueda desesperada por un líder opuesto, fuerte y decidido.
Trump es un especialista en proyectar esa imagen de líder arrasador, que habla (o grita) con el aire de infalibilidad que describió Freud al analizar la patología narcisista. Ese “Todo lo que digo es cierto y está bien, porque lo digo yo”. Este tipo de personas suele buscar víctimas manipulables, que se muevan por emociones en vez de por razones. Y voilà, ha encontrado un enorme caldo de cultivo entre esa masa de votantes políticamente emotivos, criados en la “sociedad del espectáculo” y, por tanto, deslumbrados por las celebrities y predispuestos a adularlas.
Todos esos elementos psico-políticos han conspirado para que los trumpistas estén embelesados con su héroe rebelde y le perdonen lo que jamás perdonarían a nadie. Porque un trumpista es, ante todo, alguien voluntariamente ciego y sordo a la realidad.
Cómo si no se puede explicar que quienes rechazan furiosamente Obamacare, ahora apoyen a alguien que propone un “single payer system”, o sea, un sistema de salud al estilo europeo. Incomprensible. Y cómo pueden los mismos que culpan de sus males a las élites políticas y económicas aplaudir el mensaje contradictorio de Trump de que para salvarles de esas élites millonarias necesitan a un millonario como él, que representa todo lo que odian. Que además se jacta de “comprar a políticos”. Es irracional.
Tan es así que sus partidarios (incluidos extremistas como Rush Limbaugh o Ann Coulter) le absuelven sin rechistar de sus “pecados” políticos liberales. No hay que olvidar que Trump ha pertenecido al Partido Demócrata toda su vida, hasta que hace unos 4 años se cambió porque detesta al presidente Obama. La verdad es que no es conservador ni liberal, para él “Washington está lleno de estúpidos”. Su única ideología es su ego. Y su única lealtad es a sí mismo, como dejó claro en el debate al afirmar que “si le tratan mal” abandonaría el Partido Republicano y crearía el suyo propio.
Si cumple su amenaza de postularse como independiente le garantizaría la presidencia al nominado/a demócrata. Pero aun sin llegar a ese punto Trump ya está dañando al resto de los candidatos republicanos, opacando sus mensajes con su “secuestro” permanente de los titulares noticiosos. No hay día que no invente un nuevo insulto o algo para captar la atención. Últimamente en sus delirios de grandeza se ha comparado con Ronald Reagan, y en sus delirios político-sexuales dice que será el mayor defensor de las mujeres.
¿Really Mr. Trump? Pues somos muchas las que no nos olvidamos de sus injurias. Pero por si usted se ha olvidado aquí le recuerdo algunas: a Megyn Kelly, de Fox, la insultó asociando sus preguntas inquisitivas a su ciclo de menstruación. A Gail Collins, del New York Times, la escribió llamándola “perra”, porque no soporta sus críticas. A la abogada Gloria Allred le dijo que quedaría “muy impresionada si usted le enseñara sus partes”. A una concursante de su programa de TV le insinuó sexualmente que “le gustaría verla arrodillada”. ¿Y recuerda el tweet que escribió en abril sobre Hillary? Pues aunque lo borró quedó copia: “Si no puede satisfacer a su esposo, ¿cómo va a satisfacer a América?”.
Más allá del repulsivo veneno misógino de sus comentarios, ¿cómo iba a explicar que no tiene una guerra contra las mujeres de ser nominado a la presidencia? Nadie le creería, salvo el reducto masoquista que existe en todas las sociedades. Pero el electorado femenino es el 53%. Por ello no en vano Trump es el candidato favorito del Partido Demócrata, a quien están promoviendo con ayuda de medios de comunicación ideológicamente afines.
Lo decepcionante es que el fenómeno Trump sería efímero si no fuera porque los obnubilados trumpistas le perdonan todo. Y él sabe por qué. Lo explica bien en su libro The Art of the Deal cuando dice: “Yo juego con las fantasías de la gente… La gente quiere creer que algo es lo más grande, grandioso y espectacular… Es una forma muy efectiva para auto-promoverse”.
Esta historia fue publicada originalmente el 12 de agosto de 2015, 0:48 p. m. with the headline "ROSA TOWNSEND: Trump: porque lo digo yo."